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Don Juan Tintorro
Óscar Alberto Martín Meléndez
diciembre 12, 2023
¡Cuál gritan esos claretes!
Pero, ¡mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no los convierto en sorbetes!
“En bodega de Rivera
del Duero, la capital
del tinto mejor que hubiera,
a fecha de tal y tal.
Mi querido primo Blanco:
¿Qué me cuentas, qué tal vas?
Te escribo desde un estanco
cubilejo del lagar,
antes de que me introduzcan
en botella de cristal
y que luego me conduzcan
donde me han de etiquetar.
Supongo que habrás oído,
pues se ha dado a conocer,
de lo que hubo acaecido,
en la boda de Don Guido,
el famoso canciller,
con la dama Cunegunda,
quien siendo prima segunda,
le aventajaba en alcurnia
dos peldaños si no tres.
Estuve yo allí presente,
como invitado de honor,
en lugar tan preferente
que siquiera a un presidente
le pondría un diligente
en posición superior.
Pues no en vano estaba yo
con todos los comensales,
fueran nobles de caudales
o vulgo de lo peor.
Con todos yo departía
y a todos yo les gustaba
y cada cual me quería
más y más según pasaba,
cual balsámico granate,
de la jarra a su gaznate,
sin cesar en su porfía.
En poco más de una hora
se hizo una gran alegría,
notorio que cosa mía,
y apunte que corrobora
el notario que allí había.
Mas llegó la algarabía
al punto de ebullición.
¡Perdición!
Ya sabes que en ese punto
tú y yo tenemos el don
de enredar cualquier asunto
hasta la transmutación.
Asenté, pues, mis reales
sobre las mesas corridas
y empecé a hacer en las vidas
de las gentes cosas tales
como darlas por perdidas
o trocarlas animales.
Abrió mi llave maestra
la caja de los amores.
Para botón una muestra:
Un infeliz cojitranco
arrancó un ramo de flores
y le juró amor eterno
a una vieja que en un banco,
sujetada con un perno,
disfrutaba mis sabores.
Y como dijo que sí,
habiendo más de un testigo,
dio el cura su bendición
en medio del frenesí,
quedándose él como un higo
y la vieja en conmoción.
De suerte que aquella boda,
al unírsele tal coda,
no fue una sino dos.
¡María, madre de Dios!
Al punto me fui a otro lado,
donde un conde susceptible
le irritaba lo indecible
a un marqués malencarado.
Al ser cuestión de linaje
lo que allí se debatía,
y rayaba en el ultraje,
me entregué yo por mi cuenta
a su boca en demasía,
por ver en qué pararía
tanto lustre y tanta afrenta.
Y después de mucho herirse
con insultos poco tiernos,
como “sois un hijo puta”,
y “vos hijo de unos cuernos”,
convinieron en batirse,
para cerrar la disputa,
con espadas en un duelo,
que terminó con el conde
ensartado allá por donde
te mandan derecho al cielo.
Finiquitado aquel lance
reparé en un usurero,
que le contaba en romance
a quien tuviera a su alcance
historias de su dinero,
presumiendo sin un pero
y con el ánima en trance.
Pareciome, pues, el caso,
que le diese una lección,
aconsejando a un bribón,
¡bendita fue mi elección!,
que se acercara al payaso
del dinero, pues acaso
pudiera cambiar de arcón.
Acercose el bribonzuelo
poniendo cara de tonto
y el avaro, por lo pronto,
ya picó el primer anzuelo,
pues el otro le mostraba
dinero que se apostaba
aparentando ser lelo.
En menos que canta un gallo
apareció una baraja,
y en menos que truena el rayo
el bribón dejó su sayo,
su tontuna y su caraja
y desplumó al papagayo.
Fuime de allí alborozado,
sintiendo el deber cumplido,
y anduve luego empinado,
trasegado, compartido,
efluviándome hasta el techo
y sacando buen provecho
como buen entrometido.
Mas no todo quedó en eso,
que aún me queda lo mejor.
Escucha con estupor
y no distraigas el seso.
En medio de aquella fiesta
me fijé en el canciller,
y aunque su facha era enhiesta,
su mirada era indigesta
y un mal rondaba su ser.
Parecía preocupado
y miraba a Cunegunda
con el ceño encapotado
como quien busca la hora
de soltarle tremebunda
noticia desgarradora.
“Este lo que necesita
es hacer migas conmigo”
—Pensé yo—.
Y al punto me di en jarrita,
en jarra y jarrón de amigo
hasta que habló.
“Mi queridísima esposa,
—le dijo palideciendo
y con un hilo de voz—
has de saber una cosa,
que es un secreto tremendo
que concierne a vos y a nos”.
“Hablad pronto, esposo mío”
—y cuanto más lo miraba
más la pobre se asustaba
viendo la cara del tío—.
“En el año veintisiete,
combatiendo en La Goleta,
un negro con un machete
me rebanó la trompeta.
Y veréis ahora en la alcoba
que nada hay ya que se yerga
pues donde antes hubo verga
hay el palo de una escoba”.
Se echó hacia atrás Cunegunda
con la faz desencajada,
y de impresión tan profunda
cayó, al cabo, desmayada.
Mas no acabó la mujer
con los huesos en el suelo
porque estaba el sumiller
de guardia del canciller,
quien pudo cogerla al vuelo,
no dejándola caer.
Despertose Cunegunda,
y aún estaba entre los brazos
del sumiller, que era un moro,
notando en aquellos lazos
que ella era dama fecunda
y él más dotado que un toro.
Bastoles una mirada
de discreto entendimiento,
y quedó predestinada
a bajar de madrugada
donde fuese su aposento.
Acabose así el jolgorio,
despidiose todo el mundo,
pasaron al dormitorio
Cunegunda y Cunegundo
y hasta allí llegó el casorio,
que concluyó de seguido
endilgándole ella a Guido
seis vasos de un servidor,
que soy vino del mejor
si hay que embotar el sentido
o hay que dormir a un señor.
Así pues, si en nueve meses
te entrara por el oído
que un hijo del rubio Guido
es más marrón que las nueces
dalo por cierto con creces,
que es normal que así haya sido.
Y con esto me despido,
expresándote el deseo
más querido por un vino:
que lo beban bien servido,
que lo beban guapo o feo,
que lo beban de camino,
en la taberna o la seo,
que lo beban con jaleo,
que lo beban del pitorro,
del porrón o de la fuente
de la bota o por el morro.
Te saluda cordialmente
tu primo Don Juan Tintorro”.