OCA amanecer

Penitencia: Novela “La última mentira” (cap. 1º)

Escrita por: Donegan Rice.

Capítulo 1º: “La cuenta atrás”.

Él creyó en su obra y la protegió con cada uno de sus defectos y virtudes. Antes de que todo sucediera, cuando ambos participaban de un reglamentario vínculo afectivo (Roberto Alcázar, compañero sentimental de Belén, y Kerry, hija de ésta y fruto de una relación anterior), la avenencia entre los tres se establecía  bajo una aparente calma. Sin embargo, los que conocieron su historia, dictaminaron que entre ellos existió algo más que la mera acusación que llevó a Roberto a pasar diez años en la cárcel.

Tal vez por ello, mucho antes de que ocurriera el episodio que le habría dejado a merced del desamparo, Roberto ya intuía la encrucijada que estaba por llegar.

Sin articular un solo vocablo contemplaba junto a su abogado la sentencia que yacía en sus manos. Dieciséis meses después de la detención, el alto tribunal lo había declarado “culpable”. Lo más extraño, es que durante el proceso no se encontró una sola prueba de dicha culpabilidad.

Mientras era escoltado por dos agentes policiales, Roberto sintió como si un tentáculo invisible le agarrara el gaznate hasta retorcérselo sin que él pudiera devolver la agresión. A duras penas, trató de armar el puzzle de los acontecimientos, nada tenía sentido, sin embargo, allí estaba, desconcertado, y a la vez meditando sobre la sobrecogedora sospecha que arrastraba desde el primer día que Kerry apareció en su vida.

recuerdos

<<Fue algo así como una enfermedad que ves venir, una premonición insistente: Una de esas ráfagas de aire frío que, al apuntar el invierno parece que va a traspasar cada parte de tu cuerpo que salga a su encuentro.>> No podía precisar cuando lo supo con certeza; la evidencia crecía al margen de su conciencia. Era algo natural dentro lo más antinatural del mundo. Para Roberto, Kerry dibujaba  en muchos momentos la imagen de la perfección, y, en otros, el más cruel desapego. Al menos, así lo creyó desde que decidió indagar en su joven y confuso corazón. La idea recurrente del fuego que encendido anula algo del frío habitual del universo. Lo cierto, es que al consumarse un hecho consumado, ni siquiera le extrañó. Había acontecido. En todo juego siempre existe un perdedor, y él lo fue con todos los agravantes, todas las consecuencias y todo el horror que un ser humano se puede imaginar.

Con insistencia le sobrevenía la intención de inculpar a Belén,  a Eliana y a Saray. Algo le señalaba que, entre las tres, llevaron en volandas a Kerry ante el juez tres días después de dejarla en la gran ciudad ¿Qué pasó durante ese período? ¿Fue, como creyó Roberto, una infame traición? ¿Acaso se trataba de una miserable mentira? En realidad, ninguno de los acusadores dio una versión creíble. Las confesiones de Kerry, más que ayudar, acabaron de oscurecer el suceso. Aún así, su participación fue decisiva.

A primera hora de la mañana del tercer día, el acusado era llevado en un coche policial hasta los juzgados, a veinte kilómetros del lugar de la detención. Fue depositado en una celda a la espera de ser recibido por el juez instructor. Roberto mantenía una lucha silenciosa, intentaba atrapar los últimos momentos, aquellos que le separaron de su entorno. Un cigarro tras otro, la atmósfera en el cuarto cargada por anteriores encierros. De soslayo intentaba interpretar las docenas de escritos estampados en las paredes. Por allí habían pasado ni se sabe cuántos acusados. Corazones esculpidos, dejados sin terminar tras la llamada de algún policía. Mensajes cubiertos de rabia, alguno de ellos sellado con sangre, palabras pidiendo misericordia, recados cubiertos de amenazas.

Una aversión que aumentaba el tormento rebasándole de lado a lado el cuerpo.

