Escrito por: José Ángel S. R.
Recorrió el mundo en un tren sin destino. Viajó sin tener que pagar, comió y bebió de lo que encontraba. Cada día era una nueva aventura con su bloc de sueños. Tuvo sus reinas y sus juegos de amar, cada noche se acostaba mirando a su princesa la luna y se dormía recordando que la vida es un cigarro que no se debe apagar.
Visitó las grandes ciudades, siempre con la misma ropa y en muchos sitios no le dejaban entrar porque no olía a rosas. Nunca recibió una carta porque no tenía dirección fija. Soñaba con poder comprar lo que quisiera, y en sus mejores sueños le despertaban gigantes tan altos como molinos de vientos.
Con el mundo a cuestas y un universo en guerra nunca pensó en la vuelta. Al borde del abismo se sentía cómodo ante el precipicio. Disfrutaba de la libertad por mucho dolor que le causaran. Nadie le quiso comprender, era más fácil mirar a otro lado. Su mayor ilusión era vivir en una isla con sus amigos a la que llamarían fundación. Fue un anónimo más de los que vagan por las calles. Nació como un genio, creían que sería una estrella, pero la gente dice que las estrellas no crecen en favelas. Renunció a su vida entera y decidió vivir como un apátrida rebelde sin miedo al terror del silencio.
“Si aborrezco la vida, me causa pavor la muerte” leyó en un mural mientras descubría una nueva ciudad. Soñó volar por las nubes como los pájaros, nadar por los grandes océanos descubriendo el fondo del mar. Se dispuso a dormir. Sacó una colilla del fondo de un bolsillo. Se paró un reloj en el fondo del alma y murió en el barro de la sociedad.
