Programa de tratamiento

Escrito por: un interno

– ¿Programa de tratamiento? ¡Bah!, si no me lo ha puesto el juez.
– Eso es un rollo, además, yo no tengo nada que tratar.

Cuántas veces he escuchado esto por parte de compañeros de patio. Cuántas negaciones al respecto de lo tratamental, quizás por ello he aceptado escribir este texto y transmitir mi experiencia cuando un psicólogo me lo ha propuesto.

Y sé que yo soy yo y tú eres tú, nuestra percepción no tiene por qué ser similar, ni siquiera parecida, ni quiero “venderte una moto que tú debas comprar”, respeto tu opinión. Esta es mi experiencia, ni más ni menos, y te la quiero contar solo si tú la quieres leer. Ten en cuenta que es algo íntimo y me estoy abriendo a ti.

Cuando entré en el centro sabía que tenía aspectos de mi conducta que debía modificar y era obvio, por ellos había entrado en prisión.  No podía describir esos aspectos o a qué se debían esas conductas, aunque algo intuía. La vorágine de mi vida (que yo había decidido crear) no me dejaba tiempo para reflexionar y escucharme; para entenderme.

El primer paso y más importante fue reconocer que había conductas que cambiar y por ello solicité participar voluntariamente en el programa de tratamiento para mi delito. Cometí un delito:  hice mucho daño a una persona y por ende a su familia, a la mía, a amigos y a la sociedad. ¿Es esto extensible a cualquier tipología delictiva? Mi respuesta es Si.

El programa:

No es fácil abrirse con sinceridad a uno mismo, cuanto menos a los demás.  En el día a día del programa he tenido que hacerlo con el terapeuta y mi grupo. Afrontar la culpa, la vergüenza, el miedo, la soledad, la frustración, la impotencia y la ansiedad.

Firmamos un compromiso de confidencialidad, todo lo que se hace y dice en el grupo se queda en el grupo. Esto es muy importante porque reduce la mella de la vergüenza que queda limitada a un grupo cerrado de personas con particularidades similares.

El entorno en el que estamos (Centro Penitenciario) lo convertía en una experiencia si cabe más dura y no por ello menos necesaria. Hacerlo ha sido tan doloroso como liberador y una muestra de valentía que refuerza la capacidad de enfrentarme a mis temores, y pensamientos distorsionados.

Mi primer aprendizaje fue que, ante todo debía ser sincero conmigo, y en el grupo, también para con los demás. Abrirse es clave, sacar lo que tienes dentro, afrontarlo, comprenderlo y ADQUIRIR HERRAMIENTAS PARA MEJORAR, entendiendo que, aunque hemos cometido errores y causado daño, seguimos siendo personas con un valor intrínseco, capaces de asumir lo ocurrido, cambiar y llegar también a perdonarnos.

Aprendimos en grupo a reducir nuestra ansiedad, a respirar y a relajarnos con el método Jacobson, para entrar en contacto con nuestro cuerpo. Descubrimos cuáles son nuestras propias distorsiones cognitivas y cómo utilizamos la negación, la culpabilización, las justificaciones y las excusas como mecanismos de defensa para salvaguardar nuestro autoconcepto.

Yo descubrí que atribuía a mi historia trágica todos los escudos emocionales tras los que me escondía. Todos tenemos una historia trágica compuesta de hechos terribles que ordenamos, agrandamos y utilizamos para justificar nuestras peores carencias.

Soy muy curioso, me gusta aprender, experimentar, leer y también transmitir lo que aprendo y ayudar a quien me lo pide. Algún terapeuta ha denominado a esta forma de ser “ansiedad positiva”. Esta actitud, y con la ayuda del programa de tratamiento ha reforzado mi autoestima, me ayuda a socializar, a paliar mis carencias afectivas y a romper los escudos que me había impuesto debido a mis traumas.

He mejorado mi capacidad de empatía y de reflexión, y he aprendido a distinguir mejor entre mis percepciones y creencias personales y la realidad objetiva, viendo las cosas tal y como son, sin ocultarme la realidad ni apartar la mirada de ella, y viviendo así con una mayor tranquilidad personal. He mejorado mi autoestima y el sentimiento de impostor con el que cargaba debido a mis inseguridades ha desaparecido. Ahora sé cuáles son mis carencias y mis cualidades, sé cómo estar atento ante situaciones y factores de riesgo que me podrían llevar a delinquir de nuevo y lo más, mas, y más importante de todo, me he perdonado, siento paz y he tenido vivencias en las que he sentido con fuerza una felicidad que no recordaba.

Así es como me siento ahora, próximo a terminar esta aventura.

Me alegraría que mi experiencia te ayude y te refuerce y, sobre todo, que te sirva de apoyo. Recuerda: No estás solo. Pide ayuda si crees que la necesitas y no dejes de intentarlo.