¡Culpable, culpable! Era la delación más coreada por cuantos le visitaron los días previos a su confinamiento en la cárcel: <<¿Pero acusado, de qué? ¡Maldita sea mi estampa! ¡Quién me acusa! No, no era posible que Kerry dijera tantas mentiras. Kerry no.>> Todo lo que le estaba aconteciendo parecía la espiral de un plan maquiavélico. En las primeras horas, llegó a tener la sensación de que el cerebro le iba a estallar en mil pedazos.

 Una vez y otra, vuelta a repasar las horas previas a su detención. Para Roberto no fue fácil asumir el desenlace de aquella relación. Es más, desde el principio, se dieron cuenta de que no funcionaría. Belén, un ser inestable, dulce por momentos y por momentos una tormenta que arrasaba lo que encontraba a su paso. Roberto, todo lo contrario, aquí los polos opuestos no tenían el atractivo que se conoce, incluso, los esfuerzos que hicieron por salvar una nave a la deriva no sirvieron de nada. Ni siquiera la llegada al mundo del pequeño Sacha pudo solapar la decadencia que se divisaba en la pareja. Quizás fue ella la que preparó todo aquello sumida en un arranque de ira, de frustración y odio. Quizás lo poco que aun permanecía en su corazón se había transformado en un progresivo sentimiento de aniquilación, de descarnada cólera. Quizás Belén llegó a pensar que entre Roberto y Kerry había algo más que una relación normal. Se había dado cuenta de que el uno no podía estar sin el otro, pero a la vez, esa dependencia estaba cautelosamente disfrazada.

Roberto llegó a declarar años más tarde: <<Belén lo tenía todo, no fui capaz de darme cuenta de esa circunstancia, ella buscaba lo que busca cualquier mujer; un hombre que supiera mirar a los ojos sin bajar la mirada, que poseyese carácter, y quién no.>>

Belén lo pasó peor que nadie. Tras el suceso, perdió el trabajo y se sumió en una interminable depresión, intentó quitarse la vida en varias ocasiones pero la prontitud de los servicios médicos impidió el fatal desenlace. De su hija Kerry nunca volvió a hablar, la adolescente se quedó a vivir en casa de la abuela bajo la sospecha de que nunca contó lo que realmente había sucedido.

Pero volvamos a la mañana del 25 de Noviembre de1999. En el calabozo todo parecía estar confuso, tanto, que no se dio cuenta del tiempo que pasó hasta que el médico forense, acompañado de un agente policial, le visitó: ¿Quiere usted que le examinemos? Roberto se negó con un movimiento de cabeza. Las dos figuras hablan en voz baja mientras se alejan y de nuevo se hace el silencio que acompasa la exasperante agonía: <<¿Examinarme? ¿Pero qué demonios se ha creído esta gente? Cuando se examina a alguien es porque realmente ha ocurrido un acontecimiento. Esto es una broma. Posiblemente, si la denuncia la firmó Belén en poco tiempo estaré afuera preparando todo lo que dejé sin hacer. Belén tiene arranques, que me lo digan a mí. En el fondo pienso perdonarle, total qué ha sido. Tres días de encierro, un largo fin de semana. También yo he hecho de las mías, aunque, nunca se me hubiera ocurrido traerla hasta un sitio como éste.>> Roberto reflexionaba bajo el sonido lejano de las cancelas.

en el remolino

<<Es extraño cómo suceden las cosas -se decía después del segundo día de encierro-. En estos momentos habré perdido el trabajo, quizás no. En fin, conociendo el temperamento del jefe, las pocas pertenencias que guardaba en la oficina me las habrá tirado a la calle una a una. ¡Un empleado mío acusado de…! ¡Recojan todo lo que lleva su nombre y a la puta calle! Qué más da. Que piense lo que quiera; nunca fue santo de mi devoción ni él ni su puta reputación de hombre comprensivo. Hacía del parque temático lo que le venía en gana. No contaba el criterio de ningún profesional, sólo el de su amante: <<Qué han detenido a Roberto por… Ese hombre nunca me dio buena espina. Borren su nombre de cada metro cuadrado por donde haya pisado. Nunca ha trabajado para nosotros, nunca.>> Ya le oigo como oigo las voces de los demás trabajadores pidiendo para mí cadena perpetua.>>

