El rincón de los besos

Sí, soy yo quien les habla. Aquel que ha sido testigo de momentos de magia, dulzura y pasión. Me llaman El rincón de los besos. ¡Y estoy orgulloso de serlo!

Estoy situado en el sótano del hostal La Preciosa, en un lugar de playa que cobra vida los fines de semana. Hasta entonces, me acompañan la tenue luz de un ventanuco y una bombilla que parpadea, como si me guiñara un ojo constantemente. ¡Juro que no he hecho nada para que eso ocurra así!

Cuando la música y las luces se apoderan de mí, doy cobijo a parejas que buscan un sitio íntimo y romántico para tomar algo antes de subir a dormir los sábados y domingos. Entonces sí, soy El rincón de los besos. Quizá ahí radica mi encanto. Por aquí han pasado muchos enamorados.

Pero estos últimos días, en este verano, he presenciado unos besos que no podré olvidar.

¡No me gustan! ¡Duelen! ¡Arañan mis paredes!

Observo, al atardecer, cómo bajan por las escaleras un abuelo y su nieta de siete años. La llama Preciosa, igual que el nombre del hostal. La lleva fuertemente agarrada de la mano. Casi la arrastra. La chiquilla lo sigue atemorizada. Veo su rostro. Mis paredes tiemblan como sus piernas. No quiere bajar. El miedo la deja rígida.

Están solos, ya que es un día entre semana. Y escucho:

—Abuelo, ¿por qué me hablas con ese tono de voz susurrante? ¿Por qué no subimos a las habitaciones con la abuela? Hace rato que volvió de la playa porque le dolía la cabeza. Me gustaría saber cómo está…

Pero él hace caso omiso a sus palabras y solo le responde:

—Ven. Todo el tiempo que estemos de vacaciones, este será nuestro rincón secreto. No se lo digas a nadie. No se lo cuentes a la abuela, y mucho menos a tu madre, que ya tiene bastante con su divorcio. Por eso os habéis venido a nuestra casa las dos. Nosotros os damos cariño. Yo te llevo al colegio todos los días. Lo sabes. Y gratis.

La niña lo mira confundida. El desagrado en su rostro es un grito mudo de resistencia. Pero no le sirve. Además, es su abuelo. Y le han dicho que debe estarle agradecida. Eso le han repetido. Se detienen en el recodo más oscuro de mi rincón. Pero yo los veo.

Observo la fogosidad desenfrenada de ese hombre, el fuego que le quema las entrañas, y cómo comienza a besar a su nieta con ansia y desesperación.

—¡No! ¡Esos besos no! ¡No ensucies este rincón!

Grito al aire, pero sé que nadie me escucha.

¡No tengo voz!

En ese ardor incontenido, le va quitando poco a poco la camiseta de tirantes. La aprieta contra él mientras se baja los pantalones. Le pide que lo bese por todo el cuerpo. Le dice que se lo debe. Por lo que hace por ella y por su madre.

Preciosa está aterrada. Se asfixia, se ahoga. Él le sujeta la cabeza y le pide caricias donde nunca las ha dado. De los ojos de la niña brotan aullidos de lágrimas. Tiene ganas de vomitar. Él insiste. Ella intenta mirarlo a los ojos, buscando una respuesta. No puede. La fuerza de su abuelo la retiene. El miedo la invade. Vomita. Y yo soy testigo de todo ello.

Después, el abuelo le recompone la ropa. Por supuesto, también la suya. Tienen que subir a la habitación como si nada hubiese ocurrido. Simplemente vienen de dar un paseo, disfrutando del atardecer mágico del lugar. Por eso han tardado un poco. Así lo justificarán ante la abuela…

Y yo los sigo viendo, el resto de la semana, repetir la misma acción. No puedo decirle que no la toque. No puedo gritarle que es un depravado. Estoy mudo. Y furioso.

Afortunadamente llega el sábado. Por la presencia de más gente, ya no bajarán. En mi rincón han quedado rastros. Huellas. Las únicas pistas de ese crimen abyecto ocurrido entre mis cuatro paredes.

Escucho voces en la planta de entrada. Ha venido la policía. Al abuelo se lo han llevado detenido. La niña, con la mirada perdida, y la abuela, atónita, contemplan el momento. A la Princesa se le ha roto su abuelo. Y en su memoria quedará grabado para siempre lo que ha sucedido. Sé que el cerebro de esa chiquilla no lo olvidará jamás.

¿Quién avisó a la policía? No lo sé. Pero alguien lo hizo. Y vino.

Han cerrado este rincón. Ese que la gente elegía para los arrumacos y los besos de amor, mientras sonaba la música suave del hostal. Estoy cerrado, cancelado. Ya no seré testigo de más besos. Y créanme… había contemplado historias de amor maravillosas.

Pero no quiero ser partícipe de besos y tocamientos a niños por parte de adultos. Yo era El rincón de los besos hermosos. Era, sí. Ya no lo soy. Ahora me explico por qué ese abuelo eligió este hostal. Ya lo llevaba en mente.

Fue por su nombre: La Preciosa. Así llamaba a su nieta el sinvergüenza. Y aún, a pesar de todo, yo creo en el amor romántico. Porque el amor, el verdadero amor, da sentido a la vida.