A África Alonso,
porque la lectura de su novela “Una luz tímida”,
me inspiró este poema.
Y para el colectivo LGTBI
En hilos de la brisa vinieron las palabras
de esta historia de Amor acerca de la vida,
de tener que esconderse por amar de otra forma,
de un Amor de juguete saltándose las normas
en una dictadura que lo prohibía todo,
cuando corría la infancia de los años cincuenta
que volaba columpios hasta los arcoiris
y soñaba los sueños que nadie había soñado,
y en la que nada era como nos lo contaban.
.
Cuando se ama de veras hay frescura en los besos,
susurros y suspiros, abrazos con ternura
y caricias que elevan hasta el séptimo cielo,
porque los que se aman van encontrando algo
diferente y nuevo en cada amanecer.
Y entonces cambia todo, porque incluso los ojos,
se miran diferente en un día diferente.
Tal vez porque han tenido una noche de insomnio,
una mañana azul o una tarde de lluvia,
y los besos y abrazos se dan de otra manera,
tienen otro sabor.
Un Amor de Juguete en esas dos orillas
de aquel río de la vida llamado Zapardiel
en una realidad decostruída, obsoleta,
bajo el Ojo de Dios y el temor a los padres,
al qué dirán si llegara a saberse;
qué les podría pasar, dónde les llevarían.

Un Amor de Juguete en esas dos orillas
de ese río de la Vida llamado Zapardiel,
donde Luisa y Teresa (la cosa no era fácil)
se han bañado desnudas desde los nueve años,
con la “carne en fulgor” bajo el sol del otoño
o a la luz de la luna soñando cada día
con una vida juntas y a su libre albedrío.
De un Amor de juguete disfrutaban a oscuras,
en el que sólo a ratos pudieron ser felices,
amándose en silencio entre las mansas aguas
y los claros espejos de los atardeceres
que eran maravillosos como su Amor lo era.
De un Amor, con Mayúscula, que las desbarataba,
gozado entre suspiros de un pequeño milagro
que solazaba el alba y a ellas les solazaba.
En la orilla derecha Luisa se ha ido diciendo
que Teresa le ha abierto una pequeña herida
dentro del corazón y que por ella
se ha ido desangrando hasta la palidez.
En la orilla contraria Teresa está contenta,
porque Luisa le ha abierto también a ella una herida
que ha ido floreciendo como al alba florecen
las flores más hermosas.
Son las mismas orillas de ese río que separa
sus pueblos tan pequeños que no están en el mapa.
Y son la misma herida ahí en el corazón.
Pasaron ocho otoños amándose furtivas,
y una mañana azul envuelta en voces quedas,
los padres de Luisa la llevaron de pronto
a un convento de monjas.
Teresa desde entonces fue muriendo de pena,
y aquel anochecer de mirtos asfixiados,
con los ojos abiertos contando las estrellas
y pronunciando el nombre de su amada
cuarenta y nueve veces y otras cuarenta y nueve.
Se tendió bocarriba sobre las mansas aguas
que de ellas fueron cómplices guardando su secreto.
Y se dejó llevar hasta encontrar la muerte…