OCA amanecer

Penitencia: novela “La última mentira” (cap. 4º)

Luces y máculas

Escrito por: Donegan Rice

Me invade un sentimiento de infinita tristeza que no logro controlar. Percibo el instante que está a punto de aparecer y pujo por reprimir mi súplica mirando más allá de estas rejas, preguntándome: ¿Cómo es posible que los seres humanos seamos capaces de desparramar tanta maldad, de aniquilar sin piedad aquello que hemos querido o amado por pura venganza? ¿Qué nos diferencia de las bestias? Seguro que éstas no conocen el resentimiento o el desquite, actúan libremente, con un plus de superioridad en la escala de valores porque apenas cuentan con un elemento primordial: La razón.

CeldaLentamente, viene hacia mí la dificultad de poder razonar ante el juez instructor, palpo la manera en la que seré observado, como si tuvieran delante a una especie sombría a la que hay que destruir. Me preparo para lo peor y eso significa que, estoy en manos de Kerry, lo cual, visto y oído los argumentos de la denuncia es para no contar con ninguna opción.

Así es esta vida; una amalgama de contrastes, que me lo digan a mí. Hasta hace tres días conducía libremente por la autopista rumbo al parque de atracciones y ahora, en este tiempo, he sido detenido, acusado, esposado, arrinconado y vigilado como el peor de los enemigos. Para mí, la palabra presunto parece no existir, es como si arraigara la certeza; un leve interrogatorio y de cabeza a la cárcel.

A pesar del nerviosismo, debo observar bien la situación, entonces es posible acertar lo que piensa la gente que va a interrogarme. Sí, es una técnica muy antigua que te da la respuesta de lo que siente el adversario en un momento dado, consiguiendo descifrar qué hará en el momento siguiente. Un ejercicio muy sencillo pero que poca gente sabe, algo parecido realicé en la comisaría de Centro. De aquella noche guardo esta experiencia: En el frío corredor oía pasos, primero no le di mayor importancia; se podía tratar del relevo de la guardia, de otro nuevo visitante o de mil cuestiones diferentes; más tarde, surgió la necesidad de descifrar si realmente era lo que presagiaba, así que, cerré los ojos, respiré profundamente hasta dejar las pulsaciones al ralentí y comencé a sentir cómo los demás sentidos se agudizaban de manera sobresaliente; entonces ocurrió, dejé de lado los otros ruidos para intensificar la búsqueda en aquellos que sentía más cercanos. Pude viajar hasta ellos, se trataba de calzado femenino. Transitaba de manera inquieta, obsesiva. Ocasionalmente, se detenía y, de pronto, continuaba la marcha.

Habían transcurrido doce horas de encierro,
sin probar bocado, sin apenas diálogo

Habían transcurrido doce horas de encierro, sin probar bocado, sin apenas diálogo. Me condujeron entre acusaciones y burlas al calabozo. Un jersey me servía de almohada, allí adentro olía a cloaca y a vómito, y en medio del terrible dolor de cabeza, de las punzadas del pecho, de las náuseas y de la insoportable sed, surgieron de nuevo aquellos pasos, como una imagen evocada. Intenté alzar la mirilla de la pesada puerta, intento fracasado. Aquel estado no me era grato, sino al contrario, muy penoso, y, sin embargo, perseveraba en la firme convicción de que allí se encontraba Belén.

A pesar de jugar en clara desventaja quise acabar con el tormento, me dije: ¿Y, si le pregunto por la presencia de ella? Total, a estas alturas qué puedo perder. No solo acerté sino que pedí, con exaltación, al policía que le dejara este mensaje: “Le rogaría que le comentara mi necesidad de hablar unos minutos con ella, es urgente”. Extrañamente, esta vez el policía no se negó, claro que se trataba de otro agente, así que bajó la escafandra y vuelta a esperar. Dos horas después aporreé la puerta.

- Perdón. Estoy algo nervioso. Quería saber si le ha dejado el recado.
- Su recado –dijo haciendo una leve pausa-. Tiene guasa el asunto. Su ex lleva un cabreo de la hostia. Sí. Pude darle su… recadito, ella le manda otro que no tiene desperdicio: “Dígale a ese cabrón que no voy a dar un paso para hablar con él aunque con ese encuentro hallara la salvación”.
- Bien. Gracias. Ha sido usted muy amable.
- Ya sé que esto no vale para nada, pero créame, por nada del mundo me gustaría estar en su pellejo.

PaisajeEstoy hecho trizas, deseo que el juez instructor o la fiscal pongan fin a este infierno. Quiero estar junto al destino que me espera, lejos de pensar en si la justicia me unirá de nuevo a Belén y Kerry. Necesito posar mi cuerpo en una cama. Cuando uno descansa, el presente se ve con claridad, las realidades se analizan con más imparcialidad.

Me cuesta mantener los ojos abiertos, y si opto por balancearme de un lado a otro puede que ese detenido piense que le han colocado con un tarado, mejor no me muevo; ya sé, haré como cuando estaba en el orfanato. Me inventaré algo, buscaré en mi mente un espacio bonito -árboles, toda clase de árboles en medio de un verde paisaje y un calmoso río salpicado por las mil luces que deposita el sol, allí, apoyado en un naranjo, respirando los concluyentes aromas y bajo la paz más inquebrantable-. No, no va a ser tan fácil, este encierro está perturbando cada pensamiento. Aun así, debo seguir repasando las últimas visitas. No entendí muy bien lo que quiso decir el abogado ¡Ah! Ya recuerdo: nada de citar la palabra “relación”, ni de sentirme herido por las preguntas capciosas que me realizará el juez instructor, como si esto fuera tocar y disfrutar.

