La playa de suave arena y aguas cristalinas se tendía ante mí, seductora, desierta. Solo unas pequeñas huellas estrelladas delataban el paso de las gaviotas, mágicas almas blancas que volarían ahora suspendidas en el viento, saboreando su eterna libertad. Los pinos, encaramados en la roca, se asomaban al espejo turquesa contemplando su belleza despeinada, mientras las olas, tímidas aquella mañana, parecían haber olvidado el furor de la tempestad. La brisa me estremecía, pero avancé despacio, animada por la caricia del agua. Aquella belleza me susurraba que yo era parte del paisaje, que lo había sido desde siempre. Sentí que el sol aliviaba la ansiedad que tanto insistía en aferrarse a mi alma, encadenada a los recuerdos, a la amargura de la culpa. Me sumergí lentamente, imaginando qué sentirían las sirenas en su hipnótica dualidad. Nadé largo rato y (aún estoy confusa) perdí la noción del tiempo… Creo que fue la marea la que terminó empujándome dulcemente hacia la orilla, envolviéndome en su rítmica y eterna danza.

Solo unas brazadas y la alcanzaría. Sin embargo, mis pies aún no tocaban el lecho marino. La roca húmeda, junto a la poza, me devolvió de pronto un rostro de antaño, inocente, pecoso… Pisé al fin la arena. Reparé en mi sombra, súbitamente extraña, sin rastro de mis habituales formas sinuosas. Instintivamente, empecé a correr, sintiendo un profundo alivio en las rodillas, el corazón ligero, la sal en mis labios, los recuerdos transformados sin remedio en una palabra vana. – ¡Niña! – Me di la vuelta. Un chico rubio, de unos siete años, me miraba sosteniendo un cubo en la mano. – Niña, vamos a hacer un castillo de arena. ¿Juegas?