El atardecer magenta absorbía el humo del cenobio, diluyéndolo en tiras grises. El monje copista, con el hábito hecho jirones, la cara tiznada de ceniza y el alma quebrada, observó, a través de sus enrojecidos ojos glaucos, las huestes de aquel al que llamaban Almanzor, difuminándose en la línea del horizonte.

Todo había sucedido muy rápido.
Demasiado.
El hedor a carne quemada envolvía una atmósfera asfixiante y no le permitía pensar con claridad.
Tambaleante, dirigió sus pasos de forma mecánica hacia la parte posterior del monasterio, donde se hallaba la viña. Esta yacía también arrasada. Su cara se transformó en una mirada líquida y el tiempo se estancó. La tarde se tiñó de azul oscuro, alargando las sombras, y proyectó un contorno que se erguía, impávido, ajeno al desastre. Se acercó extrañado y, por primera vez, sonrió. Se arrodilló junto a la única vid intacta. Sería el origen de un nuevo comienzo.