Escrito por: The Dark Knight
En una noche cerrada cualquiera ocultándose como en todas las demás desde hacía veinticuatro meses, bajo las sombras de las parpadeantes luces de las farolas que todavía se mantenían en pie en los vetustos callejones de la ciudad durmiente, al igual que la luna llena, tras los oscuros nubarrones que impiden contemplar el cielo cubierto de estrellas, con un suelo encharcado por el agua acumulada de la intensa lluvia caída torrencialmente horas antes en un silencio sepulcral únicamente interrumpido por el eco de sus pisadas resonando en las paredes de edificios de tres alturas que se alzan a duras penas a su alrededor, la mayoría derruidos y ocupados, por un sombrío cementerio de muertos vivientes tan profundo como el abismo avernal, intentaba mantener su anonimato en una huida hacia adelante en el encuentro de su perdida libertad muchos años atrás.
Sentir la brisa del mar en su rostro pretendía, el olor a salitre en su olfato y la fina arena color de oro en sus pies ansiaba y, en definitiva, atisbar más allá del horizonte la línea que marca el fin del mundo, un lienzo jalonado por alguna que otra embarcación pincelada a acuarela con rumbo a una isla paradisíaca en la que las preocupaciones están prohibidas.
Emerger de ese pozo de mierda se había convertido en los últimos tiempos en su única obsesión. Ellas, tan cabronas como de costumbre desde la primera vez que hicieron acto de presencia, le impulsaban a saltar al vacío, sin red de seguridad alguna, escapar se había convertido en su estilo de vida. Unos y otros le habían abierto los ojos de que su existencia se escurría a un ritmo endiablado entre sus dedos.
Sólo las tenía ellas. Había entrado con ellas, se mantenía con ellas, moriría con ellas. Todo había cambiado. Había transcurrido una eternidad desde que se había desconectado del mundo, desde que le habían obligado a ello.
Día tras día se asomaba a una ventana con una vista impía que le impedía disfrutar de un pedacito de humanidad, de sentirse con ganas de volver a sonreír, de volver a vivir, aunque fuera ilusionante.
Era hora de cambiar, una pena demasiado grande pesaba sobre sus espaldas y desbordaba tristemente su corazón, los cachitos de ilusión que le permitían saborear ya no eran suficientes, grandilocuencia ostentosa y opulenta confesor de cuya decisión subjetiva y arbitraria dependía una efímera felicidad acotada en pequeñas fracciones temporales, mientras sonando de fondo Nirvana escuchaba atentamente en el más profundo de su obsceno y oscuro pensamiento a las ya familiares voces empujándole a huir de ese infierno.
Afirmar que había entrado por casualidad sería caer en el engaño, de lo que él precisamente había convertido su modo de vida. Era cuestión de eso de lo que ahora carecía que acabara como terminó, entrar en su destino y lo sabía, aunque buscara excusarse en burdas justificaciones que no llevaban a buen puerto. Se había convertido en un profesional de la mentira, de la picaresca, eslabones perdidos en su pretendido vagar lastimados por la codicia desmedida e incontrolada, por aquellas a las que tanto temía, a las que tanto adoraba, a las que tanto amaba, a las que tanto respetaba, a las que tanto necesitaba.
Espantar esas ideas revoloteando en su cabeza era un anhelo imposible, tenía que huir, su vida encadenada eternamente a una pesadumbre mental, ese bien tan preciado, tan finito, esa prerrogativa que no vuelve, le guiaba ha aprovechar esa oportunidad como la última posibilidad de alcanzar la victoria, aunque fuera temporal.
Ya había respirado el aire libre en cinco ocasiones, pero nada era como antes, era un castigo excesivamente duro, demasiado tiempo cautivo por sus temores más profundos, se había convertido en un apestado.
“Give me your hands, I need feeling your skin in my skin”
Extinguida su relación de pareja, abandonado por sus amigos, olvidado por su hermano, olvidado por sus hijos, muertos sus padres, desaparecido su mejor compañero, extraviaba lo que poseía y encontraba lo que buscaba en la complacencia de meretrices que le ofrecían ese cariño del que carecía a cambio de prebendas innombrables.
Todo se le había jodido, la verdad es que el proceso había causado su efecto y cumplido su finalidad: de tener una familia, de tener un hueco en la sociedad y un hogar, a cobijarse en la bebida, en las drogas y en las rameras.
Sentía el aliento en su cogote, siempre mirando hacia atrás, mendigando un mendrugo de pan, menudeando para sobrevivir. Le habían engañado: “Tú no debes estar aquí”, “No es un sitio para ti”, “No ha sido tu culpa”. Verborrea gratuita cautivadora como si fuera a morir mañana, aunque quién sabe si estaba muerto desde ayer, o tal vez desde antes de ayer. Sub-íudices incompetentes e inmisericordes, titiriteros de vidas ajenas que lo corrompen convirtiendo a Papá en un ser odiado y repudiado por quienes han sufrido su ira.
