Ayer,
lunes de octubre y un sol maravilloso,
donde todos los trinos eran cortocircuitos,
el orden y el concierto de los locos más cuerdos
y un verso que en la rima jugaba al escondite
con todo lo que habita y es a la vez un pálpito;
matando de esas horas que van de cinco a siete
en los jugosos réditos de pasear por el parque,
del prejuicio al orgullo, asiático y latino,
fruta de muchos días y un pincel en las manos;
aquel hombre bajito que se ocurría en los ojos,
mezclaba la sonrisa con todos los sonidos
e iba haciendo dibujos en papeles tan blancos
como cuando la nieve ardía cuando la infancia
y mis padres se fueron por el maldito alzhéimer.
Dibujos que contaban mucho de nebulosas
fortificando el alma y los cinco sentidos
y algo de pensamientos que no eran tan internos
pero buscaban lluvia en la autoconfianza
desechando el racismo y la hermandad arriba
de los sueños de un mundo que se va a la deriva.
Una mujer mayor como una hoja de yerba
a la que un perro negro llevaba a trompicones,
se detuvo un instante y le pidió a aquel hombre,
pintor ocasional en los días otoñales
y la emoción más viva de puertas para dentro
de una casa con hijos y esposa displicente,
que pintara un dibujo de ese sonido único
que existe por sí mismo sin siquiera la música,
para hacer un regalo a su nieto pequeño que padecía linfoma.
Un dibujo sencillo con la eme de amor dentro de una palabra,
y pagaría por ello lo que estimara justo.
Recuerdo que el paisaje discurría entre las hojas
de los mil amarillos en amoroso orden
y que yo le pedí los ojos de una niña que saltaba a la comba
y en sus iris tenía la luz de los océanos,
porque quería llevarlo dentro del corazón.
No sabría cómo hacerlo me dijo sonriente,
porque perdí a mi hija con sólo cinco años
y si intento pintarlos deconstruiría el paisaje
sin saber bien qué hacer con espacios desnudos.
Cuando ya me marchaba ineludible y triste
y la tarde vencía por sobre el horizonte,
todo estaba repleto de hermosura y apéndices,
no había de casi nada, o viceversa,
porque un trino ocurría sobre una rama verde
y la niebla volvía en subordinaciones.
Anochecía despacio y la laguna Estigia de la noche
desplegaba su música como un advenimiento,
y el pincel de aquel hombre era amor a la lumbre
deambulando por todos los resquicios
de todas sus pinturas dentro de mi mochila.
Después vino la noche en caprichos de nácar
contando las mentiras de todas las estrellas
y algunas objeciones en misterio y preguntas
y cuatro o cinco hojas expandidas al viento
reflejaban detalles de un tambor de hojalata
y un búcaro con flores un tanto agradecidas;
por la calle de enfrente, como si la olvidaran,
una puta barata con arrugas de cera de casi dos mil años,
me miró fijamente a los ojos sin dueño
y supe que los suyos, como los de mi madre,
sí que podían pintarse con pinceles de lluvia
en las hojas en blanco de aquel pintor bajito,
que produce esas obras que queman en la sangre
y se van más allá de la simple pintura..