Luchar sin saber porqué debo luchar y estando al lado de la verdad resulta algo extraño. No quiero ni imaginar lo que aguanta el papel de la denuncia, ni los testimonios de los testigos.

Si con la primera declaración me han encerrado, sólo un milagro podría no llevarme a la cárcel. Supongamos que Kerry se da cuenta de lo que ha hecho y decide romper con la anterior declaración, entonces, sólo entonces, podría barajar la opción de volver a reencontrarme con la libertad. Aunque, conociendo el proceder de Belén y sobre todo la influencia que ejerce Saray en la decisiones de Kerry, sería como soñar en color.

Si con la primera declaración me han encerrado,
sólo un milagro podría no llevarme a la cárcel

He repasado estos cuatro años al lado de Belén y noto que el sufrimiento me va dominando, como si tuviese vida propia. Me basta nombrarla y la dichosa opresión vuelve a hacer acto de presencia. Y, no será por tantear momentos más agradables, como la tarde que pasé junto a Eliana. Aquél si fue un encuentro diferente, sus expresiones parecían francas. Con todo lo que estaba aconteciendo en mi relación necesitaba conectar con alguien cercano. Era más fuerte que las dudas, que mi vanidad, que la tentativa por controlar cada segundo de mi vida. Allí estaba ella, radiante y dispuesta a escucharme.

- ¿Qué te apetece tomar?
- No creo que pueda beber nada, apenas he probado bocado.
- ¿Quieres decirme…?
- Si.
- Dios santo. ¡Camarero! Por favor, alcánceme una carta.
- No hace falta que te molestes.
- Tú a callar. Una carta por favor.

Eliana llegó a concebir que Roberto procedía de un hábitat difícil de explicar. Aquella tarde, él se presentó como un ser atento y obsequioso. A su lado, la joven era capaz de aparcar la espesa timidez y expresarse con total libertad. Comprobó, que el tiempo viajaba a otra velocidad y que, al finalizar cada reunión, las reflexiones escuchadas eran tomadas en cuenta. No eran de gastarse bromas, ni de excesivas tertulias, quizás por las vidas desiguales en las que navegaban. Sin embargo, el entendimiento y la confidencialidad quedaba demostrada. Siempre eran los últimos que aparcaban la charla.

Terraza barEligieron un céntrico local enclavado en el casco antiguo de la ciudad. Eliana bajó del taxi con un veraniego modelo de color rosa, propio de la época. En su andar, dibujaba una coqueta y vivaracha figura, y unas caderas bien señaladas dejaban el pensamiento de que sólo un cuerpo perfecto podría desarrollar tanto garbo al avanzar. La finura de sus rasgos era remarcada por unos rasgados ojos de color miel. Todo en Eliana despertaba curiosidad; el lacio cabello de color rojizo le daba un aspecto de belleza andrógena, las graciosas pecas que visitaban la zona alta de las mejillas y labios perfectos en dibujo y carnosidad completaba un empaque de auténtico lujo.

La situación emocional no iba del todo bien, se podía decir con certeza que nunca fue bien. Quedó embarazada a la temprana edad de dieciséis años: ella confesaba que la gestación la pilló jugando con muñecas. Se enamoró perdidamente de un trepa. Un pasador de droga de poca monta que la deslumbró, la zarandeó, la acosó, la pegó y maltrató todo y cuanto quiso. Eliana se hartó de denunciarlo y, asombrosamente, se hartó de retirar las denuncias ante el descomunal enfado de los agentes y el agravio ocasionado a la familia. Un día estaba a su lado y al siguiente optaba por salir corriendo después de llevar en su cuerpo el rastro y las señas de otra paliza. Nadie entendía la enfermiza atracción que sentía. Por eso, aquella tarde decidió ir al encuentro de Roberto. Buscaba respuestas, y, en ellas, una salida. Eliana alzó la mirada y esperó la resolución de su cuñado.

- Nos va a preparar dos filetes de solomillo bien hecho, acompañados de patatas fritas y una ensalada de gambas y aguacates…
- De acuerdo señor.
- De paso anote el postre: helado de mango y nata.
- Perfecto ¿Beberán los señores…?
- Rioja; Coto de Imaz y una botella de agua, sin gas.
- El señor tiene buen gusto… al elegir el vino.
- Gracias.
 

Ni muerta me arrodillaré
para provocar compasión a ningún mamón

La joven lo observaba con devoción. ¿Acaso no podía anhelar la presencia de un hombre de la talla de Roberto? –pensó mientras su boca mimaba la orilla de la copa-. Un hombre que la entendiera de verdad, comprometido con un proyecto de vida donde el respeto por la persona se refrendara con el primer rayo de luz: ¿Dónde vivirá? ¿Qué contemplará sus ojos en estos momentos? ¿Tal vez, él estará pensando lo mismo que yo al otro lado de la tierra? Se había repetido Eliana en otras ocasiones.

