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	<title>La Oca Loca &#187; poema</title>
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	<description>Revista del centro penitenciario de Daroca</description>
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		<title>Dos poemas en prosa</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Jun 2010 21:41:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antón Castro</dc:creator>
				<category><![CDATA[El sueño de]]></category>
		<category><![CDATA[Antón Castro]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.revistalaocaloca.com/wp-content/uploads/anton-castro-wp.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-242" title="Antón Castro" src="http://www.revistalaocaloca.com/wp-content/uploads/anton-castro-wp.jpg" alt="Antón Castro" width="300" height="201" /></a></p>
<p style="text-align: left;"><em>Primer encuentro, desengaño inmediato. ¿Te atreverías a luchar con alguien, cuyo nombre desconocías, cuyo rostro no querías ver, por ella? Pensaste: estoy demasiado lejos de mi mar y sus orillas de refugio. Os veíais todos los días, a mediatarde; os buscabais entre los autobuses en la plaza de todas las citas y de todos los adioses. Te debatías en una batalla mental con un fantasma. Intentabas aliviar tu espera absorbiendo la ciudad y sus ofrendas: visitabas el Casino Mercantil y oías a los rapsodas; buscabas la intimidad del ángelus en la Basílica y cantabas entre las columnas, bajo las cúpulas de Goya; te asomabas al Ebro y empezabas a verlo como el caudaloso río que te había negado la infancia, un río con labios de mar. Durante el paseo, parecía que ibas a lograr tu objetivo: hundirle tu risa y el olor de tu piel hasta el fondo de su sangre, encerrar su cuerpo menudo entre tu desesperación bajo la flor blanca de las magnolias. Ya habías descubierto el Jardín de Invierno, el Parque Grande y el Rincón de Goya: qué bien se besa en la pradera que se desliza inclinada hacia el sucio río Huerva, qué diferidas tardes de pasión imposible. Pero no tardaste en declararte perdedor. Lo dejamos así, si tú no hubieras existido no habría dejado el mar y sus riberas, y te agradezco esta forma de exilio, le dijiste. Huías, de nuevo, como un forajido en tierra extraña. Sin saberlo, acababas de descubrir que el desamor era el primer laboratorio de destierros.</em></p>
<p style="text-align: left;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: left;"><em>¿Qué se te había perdido a ti aquí, en esta ciudad donde el cierzo golpea el terciopelo de los ojos? Llegaste con el alba y sin maletas. La estación era como un gran animal desvelado, como una guarida de moribundos. Los viste, uno a uno, sobre los sacos de dormir: pugnaban en los rincones con un sueño imposible y tres noches sin ducha. Las luces se alzaron más allá de los túneles y las máquinas piafaban con lamentos de metal. Recuerda, ¿qué llevabas encima? Entonces leías lo justo y soñabas con las palabras. Entrecerrabas los ojos e imaginabas versos que no ibas a escribir. Allá, junto al mar, habías dejado a Valentina, aquella mujer que te enseñaba los pechos, el ombligo y su oloroso pubis, y te decía: &#8220;Cómeme el corazón y no te atragantes&#8221;. Aquí te esperaba ella. Pero no era para ti, aunque llegaste a creer lo contrario: te gustó verla caminar, tararear canciones, contar historias sin parar mientras el mundo esclarecía sus sombras. En la cocina de su casa, puso &#8220;Al final de este viaje&#8221; y te dijo: &#8220;¡Si supieras como te he buscado en cada canción mientras llegabas!&#8221;. Os habíais hecho amantes por carta. Ahí, en la piel del papel, eras infalible. Cuando os disteis el primer beso tranquilo y le volcaste en el oído un poema que habías escrito para ella, te advirtió: &#8220;Mi corazón no sólo te pertenece a ti&#8221;.</em></p>
<p><em> </em></p>]]></content:encoded>
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		<title>Miguel Mena</title>
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		<pubDate>Sun, 03 May 2009 21:45:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daroca (Zaragoza)</dc:creator>
				<category><![CDATA[Aragón]]></category>
		<category><![CDATA[El sueño de]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel Mena]]></category>
		<category><![CDATA[poema]]></category>

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		<description><![CDATA[Escrito por: Miguel Mena. Escritor y periodista. Director programa “A vivir Aragón” de Cadena SER. Son relatos pertenecientes a mi último libro, que se titula “Piedad” y ha publicado Xordica Editorial. Los 100 relatos del libro están basados en recuerdos personales y anécdotas o sucesos reales. DE RAÍZ Cuando me dijeron que mi hijo no podría [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.revistalaocaloca.com/wp-content/uploads/miguel-mena-wp.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-245" title="Miguel Mena" src="http://www.revistalaocaloca.com/wp-content/uploads/miguel-mena-wp.jpg" alt="Miguel Mena" width="341" height="256" /></a>Escrito por: Miguel Mena. Escritor y periodista. Director programa “A vivir Aragón” de Cadena SER.</p>
