Juan Andrés, como cada jueves, acudía al mercadillo en busca de algún libro con el que engrosar su biblioteca. Sobre todo, le gustaban los antiguos y las primeras ediciones.
No tardó en localizar un vetusto manuscrito que captó su atención de inmediato, y cuyas páginas estaban unidas por un primitivo cosido.
—¿Cuánto pide?
—Diez euros —respondió el vendedor, que era perro viejo y había olido el interés.
Juan Andrés pagó y se marchó enseguida. Intuía que podía tratarse de algún viejo grimorio de hechizos; de mediados del siglo XII, quizá.
Una vez en casa, lo colocó sobre el escritorio. «Latín culto», se dijo. Estaba de suerte: conocía el idioma. Amare…, exponentia…, aeternum… No cabía duda, se encontraba ante un libro de conjuros, y el primero era un filtro de amor en el que había de recitarse el hechizo y después mirar a la chica a la que se quería conquistar.
Entusiasmado, comenzó a dictar en voz alta mientras situaba a Sofía (atractiva vecina y profesora de baile) entre sus fantasías…
¡Riiing! ¡Riiing!… «Pero qué demonios…», maldijo. No podía detenerse si quería que el conjuro funcionara.
¡Riiing! ¡Riiing!…
Enfurecido, dejó el libro y fue a abrir la puerta: era doña Gertrudis, su octogenaria casera, que de inmediato clavó su mirada en el joven Juan Andrés, PARA SIEMPRE…