Caballeros en corceles aguerridos derramaban la sangre de mis enemigos en las tierras yermas, sin cabeza encogido en la caverna de los olvidos me desespero con bostezos y pereza cabalgaré desnudo en un avestruz con mi libro de poemas clavado en mi omoplato y por yelmo, la corona de espinas chorreando la savia de mi cuerpo
llegaré a tiempo al altar de la cruz para disertar sobre la pandemia y las fiebres tifoideas de ultramar me esperan, eso sí; sin trompetas y los besaré a la sombra a modo de saludo, sé que les apasiona dejaré el látigo en el dodecaedro no lo necesito le pediré cuentas a sus almas marchitas y me despediré, del Guerrero del viento apretando en el cuello, al Hechicero se rendirán a mis pies cautivos y me oirán cantar al silencio ¡Vivan los que queden vivos!