Hay personas cuya trayectoria deja una huella imborrable, y “Don Ángel” es, sin duda, una de ellas. Con una vida entera dedicada al mundo penitenciario, acumulando 45 años de servicio (42 de ellos vinculado a Daroca), nuestro Director se despide con motivo de su próxima jubilación.
Testigo directo de la evolución del Centro desde los complejos años ochenta hasta la actualidad, ha vivido la transición hacia un modelo con mayores medios para el tratamiento y la reinserción de los internos. Su liderazgo, caracterizado por la cercanía, la resiliencia y el compromiso, ha sido clave para guiar a nuestra comunidad.
Hoy, en las páginas de La Oca Loca, homenajeamos a quien ha sido el motor de este Centro durante décadas y al que deseamos en esta nueva etapa toda la felicidad que se merece, rodeado de su familia, sus amigos y la libertad de disfrutar plenamente de su tiempo.

¿Qué le llevó a entrar en Instituciones Penitenciarias y qué recuerda de los primeros años?
Cuando finalicé el servicio militar en Cartagena, sustituí a un compañero de la empresa de seguros DEPSA. Posteriormente, este compañero regresó del servicio militar y yo dejé la empresa.
Comencé a estudiar para funcionario de Instituciones Penitenciarias en la academia KÜHNEL. A los pocos meses me examiné, aprobé y, tras las prácticas en Madrid, fui destinado al Centro Penitenciario de Pamplona el 7 de septiembre de 1981.
Tras un año en Pamplona, solicité el traslado al Centro Penitenciario de Huesca, donde permanecí casi tres años. Fue una época estupenda: contraje matrimonio, jugué al fútbol en Tercera División y disfruté mucho por esas montañas oscenses, tanto por la Sierra de Guara como por el Pirineo. Y por allí sigo.
En 1985 fui destinado a Daroca, donde he permanecido casi 42 años, y allí nació nuestro hijo.
Después de tantos años, ¿qué cree que ha cambiado más en el mundo penitenciario?
El perfil de los internos en aquella época era muy complicado, tanto en Pamplona como en Huesca y Daroca. Además, no existía la escuela, por lo que apenas disponían de educación.
Ya en Daroca, al evolucionar la Formación Profesional en los noventa, se pusieron en marcha los antiguos talleres de FP1 y FP2 (ramas de madera y metal) y los nuevos Ciclos Formativos de Grado Medio y Grado Superior.
Poco a poco los internos comenzaron a ir a la escuela y, en la actualidad, disponemos de una amplia oferta educativa y formativa, además nuestros talleres productivos (específicamente los de automoción y fabricación de fluorescentes LED) emplean activamente a más de 100 internos, facilitando su ocupación y preparación para la reinserción.
Como director del Centro Penitenciario de Daroca, ¿cuál ha sido el reto más difícil al que ha tenido que enfrentarse?
Muchos han sido los retos difíciles a los que me enfrenté durante tantos años, pero si tengo que decir alguno, tendría que ser la COVID-19.
La COVID-19 cambió nuestras vidas y, además, la forma de gestionar nuestro centro penitenciario.
Los años de la pandemia de la COVID-19 fueron especialmente difíciles para todos, y en nuestro centro penitenciario vivimos una situación excepcional. Usted estuvo al frente del centro durante aquellos meses, acudiendo todos los días desde Zaragoza a Daroca, y viceversa, y estando pendiente tanto de los trabajadores como de los internos. ¿Cómo recuerda aquella etapa y qué significó para usted asumir aquella responsabilidad en unas circunstancias tan difíciles?
El Gobierno decretó el estado de alarma el 14 de marzo de 2020 y el confinamiento de la población en todo el territorio nacional.
Durante la primera semana de marzo de 2020, una vez que se detectó el virus, procuramos cerrar todas las vías de entrada y salida del centro, tanto las comunicaciones familiares como las compras del exterior.
Inmediatamente nos pusimos en contacto con la DGA (Diputación General de Aragón) y solicitamos que nos enviaran mascarillas. Yo me dirigí bastantes veces a la Plataforma Logística de Zaragoza (PLAZA) para recoger test de COVID-19 y mascarillas, de tal forma que todos los internos del centro debían moverse con la mascarilla puesta. Además, procuramos bloquear la salida de los módulos.