- Siento una envidia sana de Belén. –dijo sonriente Eliana-
- No digas eso. La envidia nunca es sana. –respondió de manera explicativa-
- Tú me entiendes…
- El que estemos disfrutando de este encuentro no tiene ninguna importancia. Me siento bien al lado de las personas que quiero.
- Es difícil entender tanta atención.
- No empecemos, que te conozco. Eliana, ahora toca disfrutar…
- Estoy encantada con la pincelada ética que le sabes poner a cada instante.
- Cuéntame. ¿Cómo te va la vida?
- Pues… No sabría por dónde comenzar.
- Tenemos tiempo.
- He puesto punto y final a mi relación… ¿Se puede llamar así?
- No lo sé.
- Juanfran, ese puto cabrón fue mi primer hombre. Le amé como una jodida tonta. Claro, si sólo tenía catorce años cuando le conocí. Era el destinado a joderme la virginidad y la vida… Me mintió desde el primer día, era un puto enfermo de la mentira. Sí, me mintió y me maltrató de forma cruel cuando el embarazo estaba ya avanzado. La paliza, para no perder la costumbre, me la dio después de haberme follado. Lo siento Roberto, pero es que no me gusta esa estúpida frase de: “hacer el amor”. Me había bañado, tenía un vestidito de temporada. Me acuerdo que era muy bonito, lo quise comprar para la ocasión. Él viró su rostro y con los ojos inyectados en sangre volvió con la eterna cantinela: “¿No te da vergüenza pasearte con ese vestido? Pareces una puta ¿Quién te espera, acaso no has tenido bastante?” Yo me puse como una fiera, me insultaba una y otra vez y los insultos me los pasaba por el mismo coño, pero tratarme como a una puta, eso sí que no se lo aguanto a nadie. Cogí el secador y se lo lancé, fallé y entonces, eché a correr. Él me persiguió gritando: “¡Te mataré puta, te mataré!”. Después, cuando logró atraparme, me dio tal somanta de golpes que esa noche ingresé en el Materno Infantil. Ya sabes que mi hijo es sietemesino…
- Si, pero… De verdad que no hacía falta que volvieras a recordar todas esas… atrocidades por las que has tenido que pasar.
- Me alivia el hablar. Desde el primer instante que te eché la vista encime me dije: Eliana, este tío es de confiar.
- No entiendo nada, no entiendo a los hombres. Yo te veo… tan transparente, tan mujer…
- Pareces un personaje del renacimiento. –dijo Eliana propiciando las primeras risas-
 

Me dio tal somanta de golpes
que esa noche ingresé en el Materno Infantil

A Roberto le parecía que la joven hablaba de forma simple, clara y cercana a los tiempos que corrían, pero siempre la envolvía una velada tristeza que, en intervalos, cubría sus hermosos ojos de miel. En su sonrisa se transparentaba una sensible delicadeza. Cuando, en algún momento, Roberto se lo hacía saber, ella se sonrojaba como una adolescente. La conversación iba y venía. En uno de esos cambios, Eliana confesó lo poco que le gustaban las personas que hurgaban en la compasión. “Ni muerta me arrodillaré para provocar compasión a ningún mamón” –dijo llena de rabia-

- Brindemos. –Roberto mirándola a los ojos-
- ¿Por qué brindamos? –profundizado en la mirada-
- Por todo lo bueno que está por llegar.
¡Por esa nueva vida! –Ambos saborearon el vino y, de nuevo, Eliana aterrizó en el pasado-.
- Sabías que a ese desgraciado le entregué lo mejor de mí, claro, ya te lo he dicho. El muy capullo se creía un Al Capone, un gran traficante, un delincuente que toma lo que le viene en gana. Nunca me vio como a una persona necesitada de cariño. Te confieso que también yo tuve parte de culpa. Siempre estaba lista para su servicio, buscaba lo que busca cualquier tipo, follar y santas pascuas –perdón-.Cómo iba a sospechar que tiempo después pudiera atentar contra la vida de su propio hijo. Lo único bueno que había hecho en su existencia y casi lo mata. ¿Crees que merezco lo que me ha sucedido?
- No. No lo creo.
- He cumplido veintiún años y tengo muchas ganas de vivir. He dejado para siempre a ese cabrón que me estaba matando.
- Sabes que Belén y yo siempre estaremos a tu lado.
- No sé cómo podré pagaros las preocupaciones ocasionadas.
- Pues… deja que lo piense –la conversación se interrumpe con la llegada del camarero. Éste coloca una tabla variada de quesos en la mesa y vuelve a llenar las copas-. Decía que…
- Lo ibas a pensar.
- Eso es… Quiero que cierres los ojos.
- Que misterioso estás volviéndote.
- Anda, No seas aguafiestas –Eliana cierra los ojos y Roberto coloca un sobre cerca de su mano derecha–. Ya está, puedes abrirlos –Ella mira con sorpresa la acción y antes de que tercie palabra prosigue–. Es para ti- Se le suben los colores, duda y casi llega a molestarse por la respuesta de Roberto-
- No, no. Nada de …
- Por favor; se trata de un préstamo. Ya me lo devolverás.

Una copa de vinoEliana prueba un sorbo de vino, clava de nuevo su mirada en Roberto y vuelve a llevar la copa a su boca antes de lanzar maliciosamente la pregunta: “¿No estarás intentando ligarme?” El hombre se sonroja, palidece, baja la mirada y se vuelve a sonrojar antes de irrumpir a reír. Eliana lo observa con descaro, entreabre la boca y enseña el principio de su lengua que recorre con cierto nerviosismo los finos labios, afronta una intensa mirada y advierte la cara de Roberto que converge en la misma risa. No existe maldad, ni recelos, solo gratitud. El entendimiento es intenso, emotivo. Todas las penas, alegrías, sueños y realidades se conjugaron en una inolvidable sobremesa. Después hubo otras citas, pero ninguna, alcanzó la magia que reinó en aquella tarde de verano.

La sangre me hierve y el corazón se me encoge ridícula y estúpidamente. Me imagino una sola idea, como el pájaro que se sabe cazado. De qué vale este continuo tránsito de mi mente si por dentro prosigue el lento acercamiento a la fría imagen de la cárcel. Este augurio, la tensa espera que me inunda recorre mis venas como un veneno.

Permanezco inmóvil en este antro. Me gustaría perder la conciencia por lo sucedido entre Kerry y yo. De repente, siento una sensación incómoda; no pude despedirme de ella. Lo último que retuve fue su figura disipada con un leve adiós, como la primera vez que la dejé en las puertas del instituto. Me quedé allí, sentado, contemplándola tras el espejo del vehículo. Ella necesitaba que la vieran como a una preocupación, solo así creía acaparar la atención. La hora avanzaba y opté por hacerle señas para que entrara, no lo hizo hasta después de lanzarme dos besos. Siempre lograba hacer lo que le venía en gana.

