OCA GLACIACION

Cambio de auto

Fue una manera brutal de instalarnos en el pueblo: La Iglesuela del Cid. Más de una vez había soñado con que íbamos a vivir allí. De golpe, un verano a mi mujer la destinaron a la localidad como médico interina. Teníamos entonces un Seat Ibiza rojo, Z-8590-AC, sin ningún lujo, y en él viajábamos de aquí para allá seis pasajeros, uno de ellos era un niño muy pequeño de apenas dos años y medio, y nuestro perro azafranado Pluto.

La Iglesuela del CidUn espléndido mediodía fui a sacar el coche del garaje: retrocedí hasta la pedregosa explanada del consultorio, cerca del puente de piedra, y de repente empezó a salir humo y se incendió el motor. La gente no tardó en amontonarse en torno a la barandilla y a gritar. Yo estaba literalmente horrorizado. Apareció de súbito el alcalde José Miguel Cruz, que tenía camiones y una empresa de maderas, y me dijo: “Aléjate de ahí”. Vació un extintor por completo, quizá fuesen dos, y yo me quedé perplejo. Nunca había visto cosa igual, y además días atrás había pagado una importante suma por una revisión general.

Nos veíamos obligados a adquirir otro vehículo con premura. Estábamos, como quien dice, en el culo del mundo: en un terreno escarpado e ignoto. Dimos parte al seguro, consultamos con el mecánico y con nuestro asesor financiero. Por la tarde, apareció Joaquín el alguacil y me dijo: “Ya me he enterado de todo. A veces, eso pasa. Mírame a mí: tengo dos hermanas ciegas, Bárbara y Beatriz. Son rarezas del destino que te ponen a prueba”. Me pidió que lo acompañase a las eras muy misteriosamente, como si fuera a revelarme un secreto. Le hice caso. Ya lo conocía un poco: trabajaba en el ayuntamiento de hombre para todo, de peón y pregonero y recadero de confianza del alcalde y del secretario, en sus ratos libres era sastre y cotizaba a la Seguridad Social como campesino.

Trabajaba en el ayuntamiento
de hombre para todo

Avanzamos casi en silencio hasta que me dijo: “De buena te has librado. En este pueblo, los milagros existen”. Tampoco quise extenderme en comentarios ni en explicaciones. Abrió una portalada y dentro había un Renault Clío granate. Estaba como del paquete, protegido por un plástico, tan nuevo que solo había realizado 1.006 kilómetros. Joaquín añadió: “Este será tu coche mientras te haga falta. El tuyo y el de la medica”. Joaquín siempre lo decía así: la medica, Carmen la medica, la tía medica. Me dejó las llaves del coche y las del almacén o garaje, y fuimos a su casa a buscar la documentación. Añadió, ante mi extrañeza: “Si la dejo en el coche, a lo mejor entran los chavales y se la llevan. Aunque no sea más que por hacerme rabiar”.

Un Renault clio granateFui a su casa. Iba a quedarme en la puerta, pero me hizo pasar hacia el cuarto de sastrería. Me encantó. Ahora solo recogía dobladillos, ajustaba hombreras y puños, reparaba cremalleras, planchaba trajes: pequeñas cosas que le permitían mantenerse en forma y usar las tijeras, las tizas, los diversos metros, los patrones, y completar el sueldo del mes. Allí se sentía a recaudo del mundo y muy bien consigo mismo. De cuando en cuando, le llegaban voces de la cocina o de una habitación. Decía: “Esa es Beatriz. Le gusta mucho la televisión, pero aún más la radio”. Decía: “Bárbara tiene la voz ronca como un peón caminero. Reza el rosario como nadie. Son gemelas y ciegas del todo”.

A mi mujer la emocionó la generosidad de Joaquín. Alguien más le había ofrecido un coche hasta que pudiéramos comprar uno nuevo. La dueña del garaje le dijo con alguna intención: “Ya se veía que teníais que cambiar de auto. Ese era de mucha pobreza, Carmen. Alguien ha decidido por ti. Deberíais estar contentos”. Un par de días después, tras consultar mucho aquí y allá con expertos en concesionarios, cogí el coche de Joaquín y fui a Zaragoza. Me costó decidirme, pero al final me incliné por una Nissan Serena de ocho plazas. Granate también, como el Renault Clío de Joaquín. Me dijeron que tardaría más de un mes. Y durante ese tiempo tuve que hacer de todo. Realizaba casi 300 kilómetros diarios, o algunos más si me desplazaba a Zaragoza.

Cada tarde, o cada mañana, en cuanto me veía, Joaquín se acercaba y tomábamos un café. Siempre me pedía que le contase lo que había hecho, cómo había respondido el coche, si me sentía cómodo, si era de fácil conducción y si lo encontraba sobrado de potencia en las cuestas, especialmente en la cumbre de Las Cabrillas, allí donde se congregan al alba los gigantescos buitres, ante el muladar que se abre a los abismos… Aunque yo estaba apurado, él estaba muy satisfecho. Me decía: “Apenas lo uso. Algunas veces voy a Castellón”. Iba, con algún compañero, a los garitos de carretera. Ya me habían dicho que había tenido una escaramuza con una mujer portuguesa, Donicela da Luz, que habían hablado incluso de boda, pero que al final se fue todo al garete. Resumió: “No podía dejar huérfanas a mis hermanas”.

