Y nos volvimos humanos

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En el principio, el hombre era la tierra

un suelo de infinitas sustancias y enjundias

de sueños insignes y de aspiraciones divinas.

 

En sus entrañas se hospedaba la vida

confinada en medio de la arcilla y la arenisca

sobrellevando el peso de los peñascos y las piedras.

 

La oscuridad reinante le impedía apreciar

los brillantes rayos del sol recargados en sus lomos.

No escuchaba el vibrar de los ecos del viento

ni sentía los murmullos del mar impetuoso.

 

Su Ser no abrigaba la calidez de las gotas de lluvia;

ni apercibía los perfumes, de las emanaciones

brotadas por la conjunción nocturna del frío con la luna,

en su piel protectora, curtida por el tiempo.  

 

Fueron eternos los períodos que permanencia infecunda

ausente de la vida que circundaba su entorno

ajeno a la calidez que brindaba la vitalidad de los astros.

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Y sucedió un día cualquiera:

del espacio etéreo resbaló el cristalino rocío 

ingresó a su casa y se introdujo en su habitación;

le mojó el rostro y las manos; y acarició su cuerpo

 

Y penetró en sus entrañas la savia de la existencia

y en su espacio le nacieron humores vitales.  

 

La esencia de su existencia se hizo raíz

y del centro surgieron filamentos blanquecinos

invadiendo los intersticios de su mundo ancestral.

 

Crecieron y se multiplicaron los débiles canutillos

trocándose en fuertes y resistentes extremidades

 

La superficie le anunciaba aires diferentes,

tibios y deliciosos calores, y transparentes luces.

Alcanzar aquel lugar se convirtió en su ilusión

La ambición quimérica de su existencia.

 

Con arrojo se lanzó a conquistar el cielo

Pundonor, pujanza, empeño tenaz y guerrero,

un bregar porfiado del instinto de supervivencia.

 

Y, emergió espontáneo en la superficie

una mano nacarada, frágil, tierna y pequeña,  

 

Aruñando al aire se afirmó al piso reblandecido

y se sostuvo en el suelo hincando su delicado tallo.

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Y creció lentamente en un sencillo estolón

absorbiendo el néctar vital de la tierra.

 

En la claridad del día brotaba de su piel

oleadas de aire celestino y embriagador.

Festejando su presencia mágica en el mundo.

 

Al robar al sol su perfecta esencia y su color

renacían en sus tallos diminutas protuberancias

Y retoñaban florecillas de infinitos aromas y colores.

  

Al atardecer, enceguecido por los celos

de la belleza y de los argentinos rayos del luna,

esparcía al aire olores carentes de fragancias.

 

Acomodado en la silente oscuridad, reposaba su cuerpo

cavilaba en las antiguas existencias de su simiente,

y anhelaba remontarse a las existencias estelares.

 

Desde temprano levantaba sus ramajes y cogollos

buscando intimar y convivir con los seres imaginados

que habitan en las apacibles eternidades de la bóveda celeste.

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Vivió largo tiempo atado en la tierra,

las enjutas raíces le impedían su libre correteo.

 

Aunque se le permitió rascar la inmensidad del cielo

nunca conoció el mar, ni las montañas ni las ciudades.

 

Y sujetando con firmeza sus ramas a los vientos,

quebró y rasgó los raigones del suelo.

 

Convirtió las resistentes ramillas en ágiles pies,

los ramajes en brazos, manos y dedos.

Las hojas se volvieron ojos, orejas y nariz

y el grueso tronco en cuerpo entallado y nervudo.

Y la dura corteza en suave piel.

 

La savia circulaba como sangre en sus entrañas.

 

Y vagó por los campos buscando el horizonte.

Un día alcanzó su ansiada emancipación

y perdió la libertad de rozar el cielo con sus manos.

 

Mas encontró su esencia volviéndose humano.

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