Con el paso de los años me he acostumbrado a comer solo, y es muy normal el tener que ser mi propio chef, mesero y, finalmente, el comensal. Cosa que no significa ningún sacrificio o algo difícil de conllevar y hacer diariamente.
Pero es innegable que, muchas veces, en la soledad de mi mesa, la nostalgia se ha sentado frente a mí y hemos conversado juntos un buen rato, convirtiéndose en un invitado que nunca he llamado, pero que aparece con frecuencia.

No me sirve de nada encender la televisión o escuchar la radio si la voz de la añoranza es más fuerte, e inconscientemente le presto atención continua. Tantas frases repetidas que flotan por el aire mientras miro hacia la nada, degustando mi comida, que pierde la intensidad de su sabor cada minuto que pasa.
En cambio, mi almuerzo, cena o desayuno se ha de volver un soso momento de reflexión que me hace volver al mismo punto: extrañar a mi madre, padre, hermanos.
Aquellas personas irremplazables de las cuales me encuentro tan lejos por culpa de hacerle caso a mi ambición y dejar mi tierra. Tierra en la cual están ellos, seguramente notando mi ausencia cada jornada, sobrando una silla, un plato, un vaso, un espacio. Ese espacio tan amplio, ese comedor tan lujoso y el menaje tan fino que he de poseer en mi cocina no me ha de servir ni provocar nada.
En el brillo elegante de mi tenedor y mi cuchillo solo hallo la luz del pasado que me abduce y lleva a remembranzas dulces, suaves, de suculenta felicidad, que son capaces finalmente de saciar mi hambre y sed de dicha y paz.