¿Cómo iba a decirle
a Joaquín lo que había pasado?

El coche era una maravilla y tenía un estupendo radiocasete. No hay nada que me guste más que oír la radio mientras conduzco. He vivido momentos extraordinarios. En el fondo, soy un coleccionista de paisajes y de emociones. Me apasionan las voces, y más de una vez he llorado al volante. Creo que me ocurrió eso cuando oí hablar al famoso Padre Coraje, aquel hombre que dejó su trabajo, aprendió los secretos de la delincuencia y contactó con los asesinos de su hijo con el afán de obtener, con tretas, una confesión definitiva que pudiese ser utilizada en un juicio. Y me ha sucedido en algunos programas de ‘El ojo crítico’ cuando oía a un poeta recitar sus versos, aquellos eran los días del periodista, poeta y rapsoda Javier Lostalé, o a un novelista explicar los orígenes de un libro.

Un día circulaba a la altura del pantano de Calanda, en dirección a Mas de las Matas y La Iglesuela, cuando percibí un golpe en el coche. No vi nada. Fue todo vertiginoso. Paré a los 50 o 60 metros para ver qué había ocurrido. No había nadie: ni una persona, ni un jabalí, ni una cabra o un perro, pero el golpe llamaba la atención. La parte derecha del morro estaba bastante deteriorada y se había roto el faro. Vi a los lejos una cabra montés y en la cúspide, como cosidas al barranco, dos o tres más que triscaban hierbas y terrones o que parecían ensayar un suicidio colectivo.

Mas de las MatasPasé del asombro al miedo. ¿Cómo iba a decirle a Joaquín lo que había pasado? De regreso a casa, pensé en varias incidencias. Mientras la radio desleía músicas y testimonios, yo le inventaba peripecias del accidente a Joaquín, pero ninguno me convencía. Le hablaba en alta voz como si yo fuera mi propia radio. Al final, decidí contarle la verdad. Fue la primera persona que vi, ante el bar de la carretera. Paré, le abrí la puerta, y le dije que subiera. No estoy seguro de que reparase en el accidente. Le dije: “No digas nada todavía. Escucha”.

Manuel Vicent, en un programa de Radio Nacional, hablaba de un libro suyo, ‘Contraparaíso’, y recordaba que había vivido algunos veranos en La Iglesuela del Cid, en un tiempo en que quería ser fotógrafo y que conservaba un hermoso recuerdo de Amada Ibáñez, la propietaria de Casa Amada, el gran restaurante casero del pueblo, y de su padre, que solía llevarlo al monte y le enseñaba las grutas donde se habían guarecido los maquis. Joaquín no se atrevió a preguntar nada. Paré ante su garaje y nos bajamos a la vez. Le conté lo que sabía, es decir, nada, suponía que un animal había cruzado la carretera, y poco más. Joaquín mostró pronto su preocupación, quizá su desconcierto, pero no perdió la calma. “Dejamos el coche aquí y esta tarde lo llevamos a Villafranca del Cid. Lo compré allí. Ya te lo dije: en este pueblo los milagros existen. De buena te has librado”. Le pregunté si tenía el seguro a todo riesgo. No lo había contratado.

¿Dónde vas con
ese camión, chalado?

No le dieron importancia al accidente. En dos o tres días, lo repararon, lo pintaron y nos devolvieron el utilitario. No me dejó pagar. Joaquín volvió a sonreír: “No ha pasado nada”. Poco después, a nosotros nos entregaron el monovolumen granate de ocho plazas y 2.300 centímetros cúbicos, Z-8005-AY. En cuanto me vio con él, Joaquín me dijo: “¿Dónde vas con ese camión, chalado?”. No tardó en traerme una copia de las llaves del garaje y del coche, y me dijo: “Allí está para ti. O para la medica. Acaba de hacerle el rodaje. Hazme ese favor”.

No estoy seguro de que Joaquín volviese a conducir su Renault Clío. Cada vez que le presentaba algún amigo o que recibía alguna visita, siempre le contaba dos cosas: que una vez le había dado las llaves del pueblo a Faye Dunaway, durante el rodaje de ‘En brazos de la mujer madura’, y que ella le había besado en la mejilla en señal de gratitud, y que me había dejado su coche. Precisaba: “Se lo presté con 1.006 kilómetros y me lo devolvió con 7.029 en poco más de un mes. El Clío cumplió, cumplió; le hizo un buen servicio”.

Siempre he pensado que esa era la manera que tenía Joaquín, el sastre y alguacil y pregonero, de decirle a la gente que él era mi amigo. Alguien verdaderamente importante para mí.

 

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2 Comentarios

  1. Preciosas vivencias las que cuenta Antón y excelente el modo tan natural en que lo hace, a juego con el entorno. Para todos, debería ser obligatorio leer cada día un artículo positivo, como éste, de los que ayudan a confiar más en los que se encuentran a tu lado. ¡Porque la gente, en su mayoría, es buena! O muy buena.

  2. Preciosa manera de relatar el inicio de una amistad maravillosa y duradera pues ésas son las que dan sentido y alegría a la vida y a la relación entre las personas.

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