No he visto jamás a un ser
que contemplara la luna como ella

Echo de menos observar la luna, en este momento debería estar creciente, lo sé por la humedad del ambiente. En realidad, fue Brame, un cocinero hindú que contraté para el parque de atracciones el que me enseñó ésta y otras curiosidades que más tarde pude relatar a Kerry. No he visto jamás a un ser que contemplara la luna como ella. Lo hacía con devoción, sin reservas. Apuntaba durante todo el día lo que le sucedía para luego recitárselo a la gran Dama de la noche. Si le compraba un libro de poesía raramente lo abría. Decía: “Después que yo le cuente mis cosas, prométeme que me recitarás un poema en voz alta”.

Quise acercarme a Kerry para que conociera ese otro universo que giraba paralelo al suyo, pero fue en vano. Me miraba, inclinaba su cabeza sonriendo dulcemente y en voz baja susurraba: “Te prometo más felicidad en un día que la que me puedas proporcionar tú desde ese otro lado en el que vives” –daba la impresión de que ni siquiera le pasaba por la cabeza pertenecer a este mundo-

CineNi ese juez que la está interrogando, ni la fiscal, ni tan siquiera su abogada lograrán sacarle un pensamiento más allá de lo que ya tiene argumentado. Ninguno la conoce, tampoco su desenvoltura para inventar o mentir. Recuerdo la tarde que llamaron a casa; un joven desaliñado preguntaba por Kerry, sería normal si no fuera porque era sábado y los fines de semana los pasaba en casa de la abuela. Belén me llamó nerviosa. Tuve que pedir explicaciones al joven por la insistencia con la que actuaba: “Señor; su hija ha quedado para ir al cine, he recorrido cuarenta kilómetros y si no baja pronto perderemos la película.”. Me armé de valor y, quizás, de cierto sarcasmo antes de decirle: “Tengo la impresión que vas a tener que hacer otros cuarenta kilómetros de vuelta, Kerry está en casa de su abuela y no regresará hasta el lunes”.

No conocen lo tozuda y soberbia que puede llegar a ser, que me lo digan a mí. A las cinco en punto, comenzaba a trabajar. Las horas como siempre se me venían encima. Recogí la chaqueta, descolgué las llaves del vehículo y salí de la habitación buscando enfilar la salida. Tuve que hacer un esfuerzo para pasar de incógnito, no me atraía la idea de tropezármela porque tras una simple pregunta o reflexión, volvería a llegar tarde. Otra vez no se aliaron los dioses conmigo, y, en el preciso instante que creía ver la luz verde indicando la salida, la ví emerger como de un machacón sueño, sonriendo maliciosamente.

- ¡Un momento! ¡Un momento! Así que querías marcharte sin despedirte.
- Tengo una enorme jaqueca debido a que, de nuevo, tendré que conducir como un loco. Mira qué hora es…
- Esa no es una disculpa.
- ¿Qué te sucede? ¿No puedes dejar de meter tus narices en mis asuntos?
- Es necesario disponer de la paciencia de una santa para lograr entenderte ¿Dónde está ahora ese hombre amable y cariñoso?
- Tú y yo siempre hemos tenido una opinión distinta de lo que encierra la palabra: “responsabilidad”.
- Gracias por la aclaración. Ahora siéntate aquí, conmigo.
- ¿De dónde has sacado semejante locura?
- No seas tonto, vamos, siéntate.
- Imposible. Te repito. Me quedan escasos minutos para estar en el parque de atracciones.
- Llévame contigo. Podrías llevarme. Nunca he estado en un parque de atracciones. Además, siempre dices que te hace bien hacerme feliz, hazlo ahora.
- Kerry, son casi las cinco de la tarde. Tengo una responsabilidad y no puedo continuar todos los días de mi vida pendiente de tus antojos.
- Por favor.
- No.
- Sigues igual de incomprensivo ¿Te has preguntado lo fácil que sería todo si accedieras a ser un poco más cariñoso? A veces desprendes algo especial, algo mágico, pero sin entender bien el porqué, de pronto, desaparece.
- Me tengo que ir. Recuerda que debes recoger el niño. Dile a Belén que esta noche voy a demorarme un poco, lo entenderá.
- Eres… eres un anciano refunfuñón.
- Lo que has dicho no ha tenido ninguna gracia.
- Como tú.
- Dame un beso.
- ¡No se te ocurra acercarte a mí! –extendiendo los brazos en forma de barrera-
- De acuerdo. Adiós.

Eso es. Nadie la conoce como yo. Me puedo cansar de esperar la libertad, pero no de repetir que nadie la conocía como yo. Ella me lo contaba todo. Esto es una prueba de lo que digo: En los últimos meses parecía más nerviosa de lo habitual, no se quejaba porque no quería preocupar a Belén. Se despertaba por la noche con dolores de cabeza, también solía vomitar a puerta cerrada. Lloraba y su rostro estaba pálido. Pensaba en el preámbulo de su muerte, en el adiós definitivo a una vida inservible. Intenté explicarle, hacerle comprender que se equivocaba y que lo que le sucedía no era preámbulo de nada y sí el efecto de tantos nervios. Aguardé unos días más antes de decirle nada a Belén, esperando y calmándola, quitándole de la cabeza la obsesión de que estaba a punto de volverse loca. Yo terminé por sentirme atrapado como ella. Parecía imposible sentirse tan mal.

¿Embarazada? Pero si apenas
se había estrenado con la menstruación

Una noche llegué muy tarde. Belén dormía junto a Sacha. Me quedé traspuesto revisando documentos y la caja del día.

