Publicaciones y revistas digitales especializadas en cine han recogido a lo largo de estos días la noticia del estreno de la primera película del director aragonés Rubén Pérez Barrena, «Caminando con el diablo«.
En «El Español» la calificaban como una película inquietante y profundamente humana que se adentra en los abismos de la culpa, el miedo y la pérdida a través de una historia ambientada en la España de los años ochenta, donde la intimidad y la tensión psicológica se entrelazan con la atmósfera sombría de un país en plena transformación.

Protagonizada por Tamar Novas y Marina Salas, la cinta nos relata la historia de Miguel y Alicia, un matrimonio marcado por la desaparición de su hijo Gabriel. Desde aquel día, nada volvió a ser igual: él se consume por la culpa y los remordimientos, mientras ella siente que también perdió a su marido en aquel instante. Un niño francés llamado Philippe y sus padres irrumpen en sus vidas, abriendo una grieta que los lleva a un viaje sin retorno hacia el lado más oscuro del ser humano.

Con una ambientación cuidada al detalle y un tratamiento visual que evoca lo analógico y austero de la época, Caminando con el diablo combina el suspense del thriller psicológico con la emoción contenida del drama humano. La fotografía, sobria y melancólica, refuerza la sensación de desasosiego que recorre la historia como una sombra persistente, mientras la música y el ritmo narrativo acompañan el descenso de los protagonistas hacia su propia oscuridad interior.

A lo largo de la película, el espectador es arrastrado a un paisaje emocional en el que la inocencia perdida y la imposibilidad del perdón se entrelazan hasta estallar en una catarsis tan dolorosa como liberadora.

Con esta película, Rubén Pérez Barrena se consolida como una de las voces más prometedoras del nuevo cine español, combinando el pulso narrativo del suspense con una hondura psicológica. Su dirección precisa y el trabajo interpretativo de Novas y Salas dan vida a una historia donde lo cotidiano se tiñe de inquietud, y donde el límite entre víctima y verdugo se vuelve cada vez más incierto.