Si no hay juego limpio, si nuestra moral es local, si elegir entre las palabras asentamiento y saqueo de tierras depende según la perspectiva del poderoso (Israel) o del débil (Palestina), si nuestra memoria es selectiva, si la culpa de las atrocidades siempre es de los otros y, cuando es de muchos, nuestra sensación de culpa queda diluida, si cada uno escribimos la historia que más nos conviene, ¿tendrá sentido la vieja frase: “paren la Tierra, quiero bajarme”?
Si el progreso se alimenta de la Naturaleza, llegará el día en que ésta se agote.
Devolver el planeta hipotecado es una falta de respeto y un error que otros tendrán que asumir.
Construir el futuro como si hubiéramos de ser los últimos inquilinos del planeta es construir un futuro sin futuro. Parece que todo sigue igual; sin embargo, nada sigue igual.
Por pensar sin actuar, no se van a arreglar solas las cosas, digo yo. Antes que después tendremos que arremangarnos y ponernos manos a la obra; pedir disculpas por tantas guerras pasadas por alto, reconstruir puentes y la vida de nuevo, pedir perdón al árbol quemado, al rio sin agua, a los que vienen por detrás por no haberles prestado atención.

Puestos a escoger entre la realidad gris y el azul de la poesía, finalmente opto por esta última.
Había una vez.
Había un camino incierto.
Donde los robles se desnudan con el frío para que la luz acaricie el suelo. A su lado crecían encinas, pinos y arces. Sus troncos, tan distintos entre sí, hablaban de toda su historia acumulada. Quietos y solitarios en la tierra que les daba la vida. Todo invitaba a detenerse un momento, a mirar alrededor y a sentir la paz un instante.
Me desperté.
El sueño había durado un minuto.
Los grandes problemas tal como eran, siguen siendo. Si no podemos cambiar nuestro destino, un almendro en flor debería ser suficiente para comprender que merecen la pena seguir caminando.