<<Parece que se acerca alguien, los pasos en este recinto suenan de la misma forma que en galeras, pesados y con aire de maldición. Se han detenido. Tampoco esta vez me vienen a abrir; casi las tres de la tarde y apenas si he probado bocado ¿No se dan cuenta que me han traído a las nueve de la mañana? En los otros calabozos no debe haber nadie, si no ya me habrían gritado para que les pasara algún cigarrillo, siempre sucede el mismo ritual. Lo prefiero así, no me encuentro con ganas de escuchar otras historias, bastante tengo con la que me ha caído encima.>>

 <<Debo seguir confiando en Belén, he de hacerlo. Ella posee la llave que me llevará de nuevo a la libertad. No hay porqué alarmarse. Tranquilo Roberto, vuelve a respirar hondo, eso es. Ni un hilo de resentimiento. En cuanto alcance la puerta pienso invitarla a la mejor mariscada, sé cómo disfruta al lado de una mariscada y contemplando de fondo el mar. Esta vez me voy a gastar lo nunca gastado. Y el vino dejaré que lo elija ella, siempre no sucede así. Me gusta el paladar que se queda después de un buen Rioja. Hoy tiene que ser lunes, o tal vez, domingo. Estoy algo desorientado, les pasa a la mayoría de los detenidos. Te desorientas mientras percibes la incertidumbre junto al frío suelo del calabozo. Yo me adapto a todo, pero lo de anoche o antes de anoche, no lo pude soportar. En la comisaría donde se cursó mi detención están los agentes más despiadados, tengo que decir que la  fama se la han ganado a pulso, como las celdas, un perfecto estercolero que apenas están higienizadas. Para qué referir la guasa que tuve que soportar del policía durante el primer y único interrogatorio. A pesar de la dureza, no tiene desperdicio.>>

- ¿Entonces no sabes por qué te hemos traído?
- No. No lo sé.
- Vaya. Eso sí que representa una sorpresa. Te confieso que estoy escribiendo un libro, nada serio, El asunto va sobre la gente que detenemos por el delito que has cometido.
- ¿Significa que ya me puedo sentir culpable?
- Yo diría que lo tienes muy negro.
- Respeto su opinión; pero usted no ejerce de juez.
- Muy listo el señorito. Y, dime. ¿Te parece guapa esa Kerry?
- No entiendo lo que quiere decir…
- Tengo su foto, la he visto. Yo diría que es muy hermosa, aunque claro, aun es una menor.
- Si no tiene otra clase de preguntas que hacerme le ruego que me devuelva adentro. No estoy para escuchar…
- ¡Mira degenerado! Aquí quién tiene los cojones soy yo, ¿entiendes?
- Entiendo.
- Mírate. Eres culpable, eso se ve sin ningún tipo de dudas. Una mujer que trabaja hasta muy tarde y una hija muy hermosa, menor, pero hermosa. Un degenerado como tú que engaña a su pareja con una menor…
- Quiero que llamen a mi abogado.
- No tan rápido. Tienes que declarar.
- Se equivoca usted. No haré declaración si no es delante de mi abogado.
- Ten paciencia, la vas a necesitar.
- Le parece poca paciencia tener que escuchar la sarta de acusaciones que me está haciendo.
- Eso díselo a tú mujer y a Kerry, ellas han firmado la denuncia.
- No lo creo.
- ¿Pero de dónde sales? Sitúate hombre. Viernes 23 de noviembre, año 1999. Hora… dos de la madrugada, Comisaría del Centro. Delante de tí tienes el pasaporte para ir a la cárcel por un delito muy complicado. Todo apunta a que te lo hacías con esa niña. Los de tu calaña no lo suelen pasar bien allá donde van.
- Estoy cansado. Quiero ir a mi celda.
- Ahora te llevaré a la celda; procura mirarla con cariño porque dentro de poco vivirás en una como ésta, pero será en una cárcel de verdad ¡Ah! Se me olvidaba. Ese culito lo veo muy mal, muy mal. -dijo el agente con repugnante ironía-
- Espero que tenga suerte con su… libro.
- Pobre imbécil. Volveremos a vernos. Cuenta con ello y ahora adentro, vamos.

