Alguien decía que no siempre lloverá

Escrito por: Roberto M. O.

 

Desde mi celda número dieciocho voy a contaros

una historia que me ocurrió hace ya varios años.

Fue una de mis peores vivencias, el día que mataron

A mi mejor amigo, mi hermano.

Era tan fuerte el poder de ese daño,

de aquella impotencia, rabia, tristeza y agonía que sentía

que agarré mi «magnum´´, la cargué con seis balas,

me tomé dos grandes rayas de pura cocaína,

cogí seis pastillas y salí directo para la vía…

Después de tres horrorosos días

tomando todas las clases de drogas que en la isla de Ibiza había,

salí del portal del ático donde yo vivía.

ALGUIEN DECÍA QUE NO SIEMPRE LLOVERÁ

Me fui directo a mi licorería preferida.

Compré el champagne más caro que allí vendían.

Pagué y como de costumbre dejé una buena propina.

Salí de allí y caminé por unas cuantas calles vacías

ya que en invierno Ibiza una ciudad fantasma parecía.

Ni coches ni  personas, solamente mucha policía.

Después de caminar por unas cuantas calles vacías

en esa noche tan negra y vacía

llegué por fin al parque donde siempre en momentos difíciles acudía.

Me senté en mi banco preferido pintado de verde

y hecho de una madera bien pulida.

El cielo estaba muy oscuro a lo que las estrellas resplandecían.

El césped mojado por el rocío de la madrugada empapó mis zapatillas.

Me encontraba solo. Total silencio había en esa noche tan fría.

Perdido y sin asidero en el universo descorché aquel champagne tan caro

y derramé el primer trago para el suelo

recordando y pensando en mi mejor amigo, mi hermano.

Agarré las seis «iluminatis rosas´´ y me las tragué en un primer enorme trago

mirando hacia el cielo negro y estrellado.

Recuerdo que bebí unos tragos de ese exquisito champagne hasta no poder más.

Me lie un gran porro de pura maría cosecha propia, mi mejor maría.

Mientras encendía mi porro mi corazón fuerte latía.

Mi cerebro estaba en guerra, una de esas sin salida.

Saqué mi `»magnum» y justo cuando pretendía jalar el gatillo

que mi arma a mi garganta apuntaba

apareció de la nada un anciano que a mí me pareció un diablillo

porque al aparecer no hizo ruido.

Él era elegante y vestía de traje color negro, zapatos negros,

una camisa color rojo sangre, dos gemelos de oro amarillo

y portaba un bastón negro brillo como sus ojos y el anillo

de diamantes también de oro amarillo

Me pidió fuego y muy educadamente me preguntó

si podía sentarse conmigo.

Se sentó y yo disimuladamente guardé mi arma de nuevo.

Le pasé mi mechero que siempre portaba conmigo.

Comenzamos a conversar y él prendió su «cohiba´´.

Lo sé porque me fijé en la etiqueta color negra y amarilla.

Mientras él fumaba su puro «cohiba´´ y yo mi mejor maría

me hizo unos cuantos comentarios acerca de los planteas y las estrellas,

del sol y la luna que él ya no podía ver a causa del cáncer sin cura.

Echaba de menos muchas cosas que antes sí veía.

Esos bellos amaneceres, aquellos maravillosos atardeceres,

llenos de colores e ilusiones…

Me sentí tan cobarde en aquel momento por querer quitarme la vida

y por comprender que él en cambio carecía de lo que yo sí tenía

y en cambio agradecía cada segundo de vida.

Cuando sientas que la vida te ignora llora pero sonríe mientras vivas.

Aunque estés solo o sola en esta vida loca o estés desolado,

atrapado arruinado, destrozado… ¡piensa!

Piensa y concéntrate en escuchar la mejor música.

Escucha la mejor música, la de tu corazón latir

Existen cosas horrorosas de las que puedas llegar a imaginar

como una muerte en vida o una cárcel sin salida. ¡Lucha!

Diviértete mientras puedas, sueña,

porque dicen que palo doblado jamás endereza,

pero yo sé que el que no sueña nunca progresa.

Da y no te canses de dar lo mejor que tengas.

Agradece cada segundo de vida, cada día pásala en grande.

Rodéate de gente que se merezca estar a tu lado.

Viaja, recorre el mundo. ¡Disfruta!

 

1º Premio categoría Poesía en el Certamen ”Picapedreros” de Poesía, Guión y Microrrelato 2020 para centros penitenciarios