OCA GLACIACION

Algo más que palomitas

Escrito por: Benito Rabal.

Decir que el senador Mc Carthy -el artífice de la Caza de Brujas en Hollywood- era simplemente un loco anticomunista o un fanático puritano, sería como afirmar que Franco censuraba la prensa porque salía en las fotos bajito y regordete. Cualquier acto que vaya en contra de la libre expresión, siempre responde a estrategias planificadas que la convierten en auténtica desinformación, o lo que es peor, en información dirigida, esto es, en propaganda.

No es nada nuevo el poder de la imagen, ni el efecto subliminal que causa en quien la contempla. De eso sabían los papas y cardenales que a lo largo de la historia han contratado a pintores e imagineros para crear el rostro temido de la divinidad. Pero fue Hitler quien supo darle al cine, a la imagen en movimiento, la importancia que tiene en el hacer que una mentira repetida se convierta en verdad. Fuera donde fuera, Hitler siempre iba acompañado de una cámara de cine que mostraba, por supuesto, lo que él quería que se mostrase, anticipándose al lema actual de “está pasando, lo estás viendo”, que viene a querer decir que sólo ocurre aquello que se ve.

El resultado de la patraña anticomunista de Hollywood y su campaña de denuncias, encarcelamientos y delaciones, es el cine norteamericano de hoy en día, desprovisto- salvo escasas y honrosas excepciones- de cualquier sentido crítico, alejado de su carácter de vehículo transformador de la sociedad. La llamada caza de brujas ha impedido la producción de películas que muestren o insinúen, a través de sus personajes y situaciones, las vergüenzas del sistema, o incluso que sus bases y mecanismos se pongan en duda mediante códigos morales y finales felices.

El cine se explica en si mismo,
como la poesía, la música o la pintura

Eso pasa tanto en el cine que proviene del imperio, como en el resto de cinematografías que le van a la zaga. La ficción -aunque en realidad todo lo filmado es ficción, incluso el llamado documental, ya que la cámara siempre observa la realidad desde un particular punto de vista -, bajo estos códigos, acaba teñida de un cierto color rosáceo, nunca rojo, y menos aún rojinegro. Así mientras se lanzaba la bomba atómica y morían en segundos doscientas cincuenta mil personas, se prohibían los documentales sobre sus efectos, se expulsaba del país a creadores como Charles Chaplin o Dalton Trumbo y se producían películas donde las familias puritanas, de derechas, racistas, sumisas y asexuadas, siempre eran felices y se comían todas las perdices del planeta.

Benito Rabal

Desde que el cine dejó de ser una atracción de barraca de feria y se convirtió en el más importante vehículo transmisor de ideas -lo que motivó el necesario matrimonio entre arte e industria-, el dinero, o más bien, el control del mismo, ha sido la sombra del verdugo capaz de negar la vida a películas contrarias a los modelos y directrices marcados por el poder político, social  y económico. La censura de la industria se ha impuesto de tal manera que a películas como “Los Santos Inocentes” de Mario Camus, “Padre Padrone”, de los hermanos Taviani o incluso “Ladrón de bicicletas” de De Sica, hoy en día les sería prácticamente imposible ver la luz.

Esto es así y podríamos decir que sucede con cualquiera de las actividades que puedan intervenir en los mecanismos del sistema imperante, como sucede con el sector energético, la producción de alimentos o la misma medicina. Pero en ninguna como en el cine, en el narrar historias en movimiento capaces de emocionar, se aúnan de tal manera todos los poderes fácticos para hacer del Arte de la Imagen, un vehículo dócil con el que domesticar conciencias.

El cine debe ayudar a transformar
y subvertir la realidad

Cuando acabas una película y entras en la vorágine de la llamada promoción -el aspecto más aburrido aunque necesario del oficio de cineasta-,  uno se empieza a imaginar las posibles preguntas que críticos, cronistas y periodistas varios te van a hacer en las ruedas de prensa. Por supuesto, le das vueltas y vueltas a las posibles respuestas, procurando que éstas sean inteligentes, ya que al fin y al cabo, no solo ayudaran a que la gente acuda al cine, sino que como permanecerán en los archivos para la posteridad, habrá que evitar quedar como tonto, o al menos, insustancial.