<<Estoy hablando solo. Dicen que es el primer síntoma de locura. Acaso me estoy engañando o realmente soy un alma dilapidada con un cuerpo a punto de ser hipotecado por una sinfonía de sirenas y barrotes. Hace calor aquí dentro, ya casi es la hora de la merienda y sigo esperando que algún capullo tenga la gentileza de abrir estas rejas y llevarme ante el juez instructor.>>

 <<Han pasado tres días desde mi detención y sigo en ascuas. No me gusta lo que siento ni lo que circula por mi cabeza. No sé lo que me pasa; pero debo descansar. Quizás cuando vuelva a despertar ya no esté aquí. Se trata de ir más allá de la mera circunstancia, como en el cuento de la mariposa que no sabía si lo que vivía era sueño o realidad. El exceso de trabajo tiene la culpa. No logro estabilizar la situación económica de esta familia, trabajamos y trabajamos sin descanso para que los pagos nos devoren. En realidad, siempre ha sido así. Cuatro años arrastrando deudas. Ahora, con la llegada de Sacha, todo se torna más complicado. Quizás acostumbré mal a Kerry; no se puede obtener todo con una simple sonrisa de Gioconda, el dinero cuesta ganarlo y poco gastarlo, eso predicaba mamá.>>

 <<La pobre mamá, a Dios gracias que ha fallecido, se moriría de nuevo al verme aquí, acusado de uno de los peores delitos, encerrado como un vulgar delincuente y abandonado por la poca familia que me queda. Para ellos debe de ser una vergüenza: <<Pues no veías cómo se miraban, y la confianza. La confianza le llevará a la cárcel>>  Mi hermana Nadia siempre resultó ser la más acusadora de la familia. Recuerdo la primera vez que coincidió con Belén, ambas se cayeron estupendamente a pesar de que poco o nada tenían en común. Nunca he examinado a dos personas tan extrañamente asociadas. Para el resto de hermanos, aquella unión no solía ser del todo bendecida. Nadia atesoraba un veneno difícil de detectar, como esa picadura que apenas si duele pero en el fondo es mortal. Morena, de ojos marrones y vivarachos, si te enfila a la primera no existe héroe que pueda salvarte, a ella o le caías mal o mal. Por esa razón, el caso de Belén sorprendió de manera especial. No había día que no se llamaran, a veces, con el raro pretexto de preguntarse por tal o cual verdura: ¿Quién ha llamado? Tu hermana Nadia quería saber si el perejil es bueno para el reuma. Esa era toda la respuesta que le podía sacar a Belén después de veinte minutos de conversación.>>

 <<¿Qué debo hacer a partir de ahora? Nunca he estado en la cárcel. Lo que sé lo resumo a “lugar miserable donde impera la ley del más fuerte”. Patios desnudos acogiendo a toda clase de gentuza que intentan una y otra vez apropiarse del último de tus secretos para luego pregonarlos a los cuatro vientos. Es pronto para pensar en esto, debo relajarme y repasar en lo que me espera cuando esta maldita puerta se abra.>>

interrogatorio

 <<Otra vez los pasos; vaya, al menos parece que alguien se acerca. Es un leve presentimiento, pero creo que mi suerte está a punto de aparecer, claro, la detención ha sido como uno de esos nubarrones que aparecen, descargan y punto y final, de nuevo el cielo despejado. Se amplifican las pisadas, bien. Ahora tranquilo, respira, eso es. Me pondré de pie para recibirle. A esta gente le gusta que, ante todo, haya respeto.>>

