Prisionera de un desafío

Apenas sumergida en la cálida placidez del agua del jacuzzi, siente la demanda del ansia que busca como un lobo estepario el mágico tesoro escondido en el libro.

Acunada en un sosiego cómplice, una quietud placentera acondiciona el ambiente y lo enriquece. Aflora, entonces, un sortilegio mágico que reaviva la fruición de María.

Sus manos acarician su preciado tomo y lo mecen para no mojarlo, los ojos clavados como escarpias en la piel de una página. Poner letra al silencio le embelesa. Los renglones, plasmados en un papel, descansan. Su mirada, al unísono, plácidamente sueña. Necesita leer porque el anhelo se lo exige a dentelladas. Es el analgésico del alma, la conquista tenazmente perseguida de un instante buscado a quemarropa.

Siempre ha sabido que la lectura es una tiranía que acapara prisioneros. Ella acepta el desafío reventando párrafos con avidez. Siempre está dispuesta al reto porque tiene inoculado en la sangre su beneficioso veneno. Es adictiva, engancha por decreto y esparce en un papel palabras como cuerpos sonoros esperando ser leídas.

Siempre está dispuesta a la batalla sabiendo que en cualquier momento tendrá, quizá, que salvar una palabra o rescatar del olvido una expresión casi en desuso.

Leer es su refugio, su válvula de escape, un egocéntrico ámbito en el que poder desnudarse con la densidad de cada palabra escrita con los músculos del alma.

Le relaja más aún que el baño tibio. Es un espacio de placer, en exclusivo usufructo, de construir otros universos o vivir otras vidas ajenas a la suya.