Escrito por: Ignacio M. P.
Él camina camuflado entre ellos, arrastrando sus pies, con la mirada perdida; sus ropas se empapan de un sudor que huele a podredumbre, como ellos, pero él es diferente. Van y vienen caminando hacia ningún lado y sin ganas de llegar, sordos, ciegos, mudos, preñados de soledad, desplazándose por el cemento gris de un patio rodeado de muros grises, levantados por dioses cabreados que no creen en las personas. En lo alto, alambres de espinas grises hieren nubes de tormenta que sangran sin color.
Suena un timbre y todos se encaminan al interior buscando refugiarse de nadie, de nada. Entran en el corredor de una galería gris. Cada uno se detiene ante la puerta, también gris, de su celda, y esperan como el perro vagabundo que regresa a su hogar vacío a que un dueño que ya no está abra la puerta. La puerta se abre de forma mecánica. Él entra en su celda blanca, desnuda, y la puerta se cierra tras de sí.
En el blanco se resalta, al fondo el horizonte cuadriculado de una ventana sin mañanas, pintado en el frio cemento del muro gris. Lo atraviesan barrotes de acero gris. Cual zombie, avanza hacia la litera metálica gris, y se tumba en un sucio colchón manchado de sueños locos. Imperturbable, se queda más ido si cabe, con la serenidad de la desidia dibujada en su mirada perdida. De repente se fija en un crucifijo anclado encima de la puerta, enfrente de él. A esa cruz se aferra, dándole la espalda, un cristo desnudo, que se resbala y se agarra desesperadamente, se iza, y se resbala, sube y baja, sube y baja, como un mecanismo de relojería que intenta medir la eternidad.
Él pierde la conciencia y con los ojos del tiempo abiertos, dormita. Lo despierta el sonido rítmico de un goteo y mira. Ve gotas de sangre que se resbalan por la espalda del hijo del algún dios. La gravedad, más fuerte que su voluntad, las desciende por su cuerpo herido, viajan por la espalda, las nalgas, los muslos, y al llegar al talón, caen, emitiendo gemidos de alivio al escapar del sufrimiento: Plic, plic plic… Como si escuchase el sonido de una alarma, se levanta, arrastra sus pies hasta una silla en la que se sienta ante una mesa. Sobre ella un libro, el libro de Jim. Lee y no comprende, su cabeza sólo escucha el goteo. Plic, plic, plic… Como un mantra que se repite constante, llamándolo insistentemente.

Se levanta y como algo realizado de forma metódica, sin comprender, se arrastra bajo la cruz, frente a la puerta. Alza su rostro y abre la boca. Una gota de sangre cae en ella, silencio…, cae otra, silencio…, y una tercera, silencio oscuro…
Tras esa pausa se abre la puerta frente a sus ojos, esta vez sí, la puerta de la percepción. Ahora comprende lo leído en aquel libro escrito con renglones torcidos, «La Isla de Jim». Ante la puerta se inicia el camino, el extremo del arco iris se apoya en el quicio de entrada, en donde comienza un puente infinito de todos los colores. Da dos pasos y se sitúa en la salida, sobre los colores, y entonces su ropa es blanca, limpia. Sus ojos, de un azul intenso, se iluminan, ya no suda y su olor es ahora el aroma de todas las flores.
Con decisión, inicia el viaje, la búsqueda. Camina y cada vez está más alto. De repente se convierte en una espiral que asciende, como una escalera de caracol… Él sube y llega a la cima entre niebla de color. Allí, entre la niebla, al acercarse ve la cruz. El Cristo de espalda sangrante sigue sujetándose con desesperación. A su lado, dos cruces, estas con hombres que de la misma forma intenta no caerse. Al avanzar entre esa niebla ve más cruces con hombres que se resbalan, trepan, bajan, suben, sin tocar jamás el suelo. Todo un bosque de cruces entre el que camina. Al final, una cruz vacía le espera. No duda se agarra y trepa, lo intenta, pero no puede, cae, cae, cae, su voluntad es igual a la gravedad que lo hace descender. Ese equilibrio le impide sujetarse, subir. Entonces decide saltar al vacío desde su puente de color. Cae (evitando, como una pluma, mecido por un viento que susurra «Rock is Dead» entre gotas de lluvia roja que cae de espaldas sangrantes.
Él desciende flotando hasta aterrizar en su isla, un cuadrado gris rodeado de muros grises, en medio de un mar que refleja nubes de tormenta. Sereno, se sienta en posición de lotto, desnudo. Cierra sus ojos y medita. Ahora llueve agua que lava, que cura, agua de ningún color. No hay tiempo, todo es infinito, hasta que un día deja de llover. Él abre sus ojos en la inmensidad de la noche que ilumina la luna llena. Mira al horizonte infinito por la inmensa ventana que se abre ante sus ojos.
Y él habla:
Padre, estás ahí?
Sí, hijo.
Te odio.
Madre, estás ahí?
Sí, hijo.
Quiero volver a ti.
Jim sale volando de la isla, siguiendo el haz de luz de luna, hacia la eternidad. Y los hombres aferrados a sus cruces se convierten en puntos de luz que revientan la gravedad e iluminan el cielo estrellado, cantan:
This is the end.
De repente el hijo de dios entra en combustión espontánea y la hoguera lo convierte, junto a su cruz, en polvo que cae. Antes se escucha su mensaje. The end. La isla de Jim está desierta, vacía, y se difumina entre la niebla gris.
1º Premio categoría Microrrelato en el Certamen ”Picapedreros” de Poesía, Guión y Microrrelato 2020 para centros penitenciarios