Como en esa famosa escena de los Hermanos Marx, mi reflejo en el espejo a veces no coincidía. Esto, claro, sólo lo puede notar un niño. Eran gestos casi imperceptibles que aparecían luego de varias horas de estar contemplándome en un primer plano subyugante: un párpado apenas caído, una comisura que temblaba, el ceño que fruncía un milímetro la piel, la huella de una lágrima que parecía aflorar… Cuando madre entraba en mi cuarto y me redescubría reconcentrado, contemplándome minuciosamente frente al espejo de pie, comentaba: “Debí llamarte Narciso…”.
Pues que así llamé al juego. Con la repetición mi alterego poco a poco iba emergiendo, cobrando autonomía. Nunca llegué a verlo emancipado, pues tarde o temprano me aburría de esperarlo delante del espejo. La vez que Narciso más afloró fue cuando él sonrió y yo no. Fue un segundo, casi que una morisqueta fugaz. Me sorprendió su osadía, y esbocé una O con la boca y los ojos que esta vez el reflejo reprodujo a la perfección, sumiso. En esa ocasión sentí que mi otro yo estaba a punto de sacar una mano para zambullirme de los pelos en su mundo. Temí que quisiera suplantarme, encerrarme en esa cárcel de dos dimensiones, y ya no volví a jugar. Para mayor tranquilidad, por las noches velaba el espejo con una sábana negra.
Después crecí, y claro, el tiempo vale oro en la vida de los adultos como para esperar a nuestro doble durante tantas horas.