- Roberto. Roberto. Despierta, vamos… despierta. –la vi observándome con tristeza, nerviosa y tiritando-
- ¿Qué sucede Kerry?
- Baja la voz. Los dolores, otra vez los malditos dolores. Ahora se me clavan en el vientre.
- Cálmate. Dios, estás temblando. Espera, cogeré un abrigo –ella se quedó en el salón, mientras, yo rescataba del armario un abrigo-. Ten. Póntelo. Iré a la cocina. Seguro que una manzanilla te sentará bien.
- Roberto. Voy a morirme. –dijo muy seria-
- Pero qué dices. No, pequeña. Nada de morirte. Vas a vivir, ¿entiendes? No quiero que repitas esa palabra. –la tenía junto a mí y juro por Dios que parecía un fantasma-
- Esta noche me he sentido peor. A los pocos minutos de acostarme abrí los ojos y me dio un ataque de náuseas; vomité varias veces. No pude llegar al baño. Quise… quise levantarme a toda prisa, pero no pude… –dijo derrumbándose en mis brazos. De repente, me asaltó una idea espantosa, claro que no lo había pensado antes. No podía ser, qué tontería llegar siquiera a imaginármelo. Por desgracia, coincidió mi macabro pensamiento con su pregunta.
- Roberto. ¿Y, si estoy embarazada?

El mundo, mi mundo se volvió más negro y más tormentoso. ¿Acaso se trataba de otra burla? ¿Embarazada? Pero si apenas se había estrenado con la menstruación, debe ser el resultado del delirio de una niña, la fantasía de una adolescente que vive bajo el mayor descontrol emocional, es una locura. Debió notar la expresión de impotencia, la rabia que me inflamaba las venas.

- ¡Basta! ¡Basta ya! Eres una mentirosa, una enferma de la puta mentira. Esta vez no será como las otras, no. Esta vez no voy a tragarme tu mentira –No pude remediar levantar la voz-. Me tienes hasta la coronilla. No quiero seguir escuchándote, estoy convencido de que esta actuación la has ensayado toda la noche. ¿Cómo puedes ser tan cruel? Ya veo que no reparas a la hora de buscar argumentos ficticios para hacerme daño. Eres…
- ¡Quieres escucharme! ¡Quieres bajar la voz! ¿Es que quieres despertar a los de la casa? Estás histérico, ¡cállate de una vez!

NiñaNo recuerdo el tiempo que pasamos en silencio, ni las reflexiones que hice entorno a la disfrazada pregunta lanzada por Kerry. Era como ver la vida al revés, ella imponía y yo acataba las órdenes como un perfecto estúpido. Lanzábamos suspiros, contaba hasta diez para no volver a hacerle daño, pero las palabras se negaban a salir. Pensaba que estaba preparado para resolver la mayoría de los líos y no era así. Abrí la ventana, me ahogaba la situación, suponía que una noticia como ésa era para saltar de júbilo y no ver a una cría beberse las lágrimas. Encendí un cigarro e intenté serenarme, en el estado que estaba, si era cierta la premisa de poco serviría mi agria actitud. Kerry se acercó, descalza, desconsolada y sin entender porqué lo hacía, me abrazó.

- Dime que no me abandonarás, por favor. Dime que no lo harás. -Tuve que tragarme mi propia impotencia-
- No te voy a abandonar. -Y se abrazó con más fuerza-

Kerry debería estar jugando con muñecas ¡joder! Seguía estando al filo de los trece, una edad impensable para soportar un embarazo, ¿pero qué podía hacer? Habíamos prometido no tener secretos el uno para el otro y ahora no iba a ocultar una cosa tan importante. Si la decepcionaba nunca más volvería a confiar en mí y allende tampoco volvería a confiar en nadie.

Aquella noche no hablamos de nada más, estábamos desechos, menos mal que los dolores parecían amainar. Se tomó la manzanilla y la acompañé a la cama, parecía tranquila cuando besé su mejilla. Agarró mi mano, antes de que me ausentara, para decir:

- Nunca he querido a nadie como te he querido a tí.
- Kerry. Ni siquiera sabes qué significa eso que acabas de decir.
- Oh, claro que sé lo que significa… ¿Te vale si vuelvo a repetírtelo…? –dijo con su mano en mi rostro-
- No hace falta. Ahora intenta descansar. Ya hablaremos mañana. –Y volví a besarla-

No se lo conté a su madre, nadie lo supo. Al menos por mi parte el secreto quedaba guardado para el fin de los días. Kerry tenía un retraso de un mes, cuando recogí el resultado casi se desploma de la emoción: “¡¡Voy a ser mamá!! Nombre: Kerry Arteaga Sanjira/ sexo: hembra/ edad: 18. Realizada en el día de la fecha las pruebas de sangre se confirma embarazo: positivo”.

Kerry debería estar
jugando con muñecas

Sabía que participaba en un juego peligroso. Mentimos sobre su edad y, lo más monstruoso, le mentimos a Belén. Kerry se las ingenió para que todo pareciera seguir su curso. Al segundo mes, comenzaron a agudizarse los síntomas, aborreció ciertas comidas, abandonó el gimnasio, dejó de asistir a las clases de natación sincronizada y por las noches caía rendida, así que cuando llegaba de trabajar le adelantaba las tareas ordenadas por los profesores. Cuando realizábamos las compras siempre encontraba hueco para colar varias tarrinas de helado. Llegué a contabilizar medias docenas de ellas ante la desaprobación de Belén: “Niña, si es que vas a parecer una ballena”. Y mientras, yo seguía sin saber mover ficha.

heladosViendo que el tiempo se echaba encima, quedamos para charlar en cuanto llegara del trabajo, eso era entrada la madrugada. Fue el encuentro más sincero que tuve con ella. Esperaba en la ventana, esta vez abrigada. Me saludó desde arriba con un beso y siguió mis pasos hasta que comencé a subir las escaleras. Fumamos, eso sí, Kerry un sólo cigarro y light. Mientras terminaba de hacer los números y repasaba el plan de trabajo, Kerry hacía café, se podía decir que éramos una sola persona, cómplices de los mayores momentos de felicidad, cómplices en los comportamientos más inexplicables.

