OCA GLACIACION

Creedence

LluviaEscrito por: John Fogerty.

Dicen que hay momentos mágicos en la vida.

Momentos en los que nuestra percepción sensorial se eriza, se rasga el velo que cubre lo real y sentimos cómo la energía cósmica entra y sale de nosotros. El cuerpo se diluye, se rompen espacio y tiempo y la presencia de otra dimensión fluye siguiendo el compás de las fuerzas de la naturaleza.

Yo he sentido uno de esos momentos.

Todo ocurrió un día cualquiera, a una hora imprecisa, entre las cinco y las seis de la tarde. Volvía de trabajar, en el coche. Atrás quedaba la gran urbe, sumida en el aguacero y la oscuridad de una tormenta colérica. En el retrovisor, sólo la blancura de la Torre de Madrid parecía desafiar a un cielo negro y convulso. Yo huía hacia el oeste, hacia mi refugio, sintiendo cómo la tormenta me pisaba los talones. Por delante se abría la carretera de Boadilla, flanqueada por lomas verdes, con árboles casi tumbados por los golpes de viento.

A las primeras gotas, siguió sin transición el granizo y a éste la cortina de agua. Los pies mojados, el pelo mojado, el alma mojada. Varios días de lluvia provocan goteras en el ánimo. La tristeza es húmeda, por eso lloramos.

De pronto, sin parar de llover, un rayo de sol quebró dos nubes e iluminó la escena. “Have you ever seen the rain, comming down on a sunny day?” cantaba en los ‘70 el grupo Creedence Clearwater Revival, “¿has  visto alguna vez la lluvia cayendo en un día soleado?”. La banda hippy americana que promovía la creencia en el agua cristalina, cantó a este momento, el que yo presenciaba, el momento mágico en el que los elementos entran en conjunción: agua, fuego, aire y tierra, en acción simultánea, salpicando de prismas el espacio, de espejos de luz que descienden lentamente. Sentía soplar el aliento de algo sobrenatural en esa visión. Mientras me dejaba invadir por esa fuerza que nos transciende y nos une a lo eterno y universal, cerré los ojos un momento. Fue entonces cuando perdí el control del coche y me precipité por un terraplén lateral, sin control, hasta estamparme contra un árbol.

El golpe partió el morro del coche en dos. Cuando desperté seguía lloviendo. Precisamente la lluvia me despertó. Sentí las gotas en la cara y un sabor nuevo en la boca, el de mi propia sangre. ¿De dónde venía? Al tantear con la lengua,  descubrí la herida del labio inferior. Sentía tanto dolor que no podía concentrarme en mover ninguna parte de mi cuerpo, pero conseguí abrir los ojos. Ya era de noche y seguía lloviendo. Por la ventilla rota, entraba el agua y podía oír pasar los coches por la carretera, aunque no  podía verlos. Y ellos a mí tampoco. Con la cabeza girada hacia la izquierda y apoyada sobre el airbag intenté que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad pero el agua me inundaba la vista.

El momento mágico se había transformado en trágico. ¿Por qué una de las situaciones más intensas y reveladoras de mi existencia había acabado en una circunstancia tan amarga?

Todo tiene un porqué, aunque en ese momento no lo imagines.

Justo antes de desmayarme pude ver el reflejo de unas luces amarillas, azules y rojas por el rabillo del ojo. Ya está, pensé, seguiré viviendo.

Efectivamente, seguí viviendo. La recuperación fue rápida, los daños fueron leves. Dos fracturas en la pierna y brazo derechos, una costilla rota. La reincorporación a la rutina diaria o el instinto de supervivencia, que borra el antes y el durante de una experiencia traumática, me hizo olvidar aquel momento, aquella impresión que me recorrió como si yo fuera un pararrayos, conectando el cielo y la tierra, mediante una descarga de luz.

Tuvieron que pasar seis meses para que recordara ese momento. Y se produjo por casualidad. Volvía del trabajo, escuchando una emisora de música, cuando sonó la canción de la Creedence. Los primeros acordes me transportaron.

Supongo que fue la misma sensación que tuvo Proust al probar la famosa magdalena empapada en el té. Una ventana mental que se abre, una sensación que penetra y te rodea, una evocación que te arrebata y te conduce a otro tiempo y espacio.

Quise volver al lugar del accidente, hipnotizado por ese recuerdo. Mientras rememoraba aquel instante mágico buscaba el árbol que se cruzó en mi camino. Lo encontré sin dificultad. Inclinado por el impacto, con parte de las raíces arrancadas y al aire. Aparqué en el arcén y descendí hacia el lugar. Todavía había algún cristal alrededor, un trozo de limpiaparabrisas y una botella de plástico llena de agua que debió salir disparada durante el impacto. Al acercarme para recogerla observé que estaba junto a una roca extraña, diferente a todas las que se hallaban en el lugar. Me sorprendió su brillo. Siempre me han atraído los minerales, su presencia silenciosa y enigmática, sus propiedades, su poder latente, esperando ser descubiertos, durante siglos. Esta roca no se parecía a nada conocido. Decidí llamar al Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT). A los veinte minutos había dos expertos examinándola. Se trataba de un meteorito. Su brillo respondía a una fuerte señal de termoluminiscencia, debida a la radiación cósmica absorbida por la roca desde su formación. De 30 cm de diámetro, el metorito resultó un hallazgo sin precedentes, dada su curiosa composición (diversas contritas, además de un pequeño porcentaje de eucrita). Sin embargo, lo verdaderamente importante fue que poseía restos de materia orgánica, es decir, de vida extraterrestre. Por primera vez en la historia de la humanidad se tenía la certeza de que no estamos solos en el universo. Inaudito.

La roca ha pasado a ser considerada Patrimonio de la Humanidad y yo he conseguido mantenerme al margen del descubrimiento, a pesar de que el meteorito lleva mi nombre, el nombre con el que me rebauticé ese día: Clearwater, “agua clara”, “agua cristalina”.

Desde entonces busco esos momentos mágicos ligados a la naturaleza, a las fuerzas telúricas, a los fenómenos medioambientales, y sigo preguntándome ¿quién o qué me guió hasta allí?

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