La moneda

Escrito por: Gaspa

María mueve la escoba a un lado y a otro. Los pelos tiesos y rígidos del cepillo van y vienen por la acera, levantan el polvo nuestro de cada día. Y ahí brilla algo, en el suelo. María se agacha, se le vuelca todo el cuerpo, lo siente, siente sus vísceras en una caja frágil, y sus riñones tirarle con fuerza, y lo coge, coge lo que brilla en el suelo, y es una moneda, como la de la rata, ratita o miserable presumida.

La monedaUna moneda sucia que, en realidad, no brilla tanto, pero María la coge y no piensa en invertirla en un lazo. No, María no comprará un lacito, porque el perro de San Roque no tiene rabo, ni María cola, ni lugar para adornarse la vejez. A María le duelen tanto los huesos que con la moneda compraría su propia muerte. Y como todo lo malo ( o bueno ) es omnipresente, dicho y hecho. Allí estaba la Muerte, al fin, a unos diez minutos de ella. ¿ De verdad quieres irte ? Y María, aunque se siente perdida asiente.

Aún no ha amanecido, pero el portal de María ya está bien limpio, que si la del herrero y la Agustina quieren limpieza, que se barran ellas. Entonces la muerte sigue: ¿ Quieres dejarlo todo? Y María se mira el tiempo en sus manos anchas y arrugadas, ásperas, cansadas. Mira por su ventana y observa su propia miseria y soledad, las estampas de sus santitos, a los que ella cree deber algo, la ausencia de sus muertos.

A María le duelen tanto los huesos
que con la moneda compraría su propia muerte

Pero allí está ella, a las siete de la mañana, con la escoba en una mano, la muerte en otra, y la miseria a su espalda. Sin santos que vengan a verla ni nada. Siempre la miseria a su espalda. María tiene un alma de niña ingenua a veces, pero nunca dejó de ser una mujer despierta. Y esa mañana María lo siente más que nunca, que está cerca de la sabiduría absoluta, que está por fin segura. Que se quiere ir, que está ya demasiado perdida. Pero la Muerte se impacienta, y está cada vez más cerca, y María trata de recordar su vida, pero ya no recuerda nada, tampoco olvida nada, sólo puede sentir un cansancio abatido y terriblemente insoportable.

La calle sigue despierta, y casi a oscuras. Los viejos que pasan, y ella siente como viejos. Y ella siente como inferiores, porque ella ya está, ya está casi en la meta. Por fin reunirse con sus santitos, con su Antonio que en paz descanse, con la madre y el padre también, que siempre le tuvo mucho respeto, que se lo mataron en la guerra.

La muerte se impacienta y María respira agitada y se le cae una lágrima al suelo sin saber por qué, que serán cosa de la edad, y se cae ella después y ya nunca sabrá nada, ni de si, ni del padre ni de la madre, ni su San Antonio, ni sus santitos, ni su vida eterna. Los viejos salen a la calle, “ ¡ Ay Jesús !. ¡ La pobre María !. ¡ Raro es que no le llegara antes la hora !” Y unos rezos y unas lágrimas. Y luego dijeron: “ Fue una muerte natural “. Y para meterla en la caja le quitaron de la mano rígida la moneda.

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1 comentario

  1. Tierno, frío, cálido, realista (tanto..) … pero sobre todo sobrecogedora.

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