Cuando mis niños duermen se me ensancha el pecho,
intentando cobijar el sueño y su profundidad,
entre lamentos del pequeño, que tiene hambre,
o frío.
Entre pesadillas del mayor,
que tiene querencia al beso y al abrazo.
Entre sorpresas y, corriendo,
pipí de medianoche.
O los ojos de ella,
que aún cerrados viven inmensidad,
pozo profundo de sus mil trechos,
recorridos,
agazapados, los tres.

