OCA GLACIACION

La vida revisando

Estoy leyendo una biografía del excelente escritor ruso Antón Chéjov, tomada a préstamo de la Biblioteca de Aragón, y me he encontrado entre sus páginas con un trabajo adicional inesperado: la corrección a lapicero de las erratas (numerosas, eso sí) que aparecen en el libro. Con tenacidad de termita, con una presumible fijación onanista, ese lector desconocido decidió invertir su tiempo, lápiz en mano, en señalar e identificar cada uno de los fallos ortotipográficos impresos. Es verdad que aparecen demasiados, algo impropio en un texto de esta categoría publicado por una editorial seria y experta. Confío en que este personaje habrá leído el libro, al menos, un par de veces: una para asimilar su contenido y otra para identificar, como pasatiempo, cada uno de sus fallos. Aun con todo, no dejo de pensar en ese tipo anónimo cada vez que, inmerso como estoy en las andanzas de Chéjov en Moscú, San Petersburgo, Siberia o Sajalín, me encuentro con alguna de sus anotaciones.

Chejov¿Cómo será ese individuo? ¿Qué motivaciones le han llevado a dedicar su tiempo y su energía a esta altruista labor? ¿Por qué ha decidido evidenciar sin piedad cada desliz lingüístico para que los futuros lectores no podamos abstraernos y los percibamos una y otra vez? ¿Vendetta, escarnio o escarmiento ejemplarizante hacia la editorial? ¿Desinterés por el contenido? ¿O, simplemente, demasiado tiempo libre?

Yo, que en mi actividad profesional publicitaria me dedico entre otras cosas a revisar y depurar textos escritos, reconozco como nadie la importancia de esa pulcritud estética y conceptual en las palabras, tanto o más como la dificultad de realizar adecuadamente el trabajo corrector. Exige minuciosidad, perseverancia y un permanente sobreesfuerzo para centrarse en el ámbito formal de cada texto, en vez de dejarse llevar por las imágenes verbales, los conceptos y los sentimientos que estos incorporan. Sé muy bien que los textos, como las armas, los carga el diablo: por muchas personas y revisiones que se realicen siempre puede colarse algún gazapo cuando el documento ya está impreso. Cierto es también que un exceso de estos fallos rebela dejadez, inexperiencia y nula profesionalidad. Pero los humanos no somos perfectos, y nuestros textos tampoco.

¿Cuántas veces nos pasamos
la vida de este modo?

He sabido de tipos que se dedican a revisar los errores ortotipográficos de los folletos de un supermercado, y que incluso llaman o escriben a la empresa para reprocharle los errores. También me he encontrado a veces con lectores que espetan al autor algún fallo o imprecisión en su novela, como si la excepción negativa fuera más importante que el todo creativo. ¿Cuántas veces nos pasamos la vida de este modo? Centrándonos en lo “poco” negativo, en vez de en lo “mucho” restante? ¿Por qué nos dedicamos a revisar lo accesorio, denunciando lo incorrecto, en lugar de disfrutar lo bueno restante que queda a nuestro alcance?

Por mi parte, pese a las llamadas reiteradas a lápiz de este corrector anónimo, sigo esforzándome por adentrarme en la existencia de mi admirado Chéjov, más allá de los gazapos y la mejorable edición del ejemplar.

Y el que esté libre de pecado, que revise la siguiente galerada.

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