Eran las reglas del juego que él había decidido quebrantar. Un precio muy alto es el que debía pagar, pero mejor permanecer escondido en los recovecos del alma que consumirse sin ella, encerrado para siempre intentando purificar su solitario corazón por los pecados cometidos.
En cada amanecer sus ojos se le llenaban de lágrimas, lo había perdido todo, hasta la dignidad, se la habían arrebatado y, solo el hecho de intentar recuperarla no le devolvería nada que no fuese una copa de whisky o un polvo con una puta. Solo, enraizado en su perdición, consumiéndose su espíritu, maldiciendo a los responsables de tan cruda realidad, veía pasar su vida por delante como una película de serie B, donde un actor secundario, estrangulado por una enorme anaconda, llega igual que en el filme, al fin de su penosa existencia actuando durante toda su carrera en subproductos de la Factoría Hollywoodense.
Lo más difícil era soportar la soledad en la putrefacta inmundicia moral, vagar por las calles atestadas de gente, parejas agarradas de la mano, familias con una perenne sonrisa dibujada en sus rostros y cuyo mayor problema es su bienestar, pequeños lujos fuera de su alcance. En su cautiverio introspectivo se hacía en numerosas ocasiones las mismas cuestiones: “¿Soy feliz?, ¿Qué es necesario para lograr la felicidad? La búsqueda del verdadero significado de la vida era su objetivo.
El error en las contestaciones a esas preguntas es lo que le había llevado a su penosa situación, lo material lo había enjaulado, el sistema le había hecho preso por su egoísmo, por su avaricia, había perdido el control, le habían conducido a ello y solo un acto de fe podía salvarle.
Era libre, pero sin ser libre, libertad inalcanzable dentro de una libertad alcanzada, engañosa libertad para los mortales y respeto a la que él, deidad prematura, supo descubrir su sentido. Era la única manera de escabullirse para siempre, sólo había que encontrar el momento que, afortunadamente, debería aparecer.
Y por fin había creído, encontrar el camino que tenía que dirigir sus pasos, fruta podrida en una prisión en la Tierra había dejado atrás. Su deseo le llevaba junto a ella, aunque se había ido para siempre, imposible era su encuentro, le condujeron a romper con todo. Con la voz rota de ese rockero de la “Movida de los ochenta”, perdiendo la cabeza mientras gritaba, los decibelios, rompiendo los cristales de la ventana, ensanchando su espíritu con los acordes de su guitarra eléctrica, la locura se había apoderado de su mente, el odio a lo que le rodeaba era exponencialmente proporcional a su cadencia respiratoria, conviviendo con su demencia en un estado de excepción. Lo habían conseguido, se le había ido la olla.
Un seudónimo era su nuevo nombre, había muerto, se había convertido en un fantasma invisible para el mundo, desaparecer era la condición necesaria para ser libre.
Sí le habían cambiado, ¡claro que le habían cambiado! Putero, alcohólico y con el caballo como mejor amigo de fatigas. ¡Ahí tienes tu puñetera resocialización! Un fracaso más, una vida menos, la inocencia en sus azules ojos humedecidos por la tristeza que embargaba su interior. Había perdido todo su afecto y el amor propio. No llegaba ni a ser ese espectro al que aludía, descalzo sobre los trozos de un casco de una botella de Ballantines destrozado contra una pared por un ataque de ira, desangrándose sin poder cortar la hemorragia, quería llegar al final, en ese velero con la vela mayoría, empujando por el viento a una velocidad que presagiaba un vendaval pese a los pronósticos contrarios de los profesionales en la materia, surcando olas tan altas, como los muros que había dejado atrás y que tanto le había costado superar.
Barreras psicológicas incrustadas en su cabeza, un dolor infinito permanente para siempre.
¡Qué le importaba todo! ¡Ya no tenía nada! Escapar, esconderse, malvivir, acobardado en una madriguera, mirando temeroso a través de sus rendijas con la primera luz de la mañana cegando su vista, advirtiendo la presencia de los encarnizados depredadores que le perseguían para devolverle a su redil. ¡Era su sin razón de vida! Esa que no le volverían a arrebatar, por muy triste y apocada en que se había convertido.
Siempre quiso irse, dejar la ciudad y correr aventuras a su lado. En la ladera del Kilimanjaro, con la nena olvidada sin más, fumando un porro y atrapado en sus miedos.
Borracho y colocado, aporreando la puerta y volando sobre los demás, con una goma elástica de color marrón presionando su brazo izquierdo mientras se le marcaban las venas, decía adiós con un afilado cuchillo de carnicero teñido de rojo exhalando su último aliento.