- Señor agente. Llevo desde las nueve de la mañana encerrado en este calabozo, son las nueve de la noche y aún no he probado bocado. Tampoco sé nada de mi abogado. ¿Podría usted traerme algo de comer?
- No hables tan rápido ¡joder! En primer lugar; no entiendo cómo te han dejado encerrado tanto tiempo, y si lo que dices es verdad: o se han olvidado de ti o el fiscal y el juez tienen un caso complicado. Te dejaré este yogurt, es parte de mi cena. Lo siento, no puedo ir en busca de una paella.
- Está bien, está bien. Le agradezco el detalle.

El agente cerró de nuevo la puerta y de nuevo se hizo el silencio. La sombra de la sospecha pesaba como una loza. Arriba, en las dependencias judiciales no había un momento de respiro. Psicólogo, médico forense, abogado defensor, abogada de la acusación, fiscal y juez instructor se habían apoderado de Belén y Kerry durante todo el día. A pesar de que la denuncia la habían firmado dos días antes de la detención, madre e hija tuvieron que explicar de nuevo los motivos que les había llevado a realizarla.

- ¿Es usted la madre de Kerry Artera Valiente?
- Así es, Señoría.
- ¿Cuándo comenzó a sospechar que su pareja sentimental Roberto Alcázar Miralles podía estar abusando de su hija Kerry?
- No… No tengo fecha exacta. Entre ellos existía una relación muy extraña.
- ¿Podría definirla?
- Él la trataba con mucho cariño.
- Y eso a usted no le parecía bien…
- Pues… Una vecina me contó en una ocasión que escuchaba ruidos.
- Ruidos.
- Sí. Mi casa está pegada a la suya y desde su habitación los escuchaba.
- Habla usted de su hija y Roberto Alcázar.
- Así es, Señoría.
- Y, Kerry. ¿Nunca le dijo nada?
- Yo le decía. No quiero verte tan pegada a Roberto. Cuando él no está en casa parece como si nada te importara. Vives contemplando a las musarañas pero en cuanto le ves llegar, te transformas en otra persona. ¿Acaso tienes algo con Roberto?
- Eso le preguntaba.
- Sí.
- ¿Y qué argumentos le daba ella?
- Mi hija Kerry siempre ha vivido en las nubes. De pronto está bien que está mal.
- Pero eso no es culpa de Roberto Alcázar, ¿o sí?
- Ese hombre la volvió loca con sus cosas. La hizo hasta fumar y beber. Le compraba todo los antojos y claro, cómo no la va a deslumbrar si esa chiquilla apenas ha cumplido los trece años.
- Ya. Ahora señora Belén; piense bien antes de contestar. Tómese el tiempo necesario y le ruego que haga todo lo posible por recordar. Se lo preguntaré nuevamente: ¿En alguna ocasión, Kerry le confesó que recibía abusos sexuales por parte de su pareja?
- A mí estas situaciones me ponen muy nerviosa… Perdone Señoría -las lágrimas de Belén corrían por sus mejillas como un río desbocado-. No. Nunca me confesó que Roberto la manoseara, pero sucedió algo. Recuerdo que estábamos de vacaciones, en la playa. Mi marido se había ido de casa, bueno, más bien, yo le dije que se marchara. Es que nuestra relación era imposible, lo fue desde el principio. Mi hermana Eliana y su amiga Saray siempre sospecharon que entre ellos existía algo más que una simple convivencia ¿Se puede llamar así?
- Es su declaración…
- Ellas no son tan confiadas como yo. Saray le decía a Eliana: chica, el trato que se dan Kerry y Roberto me huele a quemado -por esa circunstancia no me extrañó oírles preguntar-. Kerry ¿A ti te gusta Roberto?
- ¿Quién preguntó?
- La Saray. Esa niña siempre estaba investigando.
- Vaya.
- Mi hija se puso muy mal, muy mal. Por supuesto que lo negó todo.

