Escrito por: Miguel
Me despierto, como cada día, a las ocho. No he dormido mal. Ya casi ni oigo los pasos de los funcionarios haciendo las rondas por la noche.
Ayer por la noche jugaron el Barca y el Madrid, y como de costumbre hubo voces que se escapaban del interior de algunos chabolos comentando las jugadas: “ ¡Dale, Dale!”, “¿cómo se puede fallar eso?”, “Gooool, goool”; ésta última siempre va acompañada de sonoros ruidos, golpes en las puertas, en las camas, en las mesas…Gritos de alegría que, momentáneos, surcan los pasillos gélidos de un lugar henchido de desesperación.
A partir de las doce no se oye más que el rumor del frío viento chocando contra las ventanas y barrotes. Y el silencio…un silencio que dice mucho más que en cualquier otro lugar. Es entonces cuando se agolpan los recuerdos. Recuerdos de una vida que cada día se antoja más la de otro que la propia.
Pedro, mi paisano, lo decía de un modo muy gráfico hablando de su hijo: “Ya nunca volveré a rodar junto a la sombra de mi añorado príncipe, mi hijito”. Su hijo ya nunca volvería a ser el mismo, ni tampoco la sombra que proyectaba junto a la suya. Nueve años es mucho tiempo, mucho…incluso para un error como el suyo que devora su vida y la de toda su familia abatiéndola en una eterna maldición.
Y su sombra
tampoco es ya la misma
Ya no está aquí. Se fue. Cumplió íntegramente su condena. No pidió un solo permiso, ni quiso la condicional. Purgó sus pecados. Expió ante los hombres….Somos hombres, sólo eso. Con sólo una vida que vivir. Ojalá hubiera podido deshacer sus errores, pero no pudo, nadie puede. Y su sombra tampoco es ya la misma.
Hoy es día de elecciones. La vida está llena de elecciones que vamos haciendo incesantemente, a veces…inconscientemente.