OCA GLACIACION

Desmadres y despadres (II): “Apagón”

Escrito por: Fco. Javier Aguirre

Eran las 22,32. Los optimistas –que llevan el reloj adelantado para vivir algún minuto más– dicen que eran las 22,33. Los pesimistas –que arrastran con pesadumbre la carga de la vida– afirman que aún no habían dado las 22,31. Para simplificar, el periodista deportivo de turno anunció que eran las diez y media de la noche. Pero todos, periodistas optimistas y pesimistas, sufrieron las consecuencias del apagón general. Entonces sí que toda España gritó. Hasta los mudos gritaron con los ojos. Y los bomberos encendieron sus grupos electrógenos con toda la razón del mundo, no para hacer simulacros, como acostumbran.

A las compañías eléctricas se les acabó la luz y consiguieron otra vez que todo el país gritase, como aquella vez en que subieron el coste de la energía un 11%, aunque los optimistas lo cifraban en el 9% y los pesimistas lo elevaban al 15%. Los periodistas redondeadores –acostumbrados a lo del euro, como los banqueros– lo dejaron, informativamente hablando, en el diez por ciento para no crear alarma social, aunque ello no les eximió de pagar el 11% real cuando les llegó la factura virtual vía internet.

¿Cuál había sido la causa del apagón que hizo gritar a toda España, incluso a mí, que aún mantengo el carné de identidad y que no estaba precisamente en el ajo, o sí, según se mire? Pues muy sencillo: el elevado consumo energético provocado por uno de los partidos del siglo de cada semana, uno cualquiera de los del campeonato nacional de fútbol, la Liga, dicho en plan sencillo.

Si la cosa hubiese sucedido en uno de los partidos del siglo que se celebran cada mes en la Champions Leage, el grito general hubiera pasado de ser español a europeo. Ciertamente no me imagino a un noruego gritando, tan educado él, ni siquiera a un suizo del sur, por mucho que esté influido por la furia tifossina de sus vecinos de aún más al sur. La fortuna quiso que el desastre sólo ocurriera en España y que no tuvieran que movilizarse los bomberos del Benelux, ni los de la Alemania unificada, ni los de la húmeda Inglaterra, rodeados de agua por todas partes.

Aquel día apocalíptico
también yo grité

Aquel día apocalíptico también yo grité, aunque estuviera tangencialmente en el ajo, es decir viendo el partido del siglo por la tele. Grité con causa y dirección, enfilando mi protesta a la confederación nacional del negocio del fútbol a cuyo portavoz –sumergido en un silencio más que sepulcral– hice la siguiente pregunta: ¿No podrían celebrarse los partidos a las cuatro o cinco de la tarde, o si lo prefieren a las 16 ó 17 horas, según el mes del año, para evitar ese despilfarro energético que significa encender miles de faros eléctricos para jugar los partidos del siglo que enfrentan a rivales tanto eternos como efímeros cada fin de semana, o entre ella, en todas las categorías del balompié?

No tuve respuesta, claro. Ni la tuve ni la espero, las cosas son así en esta pandereta de país. Pero sigo pensando que el cambio no sería difícil y resultaría muy beneficioso para todos, incluso para las compañías eléctricas. Ya  lo hacen en Italia y en otros países civilizados. Y también lo hacen los bomberos en sus competiciones locales, comarcales, provinciales, regionales, nacionales, europeas y mundiales desde los remotos orígenes del fuego.

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