La disparatada historia de Nicolás

Esta es la historia de Nicolás, mi profesor de músi­ca en primaria. Le encantaba cantar, y a los que está­bamos apuntados en el coro no solo nos hacía apren­dernos la letra de todas las canciones, sino las notas de cada uno de los instrumentos. «Las cosas hay que hacerlas bien», respondía cuando le preguntaban por qué teníamos que memorizar todo aquello. Lo decía convencido, y si veía que alguno de nosotros lo mira­ba sonriendo levantaba las cejas, y con voz solemne nos soltaba: «No he dicho nada gracioso, no entiendo de qué os reís».

Y es que no fue precisamente de su sentido del hu­mor de lo que se enamoró Bárbara, sino de su voz. Al coincidir cada miércoles en los ensayos del coro del barrio, a ella se le ponían los vellos de punta y sentía el revolotear de mil mariposas por el estómago, sobre todo cuando le escuchaba decir: «¿Qué taaaaal el fin de semana?».

Nicolás había leído en un libro para mejorar las relaciones personales que esa pregunta era buena, y seguía el consejo a rajatabla. Además, siempre la hacía con su tono de barítono, y al pronunciar la palabra tal le daba tanta musicalidad, que un día un monje bu­dista lo escuchó desde la calle, se puso a meditar, y un repartidor de butano al verlo tan quieto lo confundió con una bombona y se lo llevó en el camión. Aunque lo peor fue que el butanero lo subió a casa de Agustín, el mejor amigo de Nicolás, y lo conectó a la cocina.

Esa noche, Agustín se puso a calentar la sopa a la vez que preparaba mayonesa, y cuando la batidora chocó con el fondo metálico del recipiente sonó un fuerte gong. Entonces el monje abrió los ojos, se asus­tó y pegó un brinco. Como resultado la sopa se quedó fría, la mayonesa se cortó, y por el suelo rodaron cinco manzanas que el monje se guardó en el bolsillo antes de volver a la calle.

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Dos semanas estuvo Agustín ingresado por salmo­nelosis, y al salir del hospital Nicolás le dijo con su voz bronca: «Es un error no poner atención cuando se está cocinando». Porque si algo le gustaba de ver­dad a Nicolás era hacer las cosas con absoluto esmero. Bueno, eso y la larga melena rubia rizada de Bárba­ra, que siempre llevaba peinada de la misma manera: exactamente treinta y seis rizos en cada mechón. Un número que a Nicolás le encantaba, porque decía que con justo esos grados no tenía fiebre, ni frío ni calor.

Un lunes por la mañana, Bárbara estaba desenre­dándose los rizos cuando Nicolás entró en el baño y por la espalda le preguntó: «¿Qué taaaaal el fin de se­mana?». La pobre se asustó tanto que dio un salto a la vez que con la mano derecha empujaba el cepillo hacia abajo. Entonces Nicolás se inclinó y encontró ti­rada en el suelo su hermosa melena. Luego miró al te­cho, donde Bárbara temblaba agarrada al plafón como una garrapata, y al ver su calva dijo: «Cariño, deberías peinarte con más cuidado». Después, y antes de sa­lir al pasillo, añadió: «Uno siempre tiene que poner empeño en hacer las cosas bien».

Eso mismo se dijo Nicolás una tarde cuando com­probó en su móvil la forma de ir hasta el centro co­mercial. Iba por la autopista en un coche que condu­cía su amigo Agustín, que desde que había enfermado de salmonelosis no aguantaba que le dijeran que había cometido un error. «Hay que seguir todo recto», dijo Nicolás con su poderosa voz. Pero Agustín ya había tomado la salida y estaba conduciendo por una carre­tera de doble sentido.

«No pasa nada, vamos con tiempo de sobra», comentó Agustín con ambas manos en el volante. «Ha sido un error abandonar la autopista», respondió inmediatamente Nicolás mirando ojiplático a Agustín, que apretó los puños con todas sus fuerzas mientras inflaba los mofletes hasta ponerse colorado.

Y así estuvo durante el tiempo que tardó Nicolás en repetir ciento veinte veces: «Ha sido un error abando­nar la autopista». Después paró el coche, y su cabeza, ya de color morado, salió volando por la ventanilla como un globo.

Como el globo con el que una mañana estaba ju­gando en la calle el hijo de Bárbara y Nicolás, cuando ella le dijo a su marido: «Cariño, llama al niño que venga padentro». Nicolás se asomó a la ventana, y con su voz profunda, inspirando con todas sus fuerzas, exclamó: «¡Niñoooooooo, veeeeen!», y tanto aire ab­sorbió, que tras engullir el globo, la ropa tendida de la casa de enfrente y el perro de su vecino, Nicolás se tragó a sí mismo y desapareció.

 

Texto Finalista en el XXIV Festival Verano de Cuento de El Sauzal (Tenerife), e incluido en el libro «Risas, miedos, anhelos y horrores» (Editorial Platero, 2024).