No pensaba contarlo en este foro ya que, en verdad, se trata de algo muy personal, con tintes lamentables y algo vergonzosos para mí, y que muy posiblemente no interese a nadie a menos que me conozca. No obstante y ya que “se dice”, acertadamente, que la escritura es la mejor terapia, os lo relataré tras haberos puesto en guardia.
Ayer, 1 de septiembre, publicamos la lista de los cortometrajes integrantes de la Sección Oficial del Festival de cine LA OCA LOCA&PRISIÓN FILM FEST, que ya podéis ver en abierto y votar a través de esta web y la específica del festival https://www.revistalaocaloca.com/festival-de-cine/ .
En dicha lista figura un corto titulado ALGÚN DÍA NOS REIREMOS DE ESTO, cuya selección me la debo atribuir en cierta medida por muchas razones. Entretenido guión, ágil dirección, magnífica interpretación. Es un buen corto, en general. Pero, además, en él se narra un episodio bastante similar al sufrido por mí ya que, a su protagonista le da, repentinamente, un “torzón” paralizante debido a una hernia discal.

A él le cuesta una hora arrastrarse por el dormitorio hasta donde se encuentra su móvil para pedir ayuda. Yo, sin embargo, estaba en la cama y ahí me quedé. Con gran esfuerzo, estiré el brazo para coger el móvil y avisar a mi hijo que dormía plácidamente, ya que eran las 6’00 de la madrugada. Fue entonces cuando, al girar la cabeza, me sobrevinieron los mareos y toda la habitación empezó a dar vueltas, atacándome unas inoportunas ganas de vomitar.
No daré más detalles. Mi hijo se encontró con un espectáculo dantesco y nada reconfortante. Así que, con buen criterio, avisó a nuestro particular “ángel de la guarda”, nuestra vecina del noveno, Ana, quien a su vez, tras constatar mi lamentable estado, dio la voz de alarma a nuestros encantadores vecinos de escalera, Javier y Victoria, cuyo hijo, también Javier, estudiaba Medicina.
Yo, por entonces, que, continuaba mareado, con cierto dolor y vomitando periódicamente en un badil, los ví a todos en mi cuarto “como en un extraño sueño” con caras de asombro y consternación.
Providencialmente, acudió mi también angelical hermana y galeno de la familia, Pilar, a quien asimismo había avisado Ana y tomó las riendas del peliagudo asunto. En cuanto me vió, encogido en la cama, con dolor, también con arcadas pero sin ya nada que expulsar de mi vacío estómago, tiritando y castañeteándome los dientes, no sé porqué razón, avisó a la ambulancia.
Mi dormitorio, e incluso la casa entera, se quedó pequeña. Dos enfermeros y un médico entraron, me vieron y tras constatar incrédulos que mi temperatura corporal era de unos gélidos 33 grados, me tomaron un par de vías intravenosas en cada brazo y me aposentaron en una camilla.
A todo esto, ya eran las 11’30 de la mañana de un soleado día de abril y la terraza de la cafetería de debajo de casa estaba repleta de extraños pero también de numerosos vecinos. Y todos ellos pudieron contemplar la escena. Ante sus asombradas caras, sólo se me ocurrió tranquilizarles saludándoles (o quizás despidiéndome) con una de mis manos perforada por la guía intravenosa, mientras me metían “en volandas” en la ambulancia.
El resto de la historia coincide plenamente con lo ocurrido al protagonista del cortometraje. Una hernia cervical y tres hernias discales, una de ellas “muy hermosa” en palabras del traumatólogo, mi cuñado Vicente, otro “ángel de la guarda”, y posiblemente operables según el neurocirujano.
El caso es que, ante esa perspectiva nada apetecible, preferí aguantar un poco a base de cortos paseos y medicación variada. Todo lo cual me hizo adelgazar unos 11 kilos. No hay mal que por bien no venga.
Y para los que no hayan abandonado todavía la lectura de este verídico aunque penoso artículo, he de decir que, felizmente, dicha intervención quirúrgica nunca se llevó a cabo… al menos hasta ahora.