En el transcurso de los días, su belleza volvió a florecer, el rostro dejó de estar pálido para tornarse sonrosado, desaparecieron las ojeras y los ojos adquirieron el verde más verde de la creación. Retomó los artilugios para retocarse, se perfiló los ojos, también los labios con suma destreza y condujo, con sabia mano, la brocha contra sus mejillas dejándolas como las de una diosa. Danzaba y daba piruetas emulando la sutileza de una bailarina clásica. Repartía sonrisas, dulces sonrisas a los que estábamos a su alrededor. Incluso la avenencia con Sacha se hizo patente, el niño pareció entender la rectificación y quiso compartir su pequeño mundo de sueños. Sí, por fin Kerry había roto su aislamiento. Todo se conjuró a su favor y como un regalo divino comenzaron a remitir los mareos, los vómitos y las desagradables náuseas, era el triunfo del bien sobre el mal.

Llegó con dos tazas de café y una bandeja de pastas, colmada de felicidad, como si acabase de ganar el premio gordo. Delicia y prohibición, lo más inocente y lo más convulso, la culpa que palpita en la más tierna edad, así era la Kerry que conocí. La grandeza del bien cuando era arropada y la profundidad del mal cuando vivía el desamparo. Con ella regresaba de los abismos en que había vivido, bastaba un simple contacto, un leve cruce de miradas, la deslizante palabra para conseguirlo. Era la que mejor ha comprendido el infierno de mi infancia. Solía escucharme en la más absoluta soledad, sin forzarme en modo alguno, imprimiendo un halo de complicidad en cuanto divisaba el inminente derrumbe. Pasábamos mucho tiempo juntos, todo el que me dejaba el duro trabajo lo hipotequé en su presencia, esto nos marcó. Para el resto éramos extraños, enfermos o incluso locos y hasta peligrosos, incomprensiblemente claros, pero a la vez, daba la impresión de que algo diabólico rodeaba nuestros días.

Delicia y prohibición,
lo más inocente y lo más convulso

Cuando alcé la vista ella seguía allí. Siente mi presión, la endiablada jornada de trabajo, las dudas girando indefiniblemente, los sufrimientos provocados por el incierto futuro. Coloca su mano en mi espalda provocando un leve masaje. “¿Por qué no dejas ese trabajo?”. Me muestra su milagrosa sonrisa, al tiempo, siento la leve respiración en mi cuello, me aturde. He de ser fuerte, me confieso indefenso ante sus ojos desnudos de cuento de hadas, toda ella es puro magnetismo: “Roberto. No me imagino la vida sin ti”. Quiero creer que su raíz es inocente, quiero creer en la propia confusión provocada por la temprana edad. En sus últimas palabras descubro un deje melancólico, no sé qué debo hacer o cómo debo actuar en un momento así, no pretendo herirla y a la vez, tengo la seguridad de que permanezco en un paraje equivocado.

sonrisaKerry espera mi reacción, apenas me quedan fuerzas, llevamos dos años de continuo desgaste. Ninguno de los dos hemos sabido encontrar el sitio que nos pertenecía, el uno por los propios registros de la edad, el otro por un cúmulo de malsanas conductas.

Nos queremos, eso es lo más inaudito de esta historia. ¿De qué manera? Dejando atrás muchos límites y descubriendo otros horizontes. Sí, parece otro episodio de incomprensible lectura y más, de incomprensible respuesta, pero es la verdad.

“No me imagino la vida sin ti”-lo dijo como antes había confesado otros sentimientos-. Nunca quise entrar a valorar si existía un mensaje equivocado en sus palabras, tampoco aquella noche se daban las circunstancias. Había un problema que sobrepasaba todas estas reflexiones.

Kerry comenzaba su aclaración mientras yo recogía los documentos y el resto de las cosas.

- … De verdad Roberto, no sabría confirmártelo.
- Kerry. No creo que sea tan difícil. Digo yo: que la lista de candidatos no será tan extensa.
- Qué atrasado estás –respondió sonriendo-. Es un chico del barrio –haciendo referencia a La Hiedra-. Lo hicimos una vez, creo. No lo recuerdo. Qué más da.
- ¿Lo sabe él?
- Por Dios, Roberto. ¿Cómo se te ocurre hacerme esa pregunta? Por supuesto que no. Es un niño, por tanto, un irresponsable que sólo quiere vivir la vida. Roberto, fue un calentón, un aquí te pillo y aquí te mato.
- Es para alucinar. ¿Así tratáis hoy día un tema tan serio?
- ¿Echar un polvo, un tema serio? No me hagas reír. Si mis amigas te escucharan iban a tener tema durante todo el curso.
- Vale. Dejemos eso. Ahora escúchame bien…
- Sí, pero antes tómate el café, ten, -alcanzándole la única pasta que quedaba-. Te he guardado la que lleva relleno de fresa, sé lo mucho que te gusta.
- Gracias. Ahora no. Kerry, tenemos que buscar cuanto antes una solución. ¿De qué tiempo puedes estar?
- Al menos de dos meses y medio. –dijo a la vez que se palmeaba en el vientre-
- Pronto esa barriga será visible, ¿entiendes lo que quiero decir?
- No la podré disimular.
- Eso es. A ver, a ver… Piensa Roberto… – en tono reflexivo y cruzando la mirada hacia Kerry -. Está tu edad, tu madre, un bebé, la familia, la propia sociedad…
- Mi formación…
- Tu formación, los comentarios, tu vida…
- Las cotillas, que odio con intensidad, sobre todo las viejas que lo quieren saber todo.
- Demasiados problemas. Un embarazo no debe ser un simple accidente, tampoco tienes edad como para afrontarlo, requiere muchos cuidados…
- Y mucho dinero.
- Ojalá fuese ése el mayor de los problemas. Tengo que encontrar una solución. Ferry, no puedes dejar pasar más tiempo sin visitar a un ginecólogo. Es preciso confirmar que la criatura…
- Se llama: bebé.
- Que el feto esté bien. Dios, voy a volverme loco. Con lo fácil que sería todo si…
- Si tuviera la mayoría de edad, ya lo sé, pero no es así.
- Debo hablar con Belén. –la cara de Kerry se transformó, perdió la sonrisa y sus ojos fermentaban una brutalidad inexplicable–
- Si se lo dices a mi madre, juro por Dios que me mato.