<p>Son relatos pertenecientes a mi último libro, que se titula “Piedad” y ha publicado Xordica Editorial.<br />
Los 100 relatos del libro están basados en recuerdos personales y anécdotas o sucesos reales.</p>
<p><strong>DE RAÍZ</strong><br />
<em>Cuando me dijeron que mi hijo no podría hablar nunca, que tenía un cromosoma atravesado y una nube oscurecía la zona del cerebro donde se amasa el pensamiento y se tejen las palabras, lo primero que recordé fue que había planeado aprender con él los nombres de los árboles. Lo ansiaba desde que nació: andar por el campo, juntos los dos, y distinguir las hayas y los abedules, los arces, los castaños, los quejigos, los robles y los enebros. Pensé en ello mientras por detrás de la cara del médico, un rostro inexpresivo entrenado para dar malas noticias, observaba los árboles de aquella clínica meciéndose suavemente, como acunando una pena. Le pregunté al doctor qué árboles eran aquellos y pareció tan extrañado por mi pregunta que se encogió de hombros y no supo contestarme. Le noté incómodo, como si quisiera dar la consulta por finalizada. Nos despedimos, cogí a mi hijo en brazos, salimos de la clínica y al cruzar el jardín, con el sol de espaldas, observé que nuestras sombras dibujaban una silueta en la que yo era un tronco seco y aquel niño de pelo rizado sobresalía como una gran flor que me brotaba.</em></p>
<p><strong>CARA Y CRUZ</strong><br />
<em>El 11 de julio de 1979 los futbolistas Jorge Valdano, a punto de cumplir veinticuatro años, y José Ramón Badiola, que acababa de cumplir veintiuno, tenían camas  reservadas en el Hotel Corona de Aragón. Procedentes del Alavés, los dos iban a fichar al día siguiente por el Zaragoza. Valdano no ocupó su habitación. A Badiola le sorprendió el incendio que se desató a la hora del desayuno. Valdano llegó a media mañana, cuando Badiola, tras saltar por una ventana y golpearse en la cabeza, figuraba entre los heridos. Los dos sobrevivieron a un suceso que causó setenta y ocho muertos. En su trayectoria posterior, Valdano ganó tres ligas españolas, dos copas de la UEFA y el campeonato del Mundo con Argentina en México 86;  Badiola volvió a los entrenamientos, pero nunca recuperó su juego, mostró un notable desequilibrio emocional y acabó  trastornado para siempre. Veintiocho años después del incendio, el jugador argentino comentó: “En aquella operación yo completaba el lote, porque al  que fichaban como figura era a Badiola”.</em></p>
<p><strong>APUESTA POR EL ROCK AND ROLL</strong><em><br />
Mauricio muere a finales de septiembre, pocos días después de que fallezca su hermano. De hecho, es la muerte de su hermano la que precipita la suya. Deprimido y desorientado, cae en la tentación de un reencuentro con la jeringuilla y esta vez su cuerpo no soporta el reenganche. Al morir, Mauricio deja muchas canciones y un puñado de amigos músicos que quieren rendirle un homenaje. El día señalado, las actuaciones se suceden ante miles de personas. En el apogeo del concierto, la madre de Mauricio es colocada ante el micrófono para que se dirija a los espectadores. La mujer que acaba de perder dos hijos saca fuerzas de donde puede y habla a la multitud. Su discurso es entrecortado, lento, con la escasa fluidez de quien, además del dolor, tiene otro idioma materno. Pero necesita hablar. Lo que al principio es recibido con cierta emoción empieza a tornarse en impaciencia. La atención del público se dispersa. El silencio se convierte en murmullo. Se escuchan algunos silbidos. En el ambiente flota la sensación de que hay algo que no saben las madres: por mucho que inspire el sufrimiento, el espectáculo debe continuar.</em></p>
<p><strong>ATRACO</strong><br />
<em>Primavera de 1989. Una céntrica calle de Zaragoza. Es un día laborable, a media mañana. Un atracador irrumpe en una oficina bancaria. Va armado con una pistola. Ejecuta la acción lo más rápido posible y escapa con el exiguo botín que puede cargar él solo. Sale a la calle y no le espera ningún cómplice: le espera la policía, que ha llegado con inusual rapidez. El joven se ve acorralado. Suele haber tres formas de reaccionar en estos casos: algunos vuelven al interior de la sucursal y toman rehenes a la espera de que una negociación les permita consumar la huida; otros disparan de forma desesperada contra todo lo que tienen enfrente mientras intentan escabullirse; los menos comprenden que no tienen escapatoria, arrojan el arma y se rinden. Éste opta por una modalidad casi inédita: lo que suelta es el dinero, mientras levanta la pistola, la coloca contra su sien y dispara. Los propios policías que le encañonan gritan para que no lo haga. Los policías que están listos para matarle gritan para salvarle la vida. No hay nada que hacer. No estaba jugando a la ruleta rusa. El cargador está lleno y la primera bala cumple su cometido: en un instante acaba con veintipocos años de vida, una incontrolable adicción a la heroína y una recién estrenada carrera de atracador para la que, como acaba de comprobar, no vale.</em></p>
<p><em><br />
</em></p>]]></content:encoded>
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