La instrucción del caso Kerry avanzaba. Por momentos se tornaba evidente, un solo presunto culpable y una víctima menor de edad, pero a la vez, las pruebas físicas seguían sin aparecer. En estos casos, el testimonio de la menor podría ser concluyente.

 El detenido continuaba anclado en las dependencias judiciales Durante todo el día, Roberto había tenido que soportar un calor sofocante, mientras afuera, por las interminables avenidas el fuerte viento danzaba las hojas de las palmeras como intrépidas marionetas y los cuerpos, mayoritariamente turistas, deambulaban de un lado a otro adquiriendo en ocasiones formas cómicas y grotescas. Se ocasionaban continuos remolinos de polvo y los huérfanos matojos se enredaban hasta convertirse en círculos andantes, propio de una escena precursora. De la botella de agua que le dejaron en la comisaría donde tuvo lugar el arresto, Roberto bebió el último trago y de nuevo volvió a sentarse en el frío asiento del calabozo: <<Maldita confusión la que me ha traído hasta aquí. No entienden que la verdadera protagonista de mi vida es Belén y no Kerry. Que a pesar de mis flaquezas y por qué no decirlo, de algunos episodios de infantil disputa, entre ella y yo nunca pasó lo que están diciendo. En nuestra convivencia ocurrieron muchas cosas, cosas que ni matándome declararé, momentos que caerán conmigo. Ella me abrió su corazón y no seré yo quién la defraude. Doy por hecho que nadie entenderá mi postura. Es más, apostaría lo que fuera a que toda esta gentuza me ve con el rostro más depravado de la creación, aun así, no me voy a derrumbar. Debo llenar mi mente de pensamientos positivos, sigo creyendo que el suplicio acabará pronto.

 <<Pasan las horas, debo resignarme, aceptar la derrota. Pronto me tocará estar frente al juez, pero que nadie espere que me ponga a declarar lo indeclarable. Puedo testificar lo que quieran, los momentos vividos junto a Kerry ya forman parte de mí y en mí no entra nadie. Hablaré, sin lugar a dudas que lo voy a hacer, pero no voy a destruir los momentos que me pertenecen.

las estrellas

 ¡Cuántas coincidencias encierra una vida! Nos sentábamos en silencio, mirando la luna y el mar que se extendía hasta nuestros pies. El paisaje nos traía paz, o tal vez, ocultaba lo que estaba por llegar. A Kerry le atormentaba la curiosidad por cuanto yo hacía, y a la vez, era una persona ingenua e inexperta. Aquella noche estaba conmovedora, irradiando la pureza de su edad.>>

- Qué bien me siento. Nos podíamos quedar aquí toda la noche.
- Eso no va a ser posible. Tu madre debe estar preocupada y ya sabes cómo se pone cuando tardamos.
- Quedémonos un poco más, así, con este silencio y este mar que nos contempla.
- Me gusta verte feliz.
- Lo sé.
- Kerry ¿Qué haremos cuando todo esto acabe, acaso te acordarás de los momentos vividos?
- ¿Te piensas ir?
- Quién sabe…
- No hables de eso. Siempre estaremos juntos.

<<No. No engañé a Belén, sino a mí mismo. ¿Por qué me vienen estos pensamientos? Posiblemente se deba a la debilidad que me está causando esta situación. Una vez leí que en América encerraron a un tipo durante tres días y fue tal su dolor que el cabello de color negro se tornó completamente blanco. Tengo que ser fuerte, sólo así podré resistir las dificultades que salgan a mi encuentro. Estar preparado, ya sé que no va a ser fácil, una vez en el infierno…

El primer asalto lo perdí, es evidente. Qué imbecil fui.  No debí identificarme ante aquel policía, claro que lo consideré durante un minuto, aguantando la respiración y el alma, luego me dije: qué más da si estos tipos son como la epidemia que terminan dándote caza. ¡Fíjate! No ves que porta una orden de captura. No se le ocurre otra opción sino que venir a joderme a las dos de la madrugada, sin tiempo para despedirme del pequeño Sacha.

