Se arregló.
Echó una breve ojeada final al espejo y sonrió. El brillo chispeante de sus pupilas y aquella sonrisa pícara se encararon con el trozo de cristal que le devolvía su imagen. Se le rebelaba. No iba a consentirle, mientras pudiera, que se empañara con amaneceres de rictus angustiado.
Salió a la calle con ansiedad y sin rumbo. Era una mañana con un sol cálido, muy apropiado para buscar y encontrar su botín. No importaba la falta de oscuridad; para su cometido, no. A pesar de todo, sería cauta. La ciudad tenía mil ojos y debía tener cuidado.
Caminó un rato. Encontró el lugar adecuado para su objetivo. Se sentó en la terraza del paseo. El sol ya le lanzaba lametazos cálidos sobre la piel.El invierno había dado un respiro.
Presentía que lograría lo que buscaba. Solo tenía que observar y tener paciencia. Pidió al camarero un café descafeinado con agua. El corazón se le desbocaba y no era cuestión de acelerarlo más.
Muy pronto, una pareja —quizá matrimonio— de ancianos, ambos con evidentes signos de artrosis, se sentaron en una mesa cercana. Acercaron sus sillas hasta casi tocarse. Se miraban a los ojos y, sin rozarse, se besaban. La ternura que desprendían parecía perfumar el aire.

Supuso que había llegado el momento de actuar. No lo dudó. Sin pensarlo, usó la imaginación para apoderarse de lo que aquella mujer experimentaba. Solo tenía que infiltrarse en su mente. Sabía que podía hacerlo.
Se vio sintiendo el amor y la ternura de aquel hombre hacia la mujer. Las arrugas de ambos, ya cargadas de existencia, se burlaron del tiempo y sus manos jugaron a rozarse con suavidad.
Estaba robando, sí. Robando.
No creía que existiera artículo alguno del Código Penal que tipificara su delito. Tampoco le importaba. Había salido con la intención de aumentar sus reservas. Las necesitaba. Eran vitales. No por sensiblería: se estaba disolviendo poco a poco, curtida de desencantos.
La soledad no le pesaba; lo que padecía era una anemia feroz, sobre todo, de ternura. Esa que nunca conoció en su camino, surcado por cicatrices hechas a base de ráfagas de deseo. Al imaginarse en el lugar de aquella mujer afortunada, al recorrerle el cuerpo esa sensación tan ansiada, recibió una transfusión de vitalidad que bebió a pequeños sorbos.
Caricias imaginadas. Energía nueva. Vida…
Sabía que tendría fecha de caducidad. Pero era una ladrona. Y volvería a robar. Nadie, salvo ella, sabría jamás cuál era su botín.
Aquel fue un atraco ejecutado con su imaginación. Era consciente de que caducaría. No robaba objetos. Robaba instantes. Los necesitaba para sobrevivir.
Porque hay quienes viven de pan… y otros, de ternura.