Anda el panorama mediático-social revuelto por la publicación de la biografía de Arantxa Sánchez Vicario y las acusaciones de dispendio, explotación y variopintos malos rollos lanzadas por la extenista hacia sus progenitores.
No soy nadie para juzgar quién tiene la razón en este caso, si es cierto o no que malgastaron el dinero ganado por la campeona, si la educaron adecuadamente, si la consideraron como hija antes que como deportista, si velaron siempre por sus intereses personales (los de ella, no los familiares) y si, en definitiva, la amaron más que a sus éxitos. Como en cualquier conflicto familiar, todos tendrán parte de culpa y, no me cabe duda, las sucesivas declaraciones y contradeclaraciones de las partes —mediáticamente administradas, contaminadas y remuneradas— terminarán por impedirnos comprender exactamente lo ocurrido; lo cual, en cualquier caso, tampoco sé si nos compete.
No es, desde luego, un hecho aislado, circunscrito a España ni a un ámbito de actividad concreto. Por desgracia hay niños profesionalizados desde muy pequeños, con horarios, rutinas y ejercitaciones opresivos, con progenitores tan obsesionados por el éxito que dilapidan sus infancias en pro de esos sueños paternos que, solo en menor grado, son también compartidos por sus hijos.
Por el camino quedan
multitud de infancias de exigencia extrema
Triunfar en el fútbol, el tenis, el motociclismo o la fórmula uno, en el toreo, en el cine, la pasarela, los concursos de belleza o la canción es casi imposible. Poquísimos lo logran. Por el camino quedan multitud de infancias de exigencia extrema acompañadas de caracteres débiles, frustrados o resentidos, familias y existencias destruidas, juguetes-humanos rotos por la severa estupidez de sus papimanagers. Tampoco el éxito, reservado a una minoría privilegiada (no necesariamente afortunada), es garantía de felicidad: además de la Vicario, las hermanas Williams, Andre Agassi, Marisol, Joselito, Macaulay Culkin, las gemelas Olsen o el propio Michael Jackson, entre otros, son claras muestras de este lado oscuro de la fama.
Mi hijo juega al fútbol en un club deportivo desde los cinco años. Ahora tiene doce y sigue encantándome ir a ver cada partido y celebrar sus goles (he tenido suerte, es un delantero competente). Me gusta hablar con él de sus avances, ver algún entrenamiento y tomarme algo con los otros padres después de los encuentros. Para mí, para él, el deporte es importante, un complemento valiosísimo para su formación que, en todo caso, ha de contribuir a su felicidad y desarrollo personal, enseñándole a convivir con los demás, a trabajar en equipo, a superarse ante la adversidad, a saber ganar y perder y a ser, en definitiva, un deportista.
Pero he visto en estos años padres confundidos, frustrados muchos de ellos y volcados en una incipiente cosificación de sus pequeños a los que imaginan, aun sin confesarlo, ganándose el sustento a golpe de balón por esos campos de Dios en breve plazo. Son los que gritan y presionan irracionalmente a sus hijos en el campo, desautorizan a los entrenadores e insultan a los árbitros. Los que anteponen la trayectoria deportiva al rendimiento escolar y la socialización de su retoño. De esos hay bastantes, más incluso de lo sospechado. No consigo imaginarme qué llegarían a hacer estos padres si sus hijos, por suerte o por desgracia, triunfaran en el fútbol. Comenzaran a ganar insultantes cantidades de dinero. Y tuvieran de este modo la oportunidad de abandonar sus trabajos para gestionar esas carreras deportivas. Sin duda se endiosarían alcanzando, por vía de su estirpe, el sueño que abrazaron en su juventud. No es precisa mala fe para damnificar a los hijos. Basta la ignorancia, incluso la soberbia, para perjudicarles. Intuyo que algo parecido ocurrirá en el tenis y en todos esos campos de actividad que ya hemos mencionado.
No sé cómo terminará el affaire de los Vicario. Pero, desde luego, Arantxa preferiría ahora haber ganado menos títulos y ser más feliz con los suyos. Ella no pudo elegirlo. Y ya nunca podrá hacerlo.
Míchel Suñén
14 de febrero de 2012