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Reflexiones de un maestro de una prisión

Posted By Iñaki Pérez On 01/09/2010 @ 22:51 In Apuntes,Aragón,Miscelánea | 2 Comments

Nuestra vida queda en ocasiones marcada por pequeñas situaciones, comentarios o incluso frases tan significativas, que llegan incluso a cambiar el rumbo de nuestra vida.

En mi caso personal ha sido el comentario de una “peli”, que en cierta manera la marcó, y es que  todas nuestras experiencias tanto positivas como negativas nos suceden por algo, cómo si de un aprendizaje se tratase. Dicha frase dice algo así: “ Me paro a pensar en cómo hubiese sido mi vida si no hubiera acontecido de esta manera… la muerte de una pareja, la elección de este camino y no del otro, etc … y por mucho que pienso, llego a la conclusión de que sin lugar a dudas no hubiese sido mi vida”.

Este párrafo introductorio, va  muy ligado a la experiencia educativa tan increíble que he podido vivir este curso escolar 2009-2010, en el Centro Penitenciario de Daroca ( Zaragoza), como maestro de Español para extranjeros, así como de Lengua y Literatura de Acceso a Ciclos de Grado Superior.

Antes de comenzar a desarrollar esta pequeña introspección personal, me gustaría matizar, que una opinión tan propia sobre una experiencia educativa tan particular como es enseñar en una prisión, jamás podría utilizarla como colectivo. Así que lo redactaré en primera persona, con el objetivo de no dañar ningún tipo de sensibilidad.

Recuerdo el primer día, nada más entrar en la cárcel, lleno de prejuicios  e inseguridades de todo lo que me podía encontrar allí. Mi primera sensación fue el  notar cómo se cerraba una gran puerta automática azul ante mi espalda, pensando… “ Uf , ¿ Pero quién me manda meterme en estos berenjenales?” .  Pues bien, como todo historia de vida, aparece un pero y esta vez uno bien grande. Derrumbándose, de esta forma un gran muro forjado durante años de prejuicios e inseguridades;  descubriendo así el lado más humano de los internos con sus experiencias duras dentro de la prisión y sobre todo agradables en el día a día  dentro del aula.

“¿Pero quién me manda                                                                         meterme en estos berenjenales?”

También es interesante destacar su afán por aprender y mejorar como personas, algo que me llamó considerablemente la atención, ya que el mundo de los adultos y sobre todo de los que tienen privada su libertad; su grado motivacional es tan amplio que al compararlo con mi experiencia en un Instituto de Enseñanza Secundaria, dichos internos del Centro penitenciario se asemejaban a unos “ mirlos blancos” al lado de la jauría de “urracas adolescentes”  en la que cada 5 minutos tenías que interrumpir la clase para mandar callar con gritos que atravesaban las paredes.

Con esto, no quiero decir que todo el monte es orégano, porque me estaría engañando a mí mismo y es que problemas hay en todos los contextos educativos bien desde los inicios de infantil hasta e l último peldaño, que es la educación permanente de adultos y en su cúspide el aula habilitada del Centro penitenciario, con una problemática por parte de los alumnos que la conforman mucho mas grave y complicada que el resto de los escalafones nombrados.

La verdad es que no quería extenderme mucho, ya que hay una infinidad de detalles y situaciones que podría  describir, pero mi intención al escribir este pequeño artículo, era expresar de manera general mi visión como maestro dentro del mundo penitenciario y desmitificar en cierta manera la imagen que se tiene por parte del exterior de nuestro alumnado y del trato recibido por parte de ellos hacia nosotros.

Sin más, me gustaría agradecer la oportunidad que me ha brindado el coordinador de formación Javier Mesa por poder expresarme y compartir este pequeño texto con todos vosotros. Sin obviar por supuesto a otros compañeros por su ayuda prestada como: Jaime, Rafa… e indudablemente el resto de compañeros funcionarios penitenciarios por su buen hacer, paciencia y ayuda facilitada. Y  a todos los internos que han acudido diariamente a la Escuela…. ¡ A todos vosotros, Gracias!

Para terminar y volviendo a la frase del principio, me reafirmo diciendo: “ Me paro a pensar en cómo hubiese sido mi vida si hubiera aceptado mi destino en un pequeño pueblo de la capital, sin pasar por el C.P de Daroca…” ¿Y sabéis cómo concluyo? Que no sería mi vida. 


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