Don Juan Tintorro

¡Cuál gritan esos claretes!

Pero, ¡mal rayo me parta

si en concluyendo la carta

no los convierto en sorbetes!

“En bodega de Rivera

del Duero, la capital

del tinto mejor que hubiera,

a fecha de tal y tal.

Mi querido primo Blanco:

¿Qué me cuentas, qué tal vas?

Te escribo desde un estanco

cubilejo del lagar,

antes de que me introduzcan

en botella de cristal

y que luego me conduzcan

donde me han de etiquetar.

Supongo que habrás oído,

pues se ha dado a conocer,

de lo que hubo acaecido,

en la boda de Don Guido,

el famoso canciller,

con la dama Cunegunda,

quien siendo prima segunda,

le aventajaba en alcurnia

dos peldaños si no tres.

Estuve yo allí presente,

como invitado de honor,

en lugar tan preferente

que siquiera a un presidente

le pondría un diligente

en posición superior.

Pues no en vano estaba yo

con todos los comensales,

fueran nobles de caudales

o vulgo de lo peor.

Con todos yo departía

y a todos yo les gustaba

y cada cual me quería

más y más según pasaba,

cual balsámico granate,

de la jarra a su gaznate,

sin cesar en su porfía.

En poco más de una hora

se hizo una gran alegría,

notorio que cosa mía,

y apunte que corrobora

el notario que allí había.

Mas llegó la algarabía

al punto de ebullición.

¡Perdición!

Ya sabes que en ese punto

tú y yo tenemos el don

de enredar cualquier asunto

hasta la transmutación.

Asenté, pues, mis reales

sobre las mesas corridas

y empecé a hacer en las vidas

de las gentes cosas tales

como darlas por perdidas

o trocarlas animales.

Abrió mi llave maestra

la caja de los amores.

Para botón una muestra:

Un infeliz cojitranco

arrancó un ramo de flores

y le juró amor eterno

a una vieja que en un banco,

sujetada con un perno,

disfrutaba mis sabores.

Y como dijo que sí,

habiendo más de un testigo,

dio el cura su bendición

en medio del frenesí,

quedándose él como un higo

y la vieja en conmoción.

De suerte que aquella boda,

al unírsele tal coda,

no fue una sino dos.

¡María, madre de Dios!

Al punto me fui a otro lado,

donde un conde susceptible

le irritaba lo indecible

a un marqués malencarado.

Al ser cuestión de linaje

lo que allí se debatía,

y rayaba en el ultraje,

me entregué yo por mi cuenta

a su boca en demasía,

por ver en qué pararía

tanto lustre y tanta afrenta.

Y después de mucho herirse

con insultos poco tiernos,

como “sois un hijo puta”,

y “vos hijo de unos cuernos”,

convinieron en batirse,

para cerrar la disputa,

con espadas en un duelo,

que terminó con el conde

ensartado allá por donde

te mandan derecho al cielo.

tinto

Finiquitado aquel lance

reparé en un usurero,

que le contaba en romance

a quien tuviera a su alcance

historias de su dinero,

presumiendo sin un pero

y con el ánima en trance.

Pareciome, pues, el caso,

que le diese una lección,

aconsejando a un bribón,

¡bendita fue mi elección!,

que se acercara al payaso

del dinero, pues acaso

pudiera cambiar de arcón.

Acercose el bribonzuelo

poniendo cara de tonto

y el avaro, por lo pronto,

ya picó el primer anzuelo,

pues el otro le mostraba

dinero que se apostaba

aparentando ser lelo.

En menos que canta un gallo

apareció una baraja,

y en menos que truena el rayo

el bribón dejó su sayo,

su tontuna y su caraja

y desplumó al papagayo.

Fuime de allí alborozado,

sintiendo el deber cumplido,

y anduve luego empinado,

trasegado, compartido,

efluviándome hasta el techo

y sacando buen provecho

como buen entrometido.

Mas no todo quedó en eso,

que aún me queda lo mejor.

Escucha con estupor

y no distraigas el seso.

En medio de aquella fiesta

me fijé en el canciller,

y aunque su facha era enhiesta,

su mirada era indigesta

y un mal rondaba su ser.

Parecía preocupado

y miraba a Cunegunda

con el ceño encapotado

como quien busca la hora

de soltarle tremebunda

noticia desgarradora.

“Este lo que necesita

es hacer migas conmigo”

—Pensé yo—.

Y al punto me di en jarrita,

en jarra y jarrón de amigo

hasta que habló.

“Mi queridísima esposa,

—le dijo palideciendo

y con un hilo de voz—

has de saber una cosa,

que es un secreto tremendo

que concierne a vos y a nos”.

“Hablad pronto, esposo mío”

—y cuanto más lo miraba

más la pobre se asustaba

viendo la cara del tío—.

“En el año veintisiete,

combatiendo en La Goleta,

un negro con un machete

me rebanó la trompeta.

Y veréis ahora en la alcoba

que nada hay ya que se yerga

pues donde antes hubo verga

hay el palo de una escoba”.

Se echó hacia atrás Cunegunda

con la faz desencajada,

y de impresión tan profunda

cayó, al cabo, desmayada.

Mas no acabó la mujer

con los huesos en el suelo

porque estaba el sumiller

de guardia del canciller,

quien pudo cogerla al vuelo,

no dejándola caer.

Despertose Cunegunda,

y aún estaba entre los brazos

del sumiller, que era un moro,

notando en aquellos lazos

que ella era dama fecunda

y él más dotado que un toro.

Bastoles una mirada

de discreto entendimiento,

y quedó predestinada

a bajar de madrugada

donde fuese su aposento.

Acabose así el jolgorio,

despidiose todo el mundo,

pasaron al dormitorio

Cunegunda y Cunegundo

y hasta allí llegó el casorio,

que concluyó de seguido

endilgándole ella a Guido

seis vasos de un servidor,

que soy vino del mejor

si hay que embotar el sentido

o hay que dormir a un señor.

Así pues, si en nueve meses

te entrara por el oído

que un hijo del rubio Guido

es más marrón que las nueces

dalo por cierto con creces,

que es normal que así haya sido.

Y con esto me despido,

expresándote el deseo

más querido por un vino:

que lo beban bien servido,

que lo beban guapo o feo,

que lo beban de camino,

en la taberna o la seo,

que lo beban con jaleo,

que lo beban del pitorro,

del porrón o de la fuente

de la bota o por el morro.

Te saluda cordialmente

tu primo Don Juan Tintorro”.

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