La carta

Tenía el corazón en la garganta: no había nunca recibido una carta similar. Las letras eran finas pero enérgicas, decididas. La extensión de la carta no era excesiva, tan sólo unas pocas líneas. ¿Cómo había osado escribirle algo en ese tono? Sus ojos se clavaron en las primeras letras, oraciones, párrafos… El estilo era perfecto, elegante, medido, claro, brillante. Aducía razones incontestables, y argüía apelando a las autoridades; los clásicos griegos y romanos, los Padres de la Iglesia, pontífices, filósofos… todo un tropel de sabiduría desfilaba ante su mirada, que no podía salir de su estupor. ¿Cómo se había atrevido este hombre? ¡Un abogado! Humanista, es verdad, y un gran intelectual. Pero… ¡A mí! ¡Al mismísimo rey de Inglaterra!

El mensaje de la carta era claro. Era una reconvención, una amonestación: una auténtica corrección. La carta decía explícitamente -aún envuelta en su seductora elegancia y estilo- que él no podía estar de acuerdo con el proceder del Rey. Reprobaba su conducta, su matrimonio adúltero con la Reina, y el repudio de Catalina de Aragón. Pero lo más grave, refería la carta, era su desobediencia ignominiosa, afrentosa y vil, contra la misma Iglesia de Cristo, contra el Papa, vicario de Cristo en la tierra. Sus palabras eran, repito, elegantes, corteses, llenas de mesura y de recato… pero su sentido era claro: estaba amonestando con severidad al rey de Inglaterra.

Enrique dejó la carta sobre la mesa. Sus manos temblaban de rabia: una ira descomunal crecía en su interior. En el fondo su corazón -noble antiguamente- sabía la verdad. Pero… ¿cómo había osado…?

De pronto Enrique se levantó y tronó con su voz fina y chillona: “¡Traigan a la guardia!”.