Esta última frase, Roberto la recordó durante todos los años pasados en prisión.

Te quiero junto a mí,
no en contra de mi mundo

En algún momento de la conversación, Kerry dijo: “Te quiero junto a mí, no en contra de mi mundo”. Lo reveló llena de humildad, mirándome con infinita tristeza, colmada de lloros. Durante unos segundos no exterioricé nada. La tempestad, como otras veces, rugía por dentro. Cada pensamiento representaba una amenaza. Kerry podría necesitar tantas cosas que yo estaba retrasando por mi estúpida actitud. Debió notar en mis rasgos la ansiedad, entonces, sobresalió la Kerry libre.

- Hace una noche preciosa, mira, nuestra luna llena. Sí… Una noche perfecta para el amor.
- Nosotros no somos amantes, Kerry.
- Claro que sí. Para siempre y más allá del universo. Estamos unidos por algo más inmenso que el amor.
- Algún día le contaré esto a mis nietos y dirán qué clase de chiflada patentó la frase.
- Te quiero.
- Duele ese “Te quiero”.
- ¿Crees que el mundo lo entendería si lo colgara del cielo?
- Yo que tú no lo intentaría.
- Tonto.
- Sí. Has dicho una gran verdad…

Alborotó mi pelo y con el sigilo de una fiera me llevó hasta su habitación. Se contempló en el espejo del tocador desde todos los ángulos, al tiempo, calibraba el tamaño de su vientre, llevaba el cabello recogido con una graciosa coleta de brillantes, un vestido de corte hippie de color azul, labios y ojos perfectamente perfilados: Es real, me dije, frente a mí tengo a uno de los seres más excepcionales que he conocido.

ojoPoco le importan sus doce años, se empeña en pertenecer a un mundo que le es vetado. Afrontó con entereza la noticia del embarazo, lejos de derrumbarse soportó como la mejor de las adultas los primeros síntomas. Aún permanecen en mi mente las noches que a solas vomitaba hasta quedar exhausta, los esfuerzos durante las horas de clase, el disimulo ante las amigas, los muchos momentos de silencioso llanto al verse tan desamparada e incomprendida. Estaba en medio de una locura, partícipe indiscutible de ella por no hacer nada que la pusiese triste, no había nada de cabal en mí, lo sé. De esa y otras irresponsabilidades soy el único culpable. Se suponía que Kerry permanecía bajo mi tutela pero nunca fue así. Ya nada tiene importancia. La historia acabó como acaban las malas historias.

La madrugada avanzaba y ambos seguíamos en la habitación. Se volvió con semblante de felicidad, dispuesta a recibir una retahíla de alabanzas, su mayor debilidad, pero no era alborada para cumplidos…, solo para crudas verdades.

- A que estoy guapa… Me sienta bien estar embarazada, ¿verdad…?
- Kerry. Es muy tarde. No hemos adelantado gran cosa. Necesitamos descansar, en tu estado es importante que recuperes fuerzas. Tienes instituto y yo debo hallar una solución.
- Sabes, ha sido una dura prueba engordar al menos dos kilos y permanecer con la misma cintura. Pero lo he conseguido. Las compañeras del insti me ven más buena, vamos, que tengo un tipazo –Kerry sin que le dijera nada se dio cuenta de mi malestar por lo que escuchaba-. No te preocupes. No saben nada, nadie sabe nada.
- Me voy a la cama. Dame un beso.
- ¿Otra vez te has enfadado? Sí. Soy una patosa. No puedo controlar este ataque de niña feliz.
- No pasa nada.
- Sí. Sí que pasa. Nada de irte sin regalarme una sonrisita.
- Estoy cansado.
- Mírame –un leve silencio asaltó la habitación-. Eres mi único apoyo y quiero que vivas este momento conmigo. Te he regalado lo más importante, mi alma. Formas y formarás parte de esta vida que tienes frente a ti. Salga bien o salga mal lo que estamos experimentando estarás para siempre aquí. –entonces cogió mi mano y la colocó en el lugar donde palpitaba su corazón-

Kerry me otorgó su alma y muchas cosas más, pero, en este punto, debo hacer un razonamiento. Era tan tornadiza, tan impredecible que se hacía tarea ardua creerla. Había muchos ratos que parecía estar bien, pero de pronto y sin que viniera a cuento, Belén acaparaba todos los mimos y detalles, al contrario que conmigo que apenas sí cruzaba palabra. Es complicado expresar cómo llegué a sentirme, lo más parecido sería el ejemplo de un alma vagando bajo un injusto castigo. Era el silencio. El sonido del ensordecedor silencio el que me destruía lenta e inevitablemente.

