No me gusta ver quebranto en el rostro de un infante, que cuando con voz errante clama en suplicado llanto por beber del edro un tanto de esa hadada miel bendita recibe con hiel maldita una sucia linfa llena de invicta traición ajena y tortuosa sed rojita.
Rechazo el reino tirano y la falsa maravilla, pues, hay negruzca arenilla en un extremo del llano, quien mancha este sol paisano con esmero nada afable, porque en saña memorable ha dispuesto su brasero e inclinado este madero a la izquierda irresponsable.
El candor de la montaña norteña ha sido cegado con un ajenjo taimado, y el arpón izó su hazaña descrita en una patraña cercada de vera impura, así en la pujanza oscura, sin decillo, está el nefasto Caín, que ahorca lo fasto con la malicia más pura.