Escrito por: David P.M.
Yo, David P., soy un hombre normal de 39 anos, que nació en Pamplona un cinco de abril de 1975, de una familia sencilla y normal, cuyo padre era policía nacional, pero un día terrible de 1980, cuando yo apenas era un niño de cinco años de edad, ETA lo asesinó en un atentado y mi vida quedó profundamente marcada.
Creo que mi vida posterior quedó marcada por la falta de mi padre, por el anhelo de estar con ese padre que me arrancaron con violencia en plena infancia y aunque mi madre hizo una gran labor educadora y me crió con gran cariño y esmero, llevándome a estudiar al colegio Irabia para darme una buena educación religiosa, siempre tuve una tendencia a la rebeldía que me llevó a probar las drogas muy pronto.
De hecho, en octavo de EGB, me expulsaron del colegio donde estudiaba por fumar porros en el patio y me tuve que ir a estudiar al instituto, donde también me echaron por traficar y por inculto. Empecé a vender hachís con sólo catorce años y no busqué un trabajo digno, como mi madre quería y me pedía constantemente.
Primero vendí hachís en pequeñas cantidades, pero pronto me di cuenta de que ganaba poco dinero, y mi ambición me llevó a desear más y más beneficio. Así que empecé a vender speed y luego con sólo diecisiete años, empecé a vender cocaína, a la que acabé dedicando toda mi pobre vida. Con veintidós años, vendía ocho kilos semanales de coca y me volví un gran traficante, frío y ambicioso, que solo buscaba dinero y más dinero.
El problema de esta época triunfante, fue que mi arrogancia fue creciendo a niveles insoportables y también mi ambición; pero solo pensaba en el dinero y en la coca, hasta que conocí a mi primera mujer, que trabajaba en un club de Pamplona. Esa mujer fue mi primer amor; me transformó y con ella me embarqué en una aventura impredecible, yendo a vivir a Baqueira Beret, donde monté un pub y seguí vendiendo coca.

Esta hermosa aventura acabó pronto y me quedé solo de nuevo y fue en ese momento cuando conocí a mi primer socio, dueño de un club y con el que hice una gran amistad y pronto empezamos juntos a vender droga. Yo compraba la droga y él la vendía y apenas era consciente del lío en el que me metía.
En aquel club conocía a la que sería la madre de mi hija, una joven dominicana que se llamaba Marisa. No me imaginaba que me enamoraría de aquella joven de color canela tan pronto y, después de tres meses de relación, me tocó tomar una gran decisión, pues ella se quedó embarazada y como decía que me amaba, decidimos tener a nuestra hija en Pamplona. Ella fue la mayor alegría de mi vida y por eso, le pusimos por nombre Leticia, en latín significa «alegría».
Con el nacimiento de mi hija, decidí volver a mi ciudad natal: Pamplona. Y allí otra vez, volví a traficar y me creí el «rey de la cocaína», vendiendo kilos y kilos del polvo blanco de noche y de día. Aquellos años fueron los mejores de mi vida a nivel personal.
Hasta que un día me dieron una mala noticia; la policía andaba detrás de mí desde hacía tiempo y tuve que tomar una dura decisión: ¡salir de estampida de mi querida ciudad! Tomé una gran decisión y empecé a cambiar de vida radicalmente, viendo la posibilidad de salir de mi país, invertí mi dinero en la compra de un chalet en la mejor urbanización de Pamplona, en Gorraiz.
Recogí mis pertenencias: coches, motos…y dos meses después me largué a la República Dominicana con mi mujer y mi hija. Allí compré una casa, armas y un negocio, disfrutando mi vida a tope con mis veinticinco años. Tanto disfrutaba vendiendo cocaína, que allí seguí vendiéndola, pero poco tiempo duraría mi alegría, porque me acabé enganchando al crack y a la coca. No sabía qué hacía, caminaba sin rumbo, perdido….arruiné mi vida y lo peor es que arruiné los mejores años de la vida de mi hija.