Tiene que existir algún modo de resolver este lío. El paso del tiempo es lo que menos me favorece, tampoco que Belén se haya negado a visitarme, ni siquiera tuvo la decencia de acercarme algo de ropa limpia. Sí, claro. Muda limpia y hasta una botella de Jack Daniels para el señorito. Roberto, ¡despierta de una maldita vez! Te van a mandar a la puta cárcel, ¿lo oyes? A la puta cárcel. Eres un completo imbécil, un memo confiado e idealista. Existe una denuncia firmada por ella y sigues colgado de la luna pensando que vas a salir de aquí de rositas ¡Despierta de una vez! ¿Recuerdas las palabras del abogado, las recuerdas…?>>

- Soy Alfredo Calleja, abogado penalista. Me han designado para defenderle en este caso.
- Roberto Alcázar. Es un placer estrechar la mano de alguien después de tantas horas. Abogado ¿Por qué me han traído hasta aquí?
- Tengo la copia de la imputación.
- ¿Quién me ha denunciado?
- Pues… Belén Valente Sanjira y su hija Kerry…
- Esto es una pesadilla. Ya veo que lo que quieren es mi cabeza…
- Siento decirle que con una acusación como la que tengo en mis manos ya la poseen.
- Usted va a ser mi abogado, ¿qué se supone que debo hacer?
- Aun no lo sé.
- Genial.
- Escuche Roberto. Tiene una denuncia por agresión sexual en grado continuado, ahí comienza su problema. Estamos hablando de doce años de condena. Las sentencias por este delito suelen ser muy duras, ¿me sigue?
- Le sigo.
- No sé cuántas posibilidades tenemos de que salga libre de cargos, todo va a depender de lo que digan las denunciantes a la hora de declarar frente al juez, eso será mañana en los juzgados, pero, no cuente con mucho, ya se lo adelanto. Agresión sexual continuada a una menor que para agravar más el caso, es la hija de la que en esos momentos ejercía como su pareja. Negro, muy negro lo veo.
- Ahora, de repente, me he convertido en un monstruo. Míreme ¿Cree usted que hice daño a esa persona?
- Dígamelo usted.
- No, claro que no le hice daño. Todo iba bien, me refiero a la relación que existía entre Kerry y yo.
- ¿Relación?
- Ya sabe. Éramos…
-    Escúcheme; escúcheme bien. No se le ocurra volver a citar la palabra -relación- No si con ella trata de explicar algún momento delicado vivido junto a Kerry. El juez que lleva la instrucción no soporta a los agresores sexuales. No dude que estarán apuntándole como a un conejo. La fiscal no tiene desperdicio, va a intentar patearle hasta dejar sus huesos convertidos en polvo para el desierto. Responderá pausado y sin agraviarse por lo que ellos digan. Kerry era como una hija para usted y sólo la miraba desde el más puro respeto. ¿Lo ha entendido?
- Eso trataba de decirle.
- Procure mantener la mente fría porque si la calienta estará jodido de verdad.
- ¿Nos veremos mañana…?
- Así será.
- Gracias por todo.
- No hay de que. Roberto, procure pensar en lo que le he dicho.
- Lo haré.

De poco le sirvió a Roberto ejercer de encargado en los bares y restaurantes del mejor parque de atracciones al sur de la isla ni como hombre de confianza del todopoderoso Juan Pancertero. La fatídica noche del veintitrés de noviembre terminó más tarde de lo normal, hacía algo de viento y el frío presentó sus credenciales en la terraza donde descansaba. Las fiestas de navidad y fin de año estaban a la vuelta de la esquina y el trabajo se acumulaba.

