La muerte de Gadafi

Hace algunos meses escribí un post sobre la muerte de Bin Laden en el que afirmaba entender —sin amparar moralmente y por razones de estrategia militar— su ejecución y posterior eliminación del cuerpo. Recientemente ha acontecido un hecho semejante, aunque distinto, con la muerte del dictador libio Muamar el Gadafi.

GadafiCierto es que se trataba de otro canalla, un tirano criminal al que, en una de esas inefables intrigas de la diplomacia mundial, los gobiernos occidentales consentían de un tiempo a esta parte, hasta el punto de haber olvidado su no tan lejano liderazgo terrorista. Otros intereses, económicos y geoestratégicos, y el cambio de actitud en la política internacional del libio, les llevaron no solo a obviar su terrible dictadura, sino a ampararla incluso con no pocos gestos y manifestaciones.

Después llegó la Primavera Árabe y el levantamiento libio, y las fuerzas internacionales ahora sí —en Siria, por ejemplo, no lo hacen— decidieron enarbolar la defensa de las libertades y colaborar con la insurgencia libia en la derrota del sátrapa.

Finalmente, tras intensas luchas y combates, Gadafi fue capturado vivo y ejecutado, según parece, a quemarropa. El asesinato de una persona detenida es una violación de las leyes de la guerra, por lo que constituye un delito perseguible por el Tribunal Penal Internacional —lo cual, en puridad, también aconteció en el caso de Bin Laden—. Pues bien, a pesar del criminal pasado del libio, su manifiesta culpabilidad y su ausencia de arrepentimiento, el ex líder africano debería haber sido juzgado y condenado por un verdadero tribunal, no humillado, apaleado y asesinado entre jaleos, alborozos y grabaciones de móvil.

Conseguida la victoria, solo la paz y los derechos
humanos garantizan la esperanza en el futuro

Dejando a un lado el análisis moral —a nadie escapa que constituyó un acto absolutamente censurable en aras de las dignidad humana—, desde un punto de vista funcional me parece, de igual modo, lamentable. Impedir el ajusticiamiento público y televisado del líder ya caído hubiera permitido construir la nueva Libia desde el respeto a los derechos humanos, favoreciendo el respaldo internacional y acelerando de algún modo esa normalización que el país ha de empezar cuanto antes.

Rebeldes libiosIgual que no dudé en el caso de Bin Laden, seguramente el destino de Gadafi no debería haber sido otro que la ejecución. Pero, desde luego, cómo lo mataron supone a mi entender un desatino, una ausencia total no solo de humanidad y respeto, sino también de adecuación estratégica. El Consejo Nacional de Transición libio lo tiene ahora más difícil que antes de esa muerte. Ha optado —lo cual sí me parece una decisión afortunada— por enterrar el cuerpo en un lugar indeterminado del desierto; pero la crueldad, la monstruosidad y el salvajismo de la guerra, la venganza, continuarán salpicándoles mientras circulen por la Red y se mantengan en nuestra memoria esas brutales imágenes del hombre acorralado e indefenso sacudido por la masa, ensangrentado y vencido, con ojos asustados —cuántas veces debió de ver miradas parecidas, inmisericorde, mientras él mandaba— mereciendo al menos las garantías procesales que él negaba, pero que a todo ser humano corresponden.

En este caso, muerto el perro no acabó la rabia. Porque fue precisamente este sentimiento, la rabia acumulada, el que dictó sentencia cruel sin tomar en consideración las consecuencias. El ajusticiamiento del tirano fue, sin duda, una secuela de la guerra. Por eso era tan importante haberlo hecho de otro modo: porque, conseguida la victoria, solo la paz y los derechos humanos garantizan la esperanza en el futuro.

Míchel Suñén
27.10.11