
Lola mide poco más de un metro y no pesa, es leve. Flota entre el oficio y los nietos. Para que no se la lleve la brisa siempre tiene algo en la mano, un loro, una yuca asada, una escoba, unas tijeras, un nieto, una bola de ajonjolí, un ají chivato o una gallina. Siempre tiene una calillaen la boca y un humito leve como ella, le anuncia, la delata. Lola tiene los cabellos finos y transparentes como de humo. Lola huele a uvitas maduras, para pegar los tabacos y las calillas. Huele a almidón de yuca para cuando no hay uvitas. Huele a vegetación bajo el rocío de la mañanita. A humo de calilla. Huele a escobillas recién cortadas en la madrugada. A escobillas amarradas a un palo y a rancho limpio y bien amasado por la tarde.
Lola no necesita cobijas, siempre tiene muchos nietos como abrigo. La señora Lola le dicen los yernos y las nueras. Con los años se ha quedado sentada en un taburete, recostada a un horcón del rancho. Siempre recién bañada. Con sus zapatos negros “abuelita” y un conjunto de blusa y falda amplia, estampado a blanco y negro. Desde su trono, con unos ojos verdes como grillos de cristal, Ana Dolores Montes, mira el mundo que se extiende más allá del alar de rancho, más allá del arroyo. Es como una brisa suave al caer la tarde meciendo las flores tristes de los árboles de chichos.
* 1º Premio categoría Microrrelato en el Certamen ”Picapedreros” de Poesía, Guión y Microrrelato 2023 para escritores del exterior