Bankia Rota

Escrito por: José P. I.

El ambiente de crispación que se vive en estos momentos me parece justificado. Haré uso de los tópicos para definir el conflicto, y es que siempre pagamos los mismos. Pero por mucho que yo escriba, por mucho que yo despotrique contra ciertos señores vestidos con traje, ¿En qué va a cambiar la situación? Desgraciadamente, en nada.

BankiaLlevo cuatro años escuchando en las noticias las mismas palabras, ya desgastadas por su uso continuado: recesión, inflación, prima de riesgo (prefiero no conocer a la tía), ERES, quiebras, paro… ¡y crisis! Esa maldita palabra que antes servía únicamente para definir un ataque de ansiedad y que ahora sirve para “justificar” cientos de despidos.

No soy en absoluto alguien docto en materia económica, pero gracias a una iniciativa propuesta por Javier Mesa, hace un par de semanas recibimos la visita de una profesora de la Universidad de Zaragoza, Lucía Isabel García Cebrián, quién nos explicó, con palabras y conceptos que todos pudiésemos entender, cuál fue el origen de esta situación. Y lo más importante, quién la desencadenó.

Por lo que pude deducir, algunos bancos firmaron miles de hipotecas de esas en las que la letra pequeña es muy pequeña. Hipotecas que sabían que serían inasumibles en equis tiempo para quienes las contrataban, pero que aún así firmaron. El problema es que ese día equis llegó, haciendo explotar la burbuja inmobiliaria.

No puedo dejar de imaginarme a la típica pareja joven, sentada en el despacho del director de la sucursal, firmando un contrato mediante el cual les entregaban una casa, un hogar lleno de proyectos e ilusiones, terreno yermo para Ikea y para el bebé que venía en camino. Hipoteca que era basura, como los principios morales de quien la ideó. Contratos que se convirtieron en el estigma de miles de personas que ahora ven impotentes cómo los señores con traje abandonan el barco con los bolsillos llenos. Hablo de ese director de banco que hace un mes te denegó un crédito con la mejor de sus sonrisas y la peor de sus excusas, de aquel cuya avaricia no conoce límites, del que no se siente en absoluto responsable de todo esto porque hace mucho tiempo que su conciencia se calló, apagada por las ansias de poder, sinónimo de dinero, sinónimo de miseria.

No creo en venerar a otro ser humano
sólo porque vista mejor que yo

Me declaro apolítico y ateo. No creo en venerar a otro ser humano sólo porque vista mejor que yo, o tenga un rango en la sociedad que yo jamás ocuparé. Cada día en los periódicos veo un concejal que se ha gastado miles de euros de los contribuyentes en fiestas y en cocaína, el caso Gürtel, la operación Malaya, los niños robados, la pederastia dentro de la Iglesia, la corrupción del yerno del Rey, infinitos sumarios con nombres ridículos cuyos imputados son personas de renombre que paradójicamente nunca pisarán un calabozo, y al que, perdonen que me ría, algunos seguirán votando en las próximas elecciones. No creo equivocarme demasiado si digo que en parte nos lo merecemos.

Pongamos un ejemplo: hace poco quebró Bankia. Solicita 19.000 millones de euros (obviamente procedentes de nuestros impuestos) para sanearse, el presidente deja el cargo y luego aparece en un medio de comunicación criticando la gestión que se ha hecho en el banco (buen presidente, si señor) y luego llega el sustituto diciendo que los 19.000 millones de euros que el Estado va a prestarles para paliar su tan nefasta incompetencia no tienen porqué devolverse, y que, de hecho, no los van a devolver. Y lo mejor de todo es que un directivo/ejecutivo de esos que tan bien han hecho su trabajo se pone un finiquito de ¡14 millones de euros! Seguramente será un incentivo por los servicios prestados. Lo que más me llama la atención de todo esto es que en cualquier banco en el que ese hombre eche un currículum, lo contratarán.

Hacen todo esto con total impunidad, amparados por la ley y por los escasos valores morales de que disponen. Recuerdo que hace unos años emitieron un programa llamado “Tengo una pregunta para usted”. En él, el expresidente Zapatero se vio ante una pregunta no muy difícil de responder. Un hombre le preguntó que si sabía el precio de un café, y el expresidente le respondió: “Si, 80 céntimos”.

No creo que necesitemos
gritar para hacernos oír

Ochenta céntimos. Una sola respuesta sirve para que nos demos cuenta de que entre los dirigentes y nosotros existe un abismo, de que no saben solucionar los problemas de la sociedad porque están demasiado lejos de ella. También hubo una polémica generada por la negativa de algunos eurodiputados a viajar en clase turista. Quizá deberíamos hacer horas extras en el trabajo (el que lo tenga) para que estas personas que tanto se sacrifican por nosotros en las cenas de gala y en los hoteles de lujo con spa, viajen en primera clase y no se les trate como vulgares plebeyos.

Yo no sueño con que vuelva la peseta, sueño con que vuelvan los tiempos en los que si salía con los amigos un Sábado y llevaba dos mil pesetas en el bolsillo, me llegaba para pagar el cine con sus correspondientes palomitas, cenar en una hamburguesería, tomarme cuatro calimochos en cualquier garito y aún así tener dinero para el Domingo. Hablo de cuando la hipoteca no llegaba a las cincuenta mil pesetas y de cuando con un billete de diez mil, de esos en los que salía impresa la cara del príncipe, llenabas carro y medio de la compra. Os invito ahora a intentar hacer eso con 60 euros (bendito sea el que inventó las marcas blancas).

No creo que necesitemos gritar para hacernos oír, tan solo debemos saber a quién dirigirnos. No hablo de convocar manifestaciones violentas en las que el único damnificado es el mobiliario urbano. Hablo de cambiar las leyes, de que surja un partido que constituya una alternativa en el ya obsoleto panorama político de nuestro país, de que no nos despidan gratis, de que seamos una democracia en todos los aspectos, de que los que roben nuestro dinero paguen por ello, que se congelen sus múltiples cuentas en el extranjero y se les exprima hasta el último céntimo. Ese sería un buen primer paso.

Solo pido que, por favor, dejen de reírse de nosotros. El problema es que este país lo gobiernan personas con un gran sentido del humor.