Teniendo en cuenta que nuestro equipo directivo estaba y está compuesto por cinco subdirectores y el que suscribe, decidí repartirlos en dos grupos de tres personas cada uno. La finalidad era que, si un directivo de un grupo se contagiaba, los otros dos debían permanecer en su casa y, de esta forma, el otro grupo podía seguir trabajando.
El 31 de marzo me puse en contacto con la UME (Unidad Militar de Emergencias). Se personaron el mismo día y se dedicaron a desinfectar todo el centro.
Tomé nota y, al finalizar la tarde, propuse a 18 internos que nos echaran una mano para limpiar y desinfectar cada día todo el centro penitenciario: desde puertas, ventanas y oficinas hasta cristales, etc. Después de comer, al finalizar la faena, nos reuníamos en el comedor del Módulo 2 y todos los días les invitaba a café, té, Coca-Cola, etc.
Desde el 1 de abril hasta el 25 de junio de 2020, viajé todos los días para controlar la situación de Zaragoza a Daroca, y viceversa, y lo hice sin apenas cruzarme con ningún coche.
¿Cuál es el recuerdo profesional que guarda con más cariño?
Tomé posesión en Daroca el 11 de abril de 1985. Mi director, Valeriano Gutiérrez, me cedió un pabellón adosado. Pasamos épocas duras trabajando a tope, con internos muy complicados y escasos de funcionarios. Nuestra jornada era de sol a sol, y cuando salíamos del centro respirábamos a tope; pero disfrutamos enormemente.
Comenzaron a llegar funcionarios. Unos venían y otros se iban a su tierra. Pasé por todas las áreas penitenciarias: Servicio Interior, Oficinas, jefe de Oficina, jefe del Gabinete del Director, jefe de Centro, jefe de Servicios, subdirector de Seguridad y director. Me sentí feliz en cada una de las áreas y guardo mucho cariño a todas ellas.
El recuerdo profesional que guardo con más afecto fue conocer a Pedro Belda, jefe de Oficina de Régimen, y a Mayca. Ambos eran vecinos nuestros y llegamos a congeniar muy bien, hasta el punto de que Pedro fue el padrino de bautismo de nuestro hijo. Ambos permanecieron bastantes años en Daroca, hasta que decidieron trasladarse al Centro Penitenciario de Valdemoro.
¿Qué cree que es lo que más se desconoce desde fuera sobre el trabajo que realizan los profesionales de una prisión?
No es fácil describir cómo se trabaja en un centro penitenciario. Mi padre, que falleció en noviembre de 1985, me preguntaba si los internos caminaban con las esposas en los tobillos y yo le decía que no era así, que se desplazaban caminando con total normalidad.
Cada año se produce una estampida de traslados: unos vienen y otros se van. Los que llegan a Daroca apenas llevan tiempo en un centro penitenciario, por lo que necesitan pasar alrededor de un trimestre para hacerse con los módulos y puestos de trabajo que les vamos adjudicando.
Normalmente, la relación entre profesionales e internos ha ido mejorando con el correr de los años gracias a la creación de Módulos de Respeto, Unidades Terapéuticas Educativas (UTE) y Centros de Inserción Social (CIS). Actualmente, la relación entre internos y funcionarios ha evolucionado mucho, aunque todavía debemos avanzar bastante más.
Después de tantos años al frente del centro, ¿qué significa Daroca para usted?
En Daroca he permanecido más de 41 años. Tengo muchos amigos que vinieron y se quedaron aquí, y otros que regresaron a sus ciudades de origen. También tengo familia y amigos en Sádaba y Zaragoza, así que mi corazón está repartido entre Daroca, Sádaba y Zaragoza.
En el año 2025, el alcalde y todos los concejales del Ayuntamiento me nombraron mantenedor de las Fiestas del Corpus Christi de Daroca. Agradecí este detalle enormemente a toda la ciudad de Daroca y quedó dentro de mi corazón para siempre.
¿Hay alguna anécdota de estos años que recuerde especialmente y que pueda contarnos?