Tras tres años allí, volví a España a un centro de desintoxicación en Lanzarote, pues estaba destruido por fuera y por dentro y necesitaba recuperar el norte en mi vida. Tuve que volver solo y amargado, sin mi mujer y sin mi hija, pues la relación se estropeó. Después de mi recuperación, volví por mi hija y a punta de pistola la traje a España, porque su madre y su familia, se oponían a que conmigo viniera.
Estábamos de nuevo en Pamplona, en nuestra casa y allí volví de nuevo a las andadas, es decir: a traficar y con veintisiete años, se volvía a repetir lo mismo de siempre. Mi madre cuidaba de mi hija y yo seguía con lo mío. Me presentaron a un dominicano que acababa de llegar a España y buscaba trabajo. Lo puse a vender para mí en el negocio y me traicionó, avisando a la policía. Me pillaron con medio kilo de coca en la casa, pero tuve la suerte de llegar a un acuerdo con el juez para ingresar en un centro durante tres años.
Al salir del centro, volví a Pamplona y me ofrecieron trabajo en un club de Castellón. En el mismo club trabajaba una chica, y al mes de conocernos, nos fuimos a vivir juntos, dejando ella de trabajar. Andrea y yo, empezamos a montar un restaurante que compré y vivimos tres años de alegría, pero algo faltaba en mi vida, si no, no era feliz. Traficar.
Amor, negocio y traficar eran la trilogía que resumía mi vida, y esos tres elementos unidos, sintetizaban la vida que yo quería llevar. Aunque de nuevo las cosas se complicaron, pues Andrea -mi mujer- me quiso arruinar la vida y huyendo me fui a vivir a Formigal, trabajando allí como encargado de un pub, pero sin dejar de traficar. Al terminar la temporada de esquí, me fui de nuevo a Pamplona, solo y cansado de la vida.

En Pamplona, alguien se cruzaría en mi vida, pues encontré al actual y gran amor de mi vida; eso sí, traficando y ganando mucho dinero. ¿Cómo ocurrió aquella hermosa experiencia transcendental de mi vida? Una noche de fiesta. Dios la puso en mi camino, Alexandra la estrella polar de mi vida y de mi devenir en este jodido mundo.
Alexandra iba a cambiar mi destino y el rumbo de mi vida, encontrando la madre que mi hija necesitaba y el amor de mi vida que locamente busqué. En poco tiempo nos fuimos a vivir juntos, nos enamoramos como dos adolescentes que estrenan el amor y nos casamos, pero yo como siempre, seguía vendiendo coca.
¡Ese fue el segundo gran día de mi vida, tras el nacimiento de mi hija Leticia! Esta vez empecé a viajar a Italia, mandaba allí la droga y llegué a ganar cien mil euros en cada tanda que mandaba, pero en un año se me cayó la jugada y ya no pude mandar más mercancía a Italia, pero yo quería seguir traficando y lo intenté por Suiza, pero me salió mal y me volvieron a agarrar y en la cárcel acabé.
iiiJoder, preso otra vez!!! En el mejor momento de la relación con mi mujer, pero ella nunca me abandonó.
Después de seis meses en prisión, ella me esperó en la puerta y la broma me costó doscientos mil euros, para regresar a Pamplona y estar al lado de mi mujer, mi madre, mi hija y mi hijo.
En Suiza conocí a un boliviano. Cuando él salió de la cárcel, nos pusimos en contacto, hablamos y concretamos el negocio y así empezamos a vender juntos cocaína. Otra vez volvía a estar donde quería, en el lugar que tan natural me resultaba y ahora estaba en la cima de mi carrera; pero esta vez, estaba más fuerte y vendía cuarenta kilos de coca líquida enseguida. Entonces mi socio se fue a Bolivia y de allí me mandaba la coca líquida.