El cine se explica en si mismo, como la poesía, la música o la pintura, con lo que te estrujas el magín buscando las palabras precisas con las que aclarar los sentimientos y emociones que has querido transmitir a través de la pantalla. Rebuscas en la intención de cada plano e indagas en las motivaciones y conflictos que te han llevado a idearlos, porque siempre piensas que habrá alguien que descubra algo que a ti no se te había ocurrido que estaba y claro, no te vas a quedar con el culo al aire.

Llega la primera comparecencia ante los medios de comunicación y tu, hecho un manojo de nervios, te dispones a esperar las sesudas preguntas -para las que llevas preparadas sesudas contestaciones-, cuando de repente uno de los asistentes levanta la mano y suelta: “¿Qué opina de la crisis del cine?”. “Ya la hemos liado”, piensas antes de soltar la consabida diatriba contra el doblaje -un invento del fascismo en Italia, Alemania, Japón y España, por cierto- , las multinacionales, el choriceo de los exhibidores y el escaso interés que la cultura despierta entre los gobernantes. Contestas lo mejor que puedes y también lo más rápido y conciso para no robarle tiempo a la razón de tu  presencia, hablar de tu trabajo, cuando desde el otro lado de la sala, se alza otra mano. “¿Cual es el presupuesto de la película?”, preguntan y ahí si; ahí pierdes nervios y compostura. “¿Y el de tu periódico?”, contestas, a sabiendas de que te acabas de ganar un enemigo y, seguramente, una mala crítica.

Cuento esto no como mera anécdota, sino como síntoma de la perversión a la que nos ha llevado la dichosa dualidad del cine, la que lo define como un Arte Industrial. Y los rankings de recaudación, las recomendaciones basadas en ser la película más vista, los alardes de presupuestos y demás promociones -entre comillas- con los que los medios de comunicación supuestamente nos invitan a ver cine, no hacen sino un flaco servicio a lo que éste debiera ser en realidad; algo más que un pretexto para engullir palomitas o pasar el rato.

El cine debe ayudar a transformar y subvertir la realidad y para eso hace falta primar más el arte que la industria. El cine, como toda expresión cultural, es un bien público y como tal debiera ser tratado.

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1 comentario

  1. Hola compañero. Porque pertenezco a esta terapia de grupo, decimos. Además, soy amigo y compañero de tu primo Benito. Y de su misma edad, aunque no tengo la afición de,…chinchón. Le quiero. Soy de su mismo barrio, desde 1958, hasta Mayo pasado. Yo me he pasado; soy uno de tantos, que se ha ido a pique en este barco. Tú y yo nos conocemos; me has llevado, ¡de figurante, a algunas de tus películas, pero yo soy del gremio, sin menospreciar a los de figuración. Me llevaste a aquello de Camus, de lo de los Desastres de la Guerra. Soy el fraile al que uno de los figurantes, a los que les indiqué lo de los golpes. Me dió de verdad. No se si lo recuerdas.
    Ahora, metido en el berenjenal de producir,… Estaba con Patiño, y se largó dejándome en la estacada. Palmó, para ser exactos. No espero que descanse en paz. No se lo merece.
    He estado muchos años en lo que era Iberoamericana, y Andrés (Vicente Gómez) me conoce muy bien; y José Luis, y Escolar…Yusaff Boukhari, y,… tú, y alguno más. Solo si me recuerdas. Nos hemos visto infinidad de veces; incluso en los años de “La Tortuga”, aunque yo nunca he bebido. Bebidas alcohólicas, se entiende. Es,…¡¡era!! mi barrio.
    Bueno, pues estoy viviendo en Reinosa. Y lo que has escrito, me recuerda mucho a lo que yo he dicho, y digo a los que se han embarcado a mis indicaciones, que no enseñanzas, pues el que tiene que aprender, a pesar de mis sesenta años, soy yo. Y ellos me enseñan a su vez. Pues que estoy contigo. Que esto es así, y que así viene. Y no es cosa de la crisis dichosa; esto del Cine, le viene de mucho más atrás. ¡¡¡Y algo de culpa tenemos los que nos metemos en camisa de once varas!!! Abrazos, y ánimo.

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