Puedo contar muchas anécdotas, pero me conformo con dos:
En el año 2005 existía un programa de televisión que se llamaba Grand Prix, en el que pugnaban dos pueblos o ciudades para ganar un desafío. Le comenté a nuestro alcalde de entonces, José Antonio García Llop, la posibilidad de ponernos en contacto con TVE para ver si nos aceptaban para jugar, y tuvimos la suerte de ser elegidos. En ese programa, que ha vuelto a emitirse recientemente en televisión, Aliseda y Daroca fueron los dos rivales, y ganó Daroca. De nuestra ciudad fuimos más de 100 personas entre participantes y público. Entre las diversas actuaciones, puedo mencionar que hubo «troncos locos», «vaquillas», la cinta transportadora, etc. Yo me apunté a la vaquilla y a la cinta transportadora vestido de pingüino.
Tras el devastador terremoto en Haití el 12 de enero de 2010, internos y funcionarios del Centro Penitenciario de Daroca realizamos una acción solidaria para recaudar fondos. Ni el frío ni el cierzo fueron impedimentos para ser solidarios. Bajo el lema «Es el momento de acortar distancias», un grupo de 60 personas recorrimos 90 kilómetros, caminando y corriendo, en solidaridad con el país caribeño. El pistoletazo de salida tuvo lugar desde la prisión a las 8:45 horas y llegamos a las 18:00 horas a la plaza de los Sitios de la capital aragonesa. Fueron unas nueve horas de recorrido en una carrera por relevos que sirvió para dar cauce a la voluntad de ayuda de los internos. Hicimos entrega de un cheque de 1400 euros con las aportaciones realizadas por los presos y el personal del centro, el cual fue entregado directamente en la sede de la Cruz Roja de Zaragoza para destinarlo a la ayuda humanitaria en Haití. Tampoco quiso perderse esta cita la atleta y campeona de España de maratón, María José Pueyo.
Además de su larga trayectoria profesional, destaca su afición al deporte y a las pruebas de larga distancia. ¿Qué le ha aportado el deporte a lo largo de su vida?
En Sádaba comencé mi andadura futbolística con 15 años. Seguí en el Boscos juvenil, con el Gallur ascendimos, pasé al C. D. Ejea, me fui a la mili y volví al C. D. Tauste, ascendiendo también. De nuevo regresé al Ejea y, una vez que aprobé la oposición penitenciaria, llegué al C. D. Daroca e inmediatamente ascendimos de categoría.
En Daroca jugué al fútbol, fui entrenador y presidente del C. D. Daroca y, además, coordinador, entrenador y jugador de fútbol sala. También jugué al frontón, frontenis, tenis, squash, pádel, etc.
Ya en Zaragoza, en 2007 se puso en marcha el primer maratón de asfalto y, cómo no, participé, saliendo y llegando a la meta en el Parque Grande, aunque superagotado. A partir de ahí fueron 14 los maratones que finalicé (ocho en Zaragoza, dos en Barcelona, uno en San Sebastián, uno en Bilbao, uno en Madrid y uno en París).
Poco a poco me fue entrando el gusanillo de las carreras de montaña. Así que comencé con las de 25 kilómetros y, más adelante, fui alargando los recorridos. En estas últimas disfruté y sufrí mucho, pero lo pasé muy bien. De más de 100 kilómetros recuerdo la GR10 Xtrem Puzol, Trail Peñalara, Trail Penyagolosa, Trail Aneto-Posets, Buts Bilbao-Vitoria, Buts Vitoria-Pamplona, Trail 101 Peregrinos, 10.000 del Soplao, Trail Sierra Nevada, Trail Transgrancanaria, Falcotrail, Trail Duc de Savoie (TDS) en Chamonix y algunas más.
Para finalizar: EL DEPORTE ES MI VIDA. Ahora que llega mi jubilación, seguiré disfrutando todo lo que pueda.
¿Qué tiene en común afrontar una prueba de ultradistancia con trabajar durante tantos años en Instituciones Penitenciarias?