Bajo su responsabilidad más de una veintena de trabajadoras, y, por extraño que parezca, siempre salía airoso de las disputas que debido a los nervios se presentaban durante la jornada. Era un excelente gestor, lo había sido desde siempre. En poco más de dos meses le habían propuesto para encargado y él sin pensárselo dos veces no dudó en aceptar el reto. Como buen torero, lidió con los caprichos de su jefe, persona tosca y difícil, un empresario hecho a sí mismo. A Roberto lo había bautizado con el seudónimo de “Rubio”: Dile al Rubio que venga a la oficina. ¿Aún no ha llegado el Rubio?, que se presente ante mí en cuanto aparezca. Rubio abajo y Rubio arriba. Sabedor de los continuos desequilibrios que esgrimía Juan Pancertero, Roberto buscaba el momento para interponer algún alegato retrasando la acción de enfrentarse a él. Le habían asignado un buen sueldo y el cargo no le pesaba, además, el Mercedes 190 en el que viajaba también entraba dentro del acuerdo, por lo demás, vivía a quince minutos del parque de atracciones lo que representaba otra gran ventaja.

paisaje nocturno

Roberto había terminado la jornada, era medianoche y como siempre sucedía eligió la terraza para tomar un whisky. Observaba el mágico cielo del sur y al mismo tiempo se recreaba con el tintineo de cientos de estrellas. Las voces de las compañeras le llegaban como ecos lejanos, movió varias veces la cabeza. La negativa de apuntarse a la fiesta no sentó bien al grupo. En su rostro se entreveía el cansancio y las evocaciones que se revelaban no eran del todo buenas. Bebió un trago, encendió un cigarrillo y exhaló el humo. Durante unos instantes, dejó clavada la mirada en la cajetilla de Marlboro.

Ella lo inició a probar el primer cigarrillo, Kerry, con apenas trece años accionaba cuando quería el centro de voluntades de Roberto y, en ocasiones, éste se ofuscaba y arremetía contra todo.

- Vamos afuera. Me apetece fumar.
- Debo de estar loco. Treinta y ocho años sin experimentar con la repugnante nicotina y aparece en mi vida una niñata consiguiendo envenenar mis pulmones.
- ¿Por qué siempre me tienes que echar la culpa de tus males? ¿No te encuentras mayorcito para expresar abiertamente un “no”? Continuamente me tienes que largar ese estúpido rollo patatero. Estoy hasta el moño de escucharte. Es evidente que cada vez te vas pareciendo más a los demás.
- Piensa lo que quieras. Yo también estoy cansado de tus manías y locuras, ¿entiendes? ¿Crees que dominas mi mundo?, pues te equivocas. Maquinas a las personas a tú antojo; solo hay que echar un vistazo a tu alrededor y avalar que estás huérfana de amistades gracias a la puta arrogancia que desprendes allá y donde vas.
- Eres un hijo de p…
- No se te ocurra seguir.
- ¡Te odio!
- Y yo te odio. No te imaginas cuánto te odio.
- ¡Estúpido!
- ¡Estúpida!
- Maldigo el día que entraste en mi vida.
- No continúes. Por favor; dejémoslo así.
- Eres… eres mi amargura. La única persona en esta vida que me hace llorar.       

No pudo prolongar la disputa, emprendió a sollozar con infinita aflicción. Kerry tornó su delicado rostro hacia el otro lado del pasillo y llevó sus manos a los ojos, pretendía secar las lágrimas bajo el fuerte nerviosismo. El quebradizo cuerpo se estremecía entre espasmos y escalofríos. Roberto se acercó y la tomó por los hombros hasta agasajarla, besó con ternura su cabello y al oído susurró: Perdóname. No puedo verte llorar. No sabes cuánto lo siento. Si quieres, no vuelvas a hablarme, lo entenderé, pero no llores… 

 Kerry se volvió y lo abrazó con fuerza.

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