Sin que se diera cuenta se acomodó a su lado; el lugar le pareció cálido: los rayos del sol habían calentado la argamasa y las piedras; sintió sosiego y una ligera placidez al adosarse a su rugosa piel. Él no se perturbó cuando los tentáculos venosos de las ramas y los músculos carnosos de sus hojas le rodearon. Desde que lo construyeron su alma había permanecido desnuda; y hace ya mucho tiempo que la fina tela de pintura del cariño estaba descorrida y desgajada; en su ser se había instalado el frío de las gélidas noches; abandonado en medio de oscuridad, las radiaciones heladas de la indiferencia, de la apatía y la indolencia, penetraron en su interior y calaban en su debilitado espíritu.

Hubo épocas en que diminutas plantitas llegaron para hacerle compañía, pero más tardaron en alojarse que en desaparecer. ¿Será que su flemático ser no les brindaba lo que ellas anhelaban? Había perdido la esperanza de encontrar un cariño duradero, de ese amor de la vida que escuchó alabar a los humanos; los latidos de su corazón se apagaban y pronto dejarían de estremecerse cuando el tapial comenzase a desmoronarse y en su lugar construyesen un gran edificio frío de concreto. Al sentir que las ramas lo envolvían, renació en su intimidad la ilusión de volver a vivir. Aspiraba que la naciente compañía no fuera pasajera y permaneciera junto a él, hasta que culminara el crudo invierno.