Sobre la ladera de la colina que decora mi ventana puedo divisar una columna de vapor alzándose por encima del verde oscuro de los árboles. Después de la lluvia me fascina ver nacer a ese potencial germen de brebaje vegetal, o eventualmente embrión de futuras tormentas, irguiéndose en forma inocente pero decidida en busca de su futuro inminente de nubes impetuosas.
Trato de imaginarme cuál será el destino de esas gotas minúsculas al unirse a otras tantas. ¿Serán tal vez mañana alivio para que ese verde persista y crezca? ¿Serán quizás desquicio y destrucción? ¿Será su futuro esa lluvia que deseamos? ¿O será tal vez la que tememos?

A veces me inquieta pensar si esa belleza natural de agua pura que una y otra vez se recicla para mantener la vida no se transformará algún día en una inundación catastrófica capaz de destruir y matar. Esas pequeñas gotas son tan ignorantes de su destino como quien las observa. Es imposible saberlo. Adivinar el futuro no es mi fuerte. Tal vez por eso me limito a contemplar la majestuosa obra de la naturaleza que por ahora embellece mi colina y me obliga a admirarla.
La fábrica de nubes seguirá con la tarea que la naturaleza le depare. Yo seguiré adorando su hermosura.