Como Navarra se me quedaba chiquita, me fui a vivir y a abrir mercado a Sevilla, con mi familia y con la mujer que amaba, compramos un pub, que llamamos «Latino». Todo iba bien por Sevilla pues yo no consumía droga y solo la vendía, aunque al poco tiempo metí la pata y me enganché a la heroína fumada. A pesar de todo, mi mujer estaba a mi lado, pues todo lo que yo tocaba se convertía en ruina y yo necesitaba su ayuda. Por culpa de la heroína lo perdí todo; perdí lo que más quería sin saberlo: mi familia y mi vida.
Las cosas empezaron a cambiar bruscamente y la policía me seguía los pasos, hasta que un día me lograron agarrar; pues había detrás de mí una gran investigación por tráfico de droga internacional. La policía desmanteló el laboratorio que tenía montado y el pub, el chalet y el piso quedaron desmantelados.
¡Esta vez la había cagado! Mi madre, mi mujer y yo estábamos imputados y yo fui encerrado en la cárcel y lo peor de todo es que estaba enganchado a la droga. Mi esposa estuvo siempre a mi lado y cuando el juez nos puso fianza a mi madre y a mí, ella las pagó con mucho gusto y nos consiguió la libertad.
Tras salir de la cárcel, nos volvimos a Sevilla donde nada me quedaba. Sólo tenía un kilo de cocaína que tenía bien guardado. De Sevilla nos fuimos a Madrid y allí comencé de nuevo a distribuir. Allí me presentaron una persona que tenía clientes en Bayona y llegué a vender cinco kilos de coca cada quince días. Por entonces, estaba rehabilitado de la heroína que fumaba y todo me iba bien, pero, por si acaso, tras un año nos fuimos de Madrid y volvimos a Pamplona.

Cometí el gran error de volver a fumar heroína y la vida me volvió a cambiar radicalmente. Fumaba todos los días y dejé a mi familia de lado, abandonando lo que más quería. Sin embargo, mi mujer siempre estuvo a mi lado, a pesar de que yo volvía a estar enganchado.
Al estar siempre drogado, no me daba cuenta de lo que hacía y de los peligros en los que me metía. Un chivato me delató y la policía me cogió con un arma y medio kilo de coca. De aquello no me libré y me volvieron a llevar a la cárcel de forma preventiva, donde estuve cuatro meses hasta que me ingresaron en un centro.
Mi mujer se ganó el cielo de verdad, por haberme aguantado tanto y ahí siguió a mi lado. Estuve un año en un centro y aguanté gracias a mi mujer, a mi madre y a mis hijos. ¿Cómo habría aguantado si no tanto sufrimiento? ¿Qué habría sido de mí? Mi mujer, que siempre había soñado, estuvo siempre a mi lado y viviendo en Vitoria, seguía con la misma vida, siempre con la cruz de la venta de cocaína.
Mi mujer fue a verme y me dijo que todavía me amaba. Hicimos el amor todo el fin de semana y ella luego volvió a Pamplona. Yo me quedé en Vitoria, pero me di cuenta que mi rubia preciosa lo era todo en mi vida. Ella era y es Alexandra G. y por ella daría yo mi vida. Decidimos darnos una segunda oportunidad, acabando yo con el tráfico y el consumo de droga.
Cuando todo iba por el buen camino, un juicio el 12 de febrero de este año, lo estropeó todo. Cometí un error fatal, traerme la coca que me sobraba dos días antes de que se celebrara el juicio. La policía me volvió a agarrar antes del juicio y de poder cambiar mi vida. Ahora he sido condenado a siete años de cárcel, según petición del fiscal. Pactamos una pena de cuatro años a sustituir por centro, pero estoy preventivo aquí adentro y no sé qué va a pasar conmigo.
Ahora estoy liberado de las drogas y tratando de recuperar mi relación con Alexandra, la mujer de mi vida. Todo lo que he escrito en pasado, ahora lo narro en presente, pues cuando salga de aquí, solo quiero vivir con mi familia y olvidarme para siempre de traficar. Mi mujer, mi madre y mis hijos se lo merecen y yo, prometo por mi vida que esta vez, será la última y que no volveré a perder mi libertad ni a la gente que amo en mi corazón.