Una paradoja ejemplar

Cuando era pequeño, un día mi abuelo nos reunió a todos los nietos para contarnos una historia acerca de un o de una valiente guerrer@. Durante años pensé que era una mera estupidez, cosas que cuentan los ancianos, que un día les contaron sus abuelos, etc, etc…

De vez en cuando durante mi adolescencia en el pueblo, seguí viendo la historia de la misma manera, un día y otro, meses, años, sería más o menos hasta que cumplí, vamos a decir, 22 años, que vi aquello desde una perspectiva diferente. La paradoja era simple, el o la valiente y valeros@ guerrer@ no era guerrer@, ni siquiera fue a alguna guerra. Por otra parte tampoco era valiente, ni había demostrado su valor. Entonces me preguntaba yo, ¿que sentido podía tener todo aquello­?…

La o el, valiente guerrer@ (insisto, que ni es valiente ni guerrer@) era una o un joven, que durante su niñez ya trabajaba de sol a sol, cargaba las alforjas de herramientas y alimentos sobre una mula y caminaba diez kilómetros hasta llegar a los campos donde su familia trabajaba la tierra todos los días, arando, rastrillando… a excepción eso sí, del domingo. El domingo era el día de descanso, y de ir a la iglesia si así uno lo requería (Eran tiempos diferentes… dejémoslo al libre entendimiento por parte del lector), acudir al cine, pasear, o realizar cualquier otra actividad lúdica que no envolviese llevar una azada en la mano.

Contaba nuestro abuelo que, nuestr@ guerrer@ creció, conoció a su pareja, con la que se casó, tuvo vari@s hij@s, y fue feliz…y patatin patatan, lo de siempre, después llegó la jubilación y con ella los nietos (algunos infernales, véase el caso del escritor del texto…) que le lanzaban el bastón al corral de las gallinas y las ovejas.

La historia acababa, y el o la guerrer@, que no había ganado guerras, pero sí muchas batallas, se sentaba satisfech@ a hablar de otros guerreros o guerreras que conoció, y por lo que sentía un alto grado de admiración. No le prestamos nunca mucha atención a la historia, la justa..

aplaudiendo coronavirus

Y hoy estoy yo aquí, en mi casa, cerca pero lejos de Madrid, a mis 36 años, nieto de algunos guerreros y guerreras, vecino, colega, muchas veces confidente de otr@s much@s, observando desde mi ventana, confinado ya desde hace una semana, atónito sin entender que está ocurriendo, y todo esto me recuerda, que tengo que dar gracias por tener un sofá donde echarme una siesta en un piso pequeño pero acogedor, bastante comida en el frigorífico y la despensa, estar junto a mi pareja, y muchas, muchas cosas que poder hacer durante este devenir tan convulso.

Una de estas tareas que puedo y debo realizar, es el más simple de los ejercicios, más que una sencilla sesión de yoga, más siquiera que prepararme un café caliente, y es sin duda acordarme de todos vosotros, luchador@s  que algún día contaréis que se  pasa  muy mal postrados en una cama de un hospital, rodeados de un puñado de héroes que os cuidan como buenamente pueden sin duda alguna (hay muchos más..) ordenando vuestras penas y pensamientos en soledad, y.. ¿Sabéis una cosa? Seréis nuestro pequeño ideal de superación a posteriori, para todos y cada uno de nosotros, que lo vivimos en la sombra, con ciertas ventajas dentro de los grandísimos inconvenientes que nos encontramos.

No tendré que remontarme a historias que aburran a mis nietos, simplemente les contaré como aguantasteis con valor todo este devenir y aun así, salisteis adelante. Seréis nuestra paradoja, una ejemplar. Que nada os detenga ya, después esto únicamente será un recuerdo, pero vosotr@s ya nunca dejareis de ser nuestr@s valientes guerrer@s.

 

Iván Hernández Aguado, En Colmenar Viejo, Miércoles 18 de marzo de 2020.

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