Durante los últimos tres años, mi trabajo me ha impedido gestionar pruebas de ultradistancia y mantener una carrera profesional (Psicología y directivo). De cualquier forma, aunque comparten la misma psicología de fondo, hay que tener en cuenta que el éxito no depende de la velocidad, sino de la gestión de la energía y la resiliencia mental a largo plazo. Podemos comentar estos aspectos:
- La dosificación frente a la intensidad:
– En la ultradistancia: Si salgo esprintando en una carrera de 100 kilómetros, estoy condenado al abandono. Es obligatorio correr al principio a un ritmo que sea ‘demasiado fácil.
– En el trabajo: El desgaste profesional ocurre por mantener un ritmo insostenible al inicio de la carrera. Sobrevivir requiere saber cuándo acelerar y cuándo bajar el ritmo para guardar fuerzas. - La gestión de las crisis inevitables:
– En la ultradistancia: En algún momento sufro calambres o problemas estomacales. El ultramaratoniano sabe que la crisis llegará, pero también sabe que las crisis pasan si se tiene paciencia.
– En el trabajo: A lo largo de los años pasé por reestructuraciones o proyectos fallidos. La longevidad laboral requiere entender que una mala racha no define toda nuestra carrera. - La fragmentación de los objetivos (Paso a paso):
– En el trabajo: Sostener la motivación durante 20 o 30 años es imposible si solo piensas en la jubilación. Hay que disponer de metas anuales, cambios de puesto o el aprendizaje de una nueva habilidad.
– En la ultradistancia: Pensar en los 80 kilómetros que te quedan por delante puede destruirte mentalmente. Nosotros, los corredores, dividimos la carrera en metas diminutas: «llegar al siguiente avituallamiento», «ascender a esa montaña»… - La importancia de la «nutrición» constante:
– En la ultradistancia: Debemos comer y beber antes de tener hambre o sed. Si esperamos a sentir la necesidad, ya es tarde y el cuerpo no funcionará.
– En el trabajo: La «nutrición» es el descanso reparador. Los trabajadores no deben responder correos, llamadas ni mensajes de WhatsApp fuera de la jornada laboral, ya sea en descansos, permisos o vacaciones. Si esperamos a estar completamente agotados para tomarnos unas vacaciones o cuidar nuestra salud mental, el daño ya estará hecho. - El control del diálogo interno:
– En la ultradistancia: Cuando el cuerpo duele, la mente empieza a darte razones lógicas para abandonar («no pasa nada si lo dejas»). Si mantenemos la disciplina, esa voz es lo que nos llevará a la meta.
– En el trabajo: En momentos de frustración laboral, el desánimo puede agotarte; por eso hay que tener una mentalidad constructiva.
A punto de jubilarse, ¿qué siente al cerrar esta etapa? ¿Hay algo que tenga especialmente ganas de hacer cuando llegue la jubilación?
Al cerrar esta etapa a las puertas de la jubilación, es normal experimentar una mezcla intensa de gratitud, alivio y nostalgia por los años dedicados al trabajo (45 años) y a las rutinas compartidas (el cafetico al llegar al centro, el despacho, comentar cuestiones necesarias…).
Cuando llega este momento, lo que más se suele anhelar es recuperar el control absoluto del tiempo propio. Las actividades que despiertan más ilusión varían según cada persona, pero generalmente se agrupan en tres grandes deseos:
- Disfrutar de la flexibilidad sin horarios: Despertarme sin alarmas, ralentizar el ritmo diario y saborear la libertad de improvisar el día a día.
- Retomar pasiones guardadas: Dedicar horas de calidad a viajar, leer, aprender un nuevo idioma o seguir practicando mi deporte, el trail.
- Reconectar con los seres queridos: Pasar más tiempo con la familia y los amigos, y compartir momentos que la rutina laboral limitaba.
Para terminar: ¿qué le gustaría que recordaran de usted sus compañeros del C.P. Daroca?
Al final, me gustaría que me recordaran como un trabajador constante que cumplió con su deber sin ponerse de perfil. Cuatro décadas y media en este oficio enseñan que aquí no existen los atajos; el valor real está en la persistencia diaria. Me voy con la tranquilidad de haber mantenido siempre la puerta abierta y de haber buscado, en cada decisión, lo mejor para el Centro y en consecuencia para todos los compañeros que han pasado por él.