Sombras de ayer

El frío del hormigón mordía su espalda. Andrés trazaba círculos invisibles sobre el metal corroído de su catre cuando un aroma inesperado lo golpeó: café recién colado.

Su corazón tropezó con el recuerdo. Veía a su madre, vestida con su delantal de flores, sirviendo café en la cocina inundada de sol. La brisa de la mañana agitaba las cortinas blancas, y su risa, ligera y cristalina, llenaba el aire.

Un golpe de realidad lo arrancó de esa ensoñación. La cárcel olía a humedad, a hierro oxidado, a desesperanza. Pero aquel aroma, fugaz y cruel, lo había devuelto a la infancia.

Se incorporó lentamente, buscando su origen. Nada. Solo el tintineo de llaves, el murmullo de pasos arrastrados, el gemido de la noche filtrándose por la ventana enrejada.

Volvió a recostarse, pero la nostalgia lo mantenía despierto. Se aferró al recuerdo, como quien aprieta un fósforo encendido en la oscuridad.

Entonces comprendió: la memoria era su última libertad. Y en ella, por un instante, pudo volver a casa.