OCA GLACIACION

El embarazo

Valeria dosificó su ansiedad con cada una de las puertas que se abrían a su paso: mucha en la farmacia, mucha al llegar a casa, mucha ganando el baño, mucha al izar la última tapa. El ritual le llevó pocos segundos. Sólo quedaba esperar desesperando.

PABLOLas dos rayas rojas convirtieron la varita de adivinación gestacional en una minibandera del Athletic de Bilbao. La esperanza es lo último que se pierde. Val la acababa de ganar para los siguientes ocho meses.

Jerónimo recibió la noticia con el vértigo cobarde de los que disfrutan más practicando los hijos que gestándolos. El shock le duró hasta la cena, momento en que los goles del Madrid le devolvieron a su estado de simplista felicidad.

Al día siguiente Jero llegó a casa media hora más tarde de lo habitual, y aunque Val lo achacó a necesidades puntuales de la cadena de producción, la bolsa del Fnac delató pronto los verdaderos motivos del retraso. A la vista sólo podía ser un e-book. Demasiado largo para ser un cd; demasiado fino para ser un libro. ¡Sí! Por fin. Un libro electrónico para quemarse las pestañas con Cincuenta sombras de Grey.

La bolsa del Fnac delató pronto
los verdaderos motivos del retraso

La esposa cogió el paquete con avidez. Era blando. ¿Un e-book que se doblaba? Ya no sabían que inventar. Desnudó el regalo de papel y se topó con algo que iba a cambiar su monótona vida de mamá estándar.

 

–¿El Curioso Caso de Benjamin Button? –dijo Valeria con una mezcla de decepción y sorpresa.

–Te va a encantar. Es de Francis Scott Fitzgerald –dijo Jero para venderle la moto de que era un gran presente.

–¿Y ése quién es? –inquirió ella nada impresionada.

–El de Suave es la Noche.

–Hala pues –remató Val con sarcasmo–. Ya me quedo mejor.

–Tonta, el escritor de El Gran Gatsby.

–¿Pero eso no era una peli? ¿Qué pasa, que han hecho libro o qué?

 

El intercambio de impresiones duró poco. Después de un beso en la mejilla y otro en la panza y la promesa de la embarazada de darle una oportunidad, cada uno volvió a sus rutinas: Jerónimo a visionar películas de indios y vaqueros; Valeria a limpiar y hacer la cena.

NovelaTras haber desempeñado todas las funciones posibles en el trabajo y en el hogar, la esposa encontró premio a las 11:27, cuando cogió la cama con ilusión. Poder leer diez minutos antes de echar la persiana en sus ojos era la mayor recompensa. Al día siguiente el despertador la reclamaría a las 6, pero mientras tenía un momento de paz.

Agarró el regalo sorpresa de su marido y también una novela de Galdós. Si fallaba Fitzgerald podía acudir al plan B. Pero no fue necesario. El cuento resultó embelesador. Un hombre nace anciano ante la incredulidad del vecindario y la vergüenza de la familia. Mientras los otros envejecen, Benjamin va rejuveneciendo, hasta alcanzar la plenitud de manera inversa a los demás. Sin embargo, al cumplir la veintena su rendimiento, forma física y capacidad intelectual empiezan a decaer. Pronto Rosco, su propio hijo, se ruboriza del “comportamiento” de su padre y las fricciones entre ambos son continuas, hasta que es el hijo el que manda en casa. Benjamin es tratado como lo que es: un niño. El cuento acaba cuando el protagonista sigue reverdeciendo y se hace bebé, y ya nada le importa salvo las campanitas y sonajeros de su cuna.

Y ya nada le importa salvo
las campanitas y sonajeros de su cuna

La historia era corta y un tanto fantástica, pero a Val le encantó el modo en que Benjamin Button nunca estaba en su sitio. Primero es un viejo en un mundo de bebés, luego un madurito compartiendo escuela con niños y finalmente un señor conviviendo con jóvenes. Una vez pasada la edad donde se equiparan su desarrollo y sus años reales, vuelve a estar siempre desubicado. La embarazada sintió mucha pena por el hombre. Lo que no sabía es que ella misma iba a ser protagonista secundaria de un suceso tan extraordinario como el de Scott Fitzgerald.
Los meses pasaban deprisa y la tripa de la preñada iba ganando más y más volumen. Las patadas le indicaban que su vástago sería movido y enérgico, y las náuseas garantizaban que todo estaba dentro de lo normal.

Valeria salió por fin de cuentas pero el nene no tenía prisa. La ginecóloga vigilaba su peso. Si pasaba de 4 kilos habría que sacarlo. Y así fue que concertaron cita para un parto provocado. Todo estaba listo, menos el pequeño Pablo.

Benjamin Button

Llegó el momento y la cesárea se tornó inevitable. Rajaron a Valeria y se toparon con un feto tremendo, enorme, muy formado. No en vano tenía casi diez meses. Pero en cuanto trataron de alumbrarlo, las constantes vitales del pequeño empezaron a fallar. Tuvieron que abortar el plan.

El caso llamó la atención de la comunidad médica. Pablo no quería nacer. Un segundo intento acabó con el cordón casi seccionado, pero al chico lo perdían. No hubo manera. Volvieron a meterlo.

Murieron los meses y el bebé festejaba ya un año desde que saliera de cuentas. La tripa de Val era gigantesca, pero aparentemente estaba bien. Jerónimo también se había acostumbrado a su feto, y la circunstancia chocaba más a extraños que a propios.

Ya lo dieron por imposible y siguió
creciendo y creciendo dentro de su madre

Cuando Pablo tenía seis años volvieron a intentar despacharlo. El chico era muy guapo, pero se agarraba al cordón umbilical y se negaba a salir. Menudo choto cogió. Ya lo dieron por imposible y siguió creciendo y creciendo dentro de su madre.

Pasaron más y más décadas y la situación se estabilizó. Valeria no mostraba más dolencias que cansarse pronto y sujetarse, en posición vertical, la tremenda tripa que lucía. Hasta que llegó su hora. Era una anciana y ya no tenía por qué seguir viviendo. Jero se había ido dos años antes.

Una vez más intentaron dar a luz a Pablo, que entonces contaba con 52 años. Pero no hubo manera. Tan pronto lo separaron de su madre, recién fallecida, el hombre sufrió un paro cardiaco.

Así acabó la historia del niño que no quiso nacer. Madre e hijo fueron incinerados juntos. En el regazo de Valeria, por petición expresa de la difunta, colocaron un cuento corto que tenía en casa: El Curioso Caso de Benjamin Button, de Francis Scott Fitzgerald.

 

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