Era su única hija, un rayo dorado
que, a pesar de cegarla, necesitaba de él

Las dos se aliaban misteriosamente y así podían pasarse el resto de la eternidad, a mi sólo me quedaba encontrar un poco de paz junto al pequeño Sacha. Por otro lado, cuando la desesperación le llegaba en forma de riña, yo pasaba a ser su paño de lágrimas y todo el peso de la ignorancia caía encima de Belén.

Teníamos un grave problema y no hacíamos nada al respecto. Belén adoraba a Kerry y ésta lo sabía, como sabía que yo debía hacer un doble esfuerzo para no caer en esta veneración familiar. Era su única hija, un rayo dorado que, a pesar de cegarla, necesitaba de él. Conocía su esencia, mitad sangre de horchata, mitad puro ímpetu. Quería discutir, corregirla, permitirse entenderla y también hubiera querido que hubiéramos establecido una normal convivencia.

Problema familiarKerry, su niña. De la que hablaba, casi siempre, con los ojos repletos de lágrimas no hacía caso. Belén, como yo, no advertía lo que otros evidenciaban cada día. De la noche a la mañana Kerry se convirtió en una adolescente hermosa, rebelde y seductora, lo que convertía la cotidianeidad en una perpetua amenaza. En la última etapa de nuestra convivencia, Belén se tornó opaca y desconfiada, dejó de reflexionar para colocarme, también, en su punto de mira. No cejaba en lanzarme improperios en cada trance que Kerry se acercaba a mí. Se retiraba diciendo cosas muy raras, malsanas. Comenzó a beber de forma desequilibrada, como si ya no le importara nada la vida. Cuando regresaba al estado normal lloraba en silencio y su mirada estaba perdida. Demacrada y recelada hablaba con su amiga Saray y Eliana del comportamiento que veía entre Kerry y yo. Enseguida, la menor de las hermanas cogía el hilo de su pesar y enfilaba una cruzada por desenmarañar la supuesta trama.

Saray y Eliana se habían criado juntas desde muy pequeñas, vivían en la misma zona aunque en bloques diferentes. Compartieron los mismos colegios, los mismos amigos, los mismos sueños y hasta se intercambiaron los mismos novios, experiencias propias de la época. Fueron traviesas, poco estudiosas y más tarde, rebeldes. Las dos soñaban con ser reinas de la belleza infinita. Para verlas enfadas yo les decía: “No se logra ser bella e inteligente a la vez”, entonces las dos se envalentonaban y pujaban por decirme las mayores barbaridades.

Por las tardes, se veían junto al parque de siempre. Hablando mientras preparaban un porro. Eliana se acurruca, octubre ha comenzado y el frío se hace notar. Es Saray la primera que emite una opinión; le dice que la barriada está cambiando con la puesta en libertad de El Yiyo, un traficante que recluta a jóvenes para mercar la droga, luego les paga una miseria. Se cabrea ante la pasividad policial y, de pronto, de modo imprevisible, es Eliana la que decide cambiar el rumbo de la conversación.

- Dime Saray: Tú que lo investigas todo. ¿Qué parte de verdad hay en el lío que se trae mi sobrina Kerry y Roberto?
- Kerry es una nenita muy guapa y moderna. Sólo tienes que ver a los pibes y maduritos que están detrás de su cola, se la comen con los ojos cada vez que la ven pasear… la cosa estará que muy requetedura cuando alcance unos añitos más. Te lo digo porque habrá que pensar en colocarle una luz roja, pero además, es que tiene arte para seducir a quien le venga en gana, lo que significa que cualquier hombre le tiraría los tejos, incluido Roberto.
- Quieres decir…
- Yo no digo nada, pero esa nenita está como para no quitarle ojo.
- Demonios Saray. Estás hablando del marido de mi hermana, el mismo que se supone debe ejercer como padre de mi sobrina.
- Lo sé, lo sé. Pero no te diste cuenta los días que Roberto viajó ¿Cómo pasó tú sobrina esos días? ¿Lo recuerdas? Se encerró en sí misma y no abrió la boca para decir miau. No vivía, no. Moría por no tenerlo a su lado.
- Si es que siempre lo sospeché. Kerry nunca soportó los anteriores novios de mi hermana, a todos le ponía un defecto…
- Eso como mínimo.
- ¿Crees que es debido a los regalos que le hace Roberto? ¿A su manera de tratarla?
- El asunto va más allá. Kerry ha visto en ese hombre a un tío como el que todas quisiéramos tener: es guapo, tierno, canalla cuando tiene que ser…
- ¡Saray!
- ¿Estamos hablando claro o seguimos colocándonos paños contra la fiebre? Pasa que esa chiquilla está cegada por Roberto.
- ¿Entonces?
- Déjame pensar…
- Se me ha ocurrido que podíamos preguntarle a mi sobrina.
- Negativo. Nos diría lo que siempre nos ha dicho. Que estamos locas.
- Pues… tú dirás.
- Hay que esperar. Kerry tiene que tener una razón muy grande para soltar todo lo que está viviendo, de lo contrario no lo hará.
- Vamos. Que la decepcione.
- Quizás… quizás.
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3 Comentarios

  1. Aunque no he leído todo, parece que está escrito por un verdadero profesional. Es impresionante la cantidad de expresiones y lo bien que están escritas.
    Personalmente opino que es un excelente escritor.
    Enhorabuena.

  2. Es una gran novela, creo que semejante a los grandes escritores rusos. Saludos a los faltos de libertad, en especial a mi gran apoyo Javier Mesa.

  3. Os animo a que colguéis el quinto capítulo de Kerry. Un abrazo a los faltos de libertad y a mi ángel de la guarda: Javier Mesa.

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