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Autoayuda(II): Aprender a decir “No”

Muchas personas se caracterizan por ser serviciales y estar siempre a disposición de todo el mundo, y esto sin duda puede ser una cualidad. Sin embargo, más de una vez estas personas se meten en líos por no saber decir que no a tiempo.

NoA la gran mayoría de las personas nos resulta complicado responder a una pregunta o petición con una respuesta negativa, algunas veces por temor a que no nos valoren, por respeto o simplemente por compromiso, es decir, que pensamos que la otra persona que nos está haciendo la petición no se merece un “no” por respuesta.

Preferimos la satisfacción de la otra persona, antes que la nuestra y esto es un grave error ya que debemos aprender a respetar lo nuestro antes que lo de los demás, ya sea el tiempo, el dinero, los objetos o los favores.

Aprender a decir “no” es algo que se puede hacer. Sencillamente, hay que invertir mucha voluntad, decisión y sobretodo mucho respeto y valoración hacia nosotros mismos.

 

Todo empieza en la infancia

Una de las primeras cosas que aprende un bebé es la de negarse, la de rebelarse contra sus padres. Oponerse es la mejor manera que el niño tiene para afirmarse. Es una forma de marcar la diferencia entre ellos y el exterior; es una defensa ante la sensación de invasión que perciben por el requerimiento constante que viene de su entorno.

Con el paso de los años la conducta rebelde va disminuyendo aunque cuando llega la adolescencia recobra su fuerza y se crea casi el patrón de conducta.

Niño rebeldeA medida que el joven va asumiendo mayor autonomía y responsabilidad, le resulta mas difícil decir “no”. Comienzan a adquirir importancia planteamientos como los de evitar problemas innecesarios y crear un buen ambiente en su entorno, caer bien a los demás, esquivar las discusiones… El problema surge cuando esta actitud se arraiga en exceso y, por timidez, comodidad o pragmatismo se convierte en costumbre.

Hay que diferenciar entre no contrariar a nuestros interlocutores porque coincidimos con sus propuestas, opiniones o planteamientos, y hacerlo por sistema, siempre y en cualquier circunstancia. Si no expresamos nuestro desacuerdo cuando discrepamos en cuestiones importantes, o si hacemos lo que consideramos inapropiado o nos resulta perjudicial para nuestros intereses, estamos haciendo prevalecer las necesidades, opiniones o deseos de los demás a los nuestros.

Esto puede causarnos, además de los previsibles perjuicios de índole práctica, problemas de autoestima, y de trasmitir de nosotros una imagen de personas con poco criterio. Tras esta conducta complaciente puede hallarse la creencia de que llevar la contraria o no aceptar tareas que consideramos incorrectas o que no nos corresponden conduce a que se nos vea o nos veamos como egoístas.

Se trata, en definitiva, del miedo a no ser valorados o queridos.

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