1
En el principio, el hombre era la tierra
un suelo de infinitas sustancias y enjundias
de sueños insignes y de aspiraciones divinas.
En sus entrañas se hospedaba la vida
confinada en medio de la arcilla y la arenisca
sobrellevando el peso de los peñascos y las piedras.
La oscuridad reinante le impedía apreciar
los brillantes rayos del sol recargados en sus lomos.
No escuchaba el vibrar de los ecos del viento
ni sentía los murmullos del mar impetuoso.
Su Ser no abrigaba la calidez de las gotas de lluvia;
ni apercibía los perfumes, de las emanaciones
brotadas por la conjunción nocturna del frío con la luna,
en su piel protectora, curtida por el tiempo.
Fueron eternos los períodos que permanencia infecunda
ausente de la vida que circundaba su entorno
ajeno a la calidez que brindaba la vitalidad de los astros.
2
Y sucedió un día cualquiera:
del espacio etéreo resbaló el cristalino rocío
ingresó a su casa y se introdujo en su habitación;
le mojó el rostro y las manos; y acarició su cuerpo
Y penetró en sus entrañas la savia de la existencia
y en su espacio le nacieron humores vitales.
La esencia de su existencia se hizo raíz
y del centro surgieron filamentos blanquecinos
invadiendo los intersticios de su mundo ancestral.
Crecieron y se multiplicaron los débiles canutillos
trocándose en fuertes y resistentes extremidades
La superficie le anunciaba aires diferentes,
tibios y deliciosos calores, y transparentes luces.
Alcanzar aquel lugar se convirtió en su ilusión
La ambición quimérica de su existencia.
Con arrojo se lanzó a conquistar el cielo
Pundonor, pujanza, empeño tenaz y guerrero,
un bregar porfiado del instinto de supervivencia.
Y, emergió espontáneo en la superficie
una mano nacarada, frágil, tierna y pequeña,
Aruñando al aire se afirmó al piso reblandecido
y se sostuvo en el suelo hincando su delicado tallo.
3
Y creció lentamente en un sencillo estolón
absorbiendo el néctar vital de la tierra.
En la claridad del día brotaba de su piel
oleadas de aire celestino y embriagador.
Festejando su presencia mágica en el mundo.
Al robar al sol su perfecta esencia y su color
renacían en sus tallos diminutas protuberancias
Y retoñaban florecillas de infinitos aromas y colores.
Al atardecer, enceguecido por los celos
de la belleza y de los argentinos rayos del luna,
esparcía al aire olores carentes de fragancias.
Acomodado en la silente oscuridad, reposaba su cuerpo
cavilaba en las antiguas existencias de su simiente,
y anhelaba remontarse a las existencias estelares.
Desde temprano levantaba sus ramajes y cogollos
buscando intimar y convivir con los seres imaginados
que habitan en las apacibles eternidades de la bóveda celeste.



