Oca Navidad

Los mecanismos de marginación

Escrito por: Miguel Miranda

Un tema que siempre preocupó a los que nos movemos en el ámbito de las Ciencias Sociales es averiguar cuáles son los mecanismos  por los que una serie de personas  acaban en una situación de marginación social. Porque parece una constante histórica que una serie de colectivos y de individuos son situados al margen de la sociedad, en situación de exclusión social.

En unos casos por características del propio individuo. Características físicas, (una discapacidad, una enfermedad) o psíquicas, como sufrir el síndrome Down o una esquizofrenia.  En otros casos es por formar parte de un grupo de tipo étnico, como los judíos en algunos lugares y los árabes en otros, los gitanos, los inmigrantes en general. Otras veces la marginación se produce por razones de identidad sexual, o simplemente por ser pobre o simplemente por ser mujer, o ser anciano o vivir en un determinado lugar.  Son pues muchas las causas por las que en distintas situaciones y en distintos momentos históricos se margina a muchas personas.

Es obvio que la población que se encuentra en una institución penitenciaria es una población segregada, apartada del resto, que no es lo mismo que marginada.  De entre los segregados unos serán víctimas de procesos de marginación y otros no. Dependerá de la clase social a la que pertenezca, de sus recursos económicos, de su familia, de la reacción del medio social en el que desenvuelva su vida.

Parece una constante histórica que una serie de colectivos
y de individuos son situados al margen de la sociedad

¿Qué significa estar excluido, estar marginado? La respuesta no es simple y merecería mayor explicación, pero acordemos una respuesta breve: acordemos que la persona marginada tiene más dificultades para el acceso a los recursos públicos en sentido amplio: un empleo, una vivienda, a la educación, incluso a la asistencia sanitaria, a formar una familia, a moverse por el espacio público en igualdad de condiciones que las demás personas.

Cuando en los primeros años setenta empezaba mis estudios como trabajador social me mandaron a hacer prácticas a un barrio en el que había un gran poblado chabolista de gitanos. Recordar en qué condiciones vivían me hace ver cuánto hemos avanzado en este país. Entre los primeros trabajos que me encomendaron estaba el conseguir documentar a varios jóvenes que pretendían ser contratados por empresas normales y que nunca lo conseguían sencillamente porque no podían aportar el documento nacional de identidad por una razón muy simple: no lo tenían.

Su nacimiento no constaba en ningún juzgado, en ningún registro civil o religioso y en esas condiciones me resultó complejo explicar a la policía que aquellas personas necesitaban un DNI para poder firmar un contrato y ser dados de alta en la Seguridad Social.

Gracias a la Ley General de Sanidad, del recordado ministro LLuch, la asistencia sanitaria se universalizó, es decir, el sistema sanitario público empezó a atender también a los gitanos, porque hasta entonces, 1986, sólo podían ser pacientes en los hospitales de la beneficencia. En los ochenta yo trabajaba en un hospital público y no recuerdo haber tenido nunca en mi planta pacientes gitanos. No porque no enfermaban, sino porque no eran afiliados ni beneficiarios de la Seguridad Social y por tanto no tenían derecho a ingresar en los hospitales que atendían a la inmensa mayoría de la población.

Estar desafiliado es no pertenecer a nada
y eso es grave en cualquier sociedad

Aquel poblado chabolista, la Camisera se llamaba, hace mucho que desapareció y los hijos de aquellas familias viven en viviendas normales, muchas veces en vivienda protegida, es verdad, pero como cualquier otro hijo de vecino. Mucho pues hemos avanzado, pero todavía queda mucho por avanzar.

En los años noventa pasé a trabajar como profesor universitario y en más de veinte años, sólo recuerdo una alumna gitana que afortunadamente acabó la carrera y espero algún día no muy lejano, participar en el solemne acto académico en el que lea su tesis y consiga ser doctora. Será un día memorable para ella y para mi universidad y para su colectivo. Otro ejemplo más. Hace muchos años que frecuento el Auditorio y asisto a conciertos de música clásica. Quien duda de la sensibilidad musical, incluso de la facilidad de los gitanos para la música. Nadie. Pues en más de quince años nunca vi a un gitano entre las dos mil personas que acudimos los domingos a los conciertos. Ninguno, ni joven ni viejo, ni hombre ni mujer. ¿No es curioso?

Marginación, exclusión… desafiliación. Este último concepto lo propuso un sociólogo francés llamado Robert Castel. Tener filiación es ser hijo de alguien. La palabra viene del latín filius=hijo. Estar afiliado es pertenecer a algo, a un grupo, a un sindicato a una asociación, a un partido político. Estar desafiliado es no pertenecer a nada y eso es grave en cualquier sociedad. Sólo los afiliados disfrutan de las ventajas de no estar sólo, de tener a alguien con quien compartir,  a quien dar y de quien recibir cuando se necesita, de establecer relaciones de reciprocidad: hoy por ti, mañana por mí.

Esta reciprocidad rige los intercambios entre padres e hijos, hermanos, tíos, primos… pero también amigos, vecinos, compañeros de trabajo. El que está “afiliado” pertenece a una “red de apoyo social” por la que circulan apoyos mutuos cuando alguien de la red los necesita. Estar “afiliado” a la Seguridad Social significa que formas parte del gran grupo que hoy cotiza para que otros puedan cobrar sus pensiones en la confianza de que otros cotizarán cuando tú seas el pensionista. Se trata de una solidaridad intergeneracional que da seguridad a los trabajadores porque, aunque luego intervinieran los Estados, fue un invento de los que no disfrutan de fortuna y sólo tenían su fuerza de trabajo.

Habrá que poner límites a los mercados para evitar
que unos pocos puedan acabar con el bienestar de tantos

Trabajo, esa es la palabra clave por una razón fundamental, dice el citado sociólogo. Resulta que en las sociedades modernas es la relación con la actividad laboral lo que determina el grado de integración social, de vulnerabilidad o de marginación/desafiliación.  Es el disfrutar de un trabajo lo que evita la desafiliación, lo que incluye al individuo en esas redes de solidaridad social, de reciprocidad.

Por ello la cuestión del empleo disponible es fundamental en cualquier momento y desde luego en éste que nos ha tocado vivir. La lucha contra el desempleo debería de ser el objetivo de todas las instituciones, de todos los partidos políticos, de todos los sindicatos, de los técnicos, de los empresarios, y desde luego también de esas fuerzas ciegas a las que se les viene denominando como “mercados”, pero me temo que ésto último es mucho pedir. El único interés de esos mercados, a los que habrá que poner nombre y apellidos, es ganar dinero aun a costa de enviar al desempleo a millones de trabajadores. Lo estamos viendo muy bien en esta crisis global que nos ha tocado vivir.

Habrá que poner límites a los mercados, habrá que ponerles límites, tasas o lo que sea para que unos pocos puedan poner en peligro o acabar con el bienestar de tantos. Y habrán de saber que es la cohesión social lo que se pone en peligro. Si tiene razón Castel y el desempleo es el principal riesgo de marginación/desafiliación, y yo creo que sí la tiene, algo habrá que hacer porque a estas alturas de desarrollo de la humanidad el derecho al trabajo es un derecho fundamental. Por cierto, tengo la intuición de que lo que está pasando últimamente en los países árabes  tiene que ver algo con todo esto que comento. Están luchando por su libertad, por la posibilidad de vivir una